lunes, 27 de junio de 2016

EL MINISTERIO DE LA FELICIDAD...

 

"LICUADO DE CULTURA" Por Rafael Spregelburd para Perfil

La cultura tiene una forma muy especial de agonizar. Sus estertores tienen algo vergonzoso, porque en la situación en la que estamos la cultura es tenida como un lujo, un excedente. Siempre habrá algo más urgente, o así nos lo pintan.
Pero una revisión de mis contratos pendientes de pago me lleva a solicitar atención sobre el asunto. ¿Seguimos teniendo un Ministerio de Cultura o ésta ya ha quedado directamente en las manos no remuneradas de sus hacedores? Es simplemente para saber cómo proceder.
Los jurados de los Premios Nacionales no cobramos. Nos habían prometido veinte días y ya pasaron siete meses. Borraron también a nuestros interlocutores. Los trabajos en el CCK no se pagan. Marilú Marini arengó en medio de su fugaz función de Copi para que recuerden pagar a los artistas de esa sala. Está parado el Programa Sur para la traducción de autores nacionales y su publicación en otras lenguas, tal vez el programa más sistemático y rendidor de exportación de cultura. Las editoriales extranjeras esperan los subsidios prometidos con la tinta aún fresca en estos libros. ¿Quién dará la cara por ello en la Feria de Frankfurt? Los pasajes de Cancillería para que los artistas argentinos asistan a encuentros internacionales se han reducido de 1.250 a sólo 250 al año, y además este año están directamente cancelados. El Instituto Nacional de Antropología ya no recibió más dinero. Está parado. Acabo de estrenar una obra en el Tacec de La Plata y no se sabe con qué demora cobraremos.
La excusa es torva: están revisando presuntas irregularidades. Pero la revisión ya lleva siete meses y elijo no creerles. Sospecho que están licuando en la inflación el dinero que deben a los trabajadores de la cultura, que son trabajadores como los demás, pese a su mala fama en los gobiernos neoliberales. Nadie nos pagará este dinero facturado (ya tributado a la AFIP) al valor real del peso en su momento. La irregularidad es un negocio formidable. Y la cultura, no tanto

sábado, 18 de junio de 2016

NUESTRA VIDA...



"LOS CUATRO ELEMENTOS" Por Daniel Link para Perfil

Lo primero fue la tierra. Después, en ese orden, el aire, el fuego y el agua. No expongo ningún mito, sino el cambio de signo político de los elementos. La tierra cambió con la quita de retenciones y con el levantamiento del cepo. Dicen que, de pronto, el campo se volvió de nuevo productivo y la renta agraria derramaba su poder curativo sobre los pueblos agrícolas (¡Oda a los ganados y las mieses!).
Después se descubrió que, en el aire, los vuelos aerolíneos que más plata perdían eran los que iban a Nueva York. La razón es sencilla. El personal de a bordo (así me lo explicó la comisario en mi último viaje) se reserva 8 de las mejores butacas de la clase turista para su “descanso”, amparado en regulaciones aeronáuticas que así lo disponen para vuelos superiores a 12 horas (pero el de Nueva York tarda menos que doce horas, argumenté sin éxito). 8.000 dólares por vuelo, multiplicado por la cantidad de vuelos anuales: no hace falta más. El aire se volvió transparente a nuestro alrededor y los vientos de la historia comenzaron a soplar su canto justiciero.
Justo antes de que el invierno comenzara su cruda cacería de pobres, ancianos y desprotegidos, el aumento del gas nos volvió prudentes. No a todos: mi amigo Beto recibió la cuenta de Vulcano y casi se desmaya: 5.000 pesos (su casa es grande). La riqueza que los pueblos agrícolas comenzaron a contar antes de tiempo se disolvió en la llama fría de la calefacción hogareña.
Finalmente, le tocó el turno al agua, que desde siempre, desde mucho antes de la Década Ganadora, fue lo más barato porque era lo que más abunda, lo que nos inunda, lo que nos arrastra en corrientes de inconsciencia edilicia y urbanística. De pronto los pequeños propietarios empezamos a recibir cuentas de 1.000 pesos, que no dependen del consumo sino de los metros cuadrados que uno habita. No sé qué hará mi amigo Beto, cuya casa aparece, además, catalogada en “barrio caro”.
Dicen que hay tarifas sociales, pero a nosotros no nos tocan. “Dicen que...”, pero es un mito urbano. Habría que ser más pobres todavía para aspirar al beneficio de calentar el agua o de regar las plantas.
Una vez completado, el ciclo recomienza porque tratándose de elementos naturales el ritornello es su lógica. Se descubrió que algunas personas pretendían enterrar fortunas o, como se dijo: sembrar la tierra con billetes verdes que germinarían más adelante, multiplicados. Los ángeles vaticanos volaron por el aire argentino con cheques rechazados como armas, el fuego se volvió eléctrico porque, después de todo, mens sana in corpore sano y los clubes deportivos reclamaron un subsidio que se les otorgó, graciosamente. En cuanto al agua, se descubrió que las cocheras donde duermen los autos pagarían fortunas sin usar el líquido elemento.
Proliferaron los amparos contra una espiral tarifaria descontrolada y un poco irresponsable. Los responsables de emitir las órdenes de cobro reconocieron haberse equivocado. Se emparchó lo que se pudo sin que se supiera bien qué era.
Alguien llegó a pensar que las boletas se emitían deliberadamente infladas para crear un clima destituyente, para aumentar el caos que aterra, la hoz de la guerra. Esa misma persona (el ciclo comenzaba de nuevo) subrayó que si se expropiaban las propiedades mal habidas (estancias, hoteles, terrenos) se podría incluso comenzar con un proceso de reparto de tierras para los que nada tienen: ¿la revolución agraria?

En estado natural, los elementos alcanzan su punto de equilibrio muchas veces incomprensible para el ser humano (que ve catástrofes allí donde hay solo transformación de la materia en energía). En estado político, en cambio, son un laberinto donde todos nos perdemos porque dejamos de entender la lógica de una gobernabilidad que avanza a tientas para transferir la renta de la explotación de un elemento a otro, como si fuera un circuito cerrado que a nosotros nos expulsa: la renta de la tierra a la creación de rutas aéreas, la renta del gas al tendido de redes para la distribución de agua potable y la renta del agua para la transformación de los caminos en autopistas. ¿Y nuestra vida, qué?

sábado, 11 de junio de 2016

EL SUEÑO DEL FELINO...


 
"INCOMODIDAD" Por Noe Jitrik para Pàgina 12

Observo, atraído por sus enigmáticas actitudes, los suaves movimientos de la gata, reina y señora de esta casa. En su mano derecha hace descansar su cabeza, vuelca el cuerpo apoyando las dos patitas en paralelo en la alfombra en la que se ha acostado y cierra los ojos, no sé si se duerme de inmediato o se propone dormirse; una vez en esa postura su cola se mueve lentamente y ronronea un poco. Ha encontrado, conjeturo, una posición cómoda pero que muy pronto va a ser cambiada por otra, en la que va a permanecer un rato, en la misma disposición aunque variando algunas posiciones, la mano izquierda, por ejemplo, apoyándose en el vientre peludo, las patitas encogidas y los ojos de piedra centellante abiertos, como si esta nueva postura no estuviera destinada al sueño aunque sí, tenazmente, a la comodidad. Yo no me demoro demasiado en esa observación: me canso de mirarla porque practica esas variantes posturales a cada rato. Es raro porque si lo que busca es la comodidad uno podría preguntarse por qué no se satisface con la que ha encontrado y en la que parece haberse instalado en cada una como si hubiera encontrado, por fin, el lugar anhelado..
Ocupa todo el día, salvo cuando come, en buscar esa comodidad. Lo mismo debe ocurrir con los otros gatos que hay en el mundo y también con los otros animales, no sólo los que descansan acostados sino aun los que se cuelgan para descansar de lo cual colijo que la comodidad no es la misma para toda la fauna, cada animal la persigue pidiéndole al cuerpo la mejor disposición posible de acuerdo con lo que les permiten sus miembros. Lo que en cambio se puede afirmar es que entre buscar comida y comer y tratar de estar cómodos los animales ven transcurrir su vida, salvo los que también experimentan el deseo de cazar o de matar o, los más domesticados, de seguir con curiosidad y simpatía o sentido de la vigilancia la marcha de las cosas que están en sus entornos, ya sean sus amos, ya todo lo que irrumpe en la natural armonía del sistema que conocen y consideran propio.
Los humanos también buscan la comodidad y de maneras parecidas; a mí, en particular, me cuesta determinar dónde pongo mis brazos, como la gata, cuando me dispongo a dormir y advierto que pago un precio cuando no lo hago adecuadamente. Me imagino que todo el mundo pasa por ese instante de perplejidad, qué hacer con el cuerpo para dormir con comodidad y, más aún, qué se necesita y de qué se dispone para lograrla. De lo cual surge una primera verificación: en realidad vivimos la mayor parte del tiempo en la incomodidad y, de ahí, varios temas concurrentes y conexos, de orden económico ante todo, porque hay que poder lograr la comodidad y eso cuesta y, también, en segunda y principal instancia, político, porque no siendo la sociedad pródiga en distribuir los medios para disfrutar de ella es en el orden político que se produce una lucha de discursos, de compromisos y de realizaciones en la que ora triunfan los que buscan la comodidad para todos (es más raro), ora ganan quienes admiten la falta de comodidad de los otros como si la carencia, como un resto de ascetismo, fuera un deber (para los otros desde luego).
Pero la incomodidad humana no reside únicamente en el difícil momento de querer dormir, hay múltiples situaciones que van en el mismo sentido; la ropa que no corresponde, porque es grande o chica o porque es vieja o porque no es la apropiada genera ese mismo sentimiento lo mismo que estar con gente que uno no aprecia o que no comprende o a la que no se puede poner en el lugar que correspondería, o que el trabajo no sea gratificante o que uno se enfrente con la pobreza de medios que implica la pobreza misma, o la invasión de discursos mediocres o arrogantes o dominadores.
En fin, hay muchas razones para la incomodidad humana, de orden personal y fácilmente verificables; son las que, cuando uno se libera de un zapato que aprieta o de una persona que desprecia, siente una descarga que deriva en un anhelado alivio, equivalente a la felina comodidad. Sea como fuere, la mayor parte de nuestra vida transcurre en la incomodidad, la padecemos, la comentamos, no es fácil hacerla desaparecer y convertirla en lo contrario. Claro que no es igual la incomodidad a causa de un zapato que aprieta a la que da lugar la falta de uno o de los dos zapatos.
Todo eso se comprende en el terreno individual pero también se puede decir que es registrable en determinados momentos en la más amplia instancia de lo social, cosa que quizás ocurra también en la sociedad animal, cuando hay maltrato, persecución y sequía, por enumerar lo más general. Sólo que respecto de la animal podemos ser generosos y proteger a las especies que nos son más estimadas y preciadas o, contrariamente, indiferentes a cómo se pueden sentir, mientras que la que afecta a los humanos tiene sin duda otro carácter, más complejo.
Lo cual hace más complicado razonar sobre ello porque la incomodidad, socialmente considerada, es una sensación que puede provenir de un desajuste respecto de las normas sociales o bien de una embestida de factores diversos que tiñen una época y tienen efectos sobre gran parte de una sociedad. Pero no es sólo eso.
Pongamos, como un primer ejemplo, la situación de pobreza: ¿quién puede estar cómodo y satisfecho consigo mismo si carece de los medios más elementales para, justamente, estar consigo mismo como ser humano pleno? En este punto mi amigo Ignacio Uranga me señala que a muchos les cuesta renunciar a la incomodidad, la sienten como algo seguro y lo que podría suceder si desaparece como un peligro: supongo que el razonamiento es psicoanalítico, “la angustia por perder la angustia”, frase luminosa, un compendio interpretativo, de lo neurótico a lo psicótico pasando a lo social y político.
De ahí una figura diría que geográfica: entre la incomodidad y la comodidad se tiende un espacio y recorrerlo ha sido, en ocasiones, la revolución, justamente eso que angustia a los que no quieren renunciar a la incomodidad. Las “revoluciones”, las que conocemos, tuvieron como meta lograr la comodidad; probablemente inauguraron otras incomodidades, hay mucha literatura sobre este tránsito. La reacción, por su parte, no hay más que verlo a nuestro alrededor, no deja de declarar que ella es la que derrotará la incomodidad: por el momento la ha siempre incrementado, es su especialidad por más revestimientos demagógicos que invente, la copa medio llena por ejemplo.
¿Será por ese temor a desprenderse de la incomodidad conocida que gente como Macri o Trump o Cunha, por nombrar a quienes son del día, obtienen votos en las villas miseria donde la incomodidad parece que está instalada para siempre?

Más allá de lo que me incomoda individualmente, podría, debería, preguntarme qué me incomoda en mi relación con el medio en el que me desenvuelvo en estos tiempos; si bien en otros también la padecí no me hice las preguntas que me hago ahora. Podría desentenderme y seguir tranquilo por mi ruta, con mis rutinas y mis satisfacciones, comiendo bien y tranquila mi conciencia sin hacer caso de lo que ocurre a mi alrededor, pero no lo hago: me siento incómodo con lo que observo, me incomoda que haya cundido y nos esté asfixiando un lenguaje oficial y mediático mediocre, lleno de ripios y lugares comunes; me pone incómodo tener que soportar mentiras, a lo Goebbels (“miente, miente, que algo quedará”) como si fueran verdaderos juicios de valor y verificar que muchos las creen verdades comprobadas. ¡Y vaya que no faltan! Me mata la danza de millones, mal o bien habidos, que nos envuelve como una red maléfica y nos quiere hacer creer que eso es la verdadera vida. Me da vergüenza que aparezcan en la escena íncubos idiotas, subproductos de Legrand y de Venegas, que balbucean incoherencias como si eso fuera estilo. Me pone incómodo la impavidez con la que niegan el infortunio de los demás y la torpe repetición de las acusaciones a un pasado reciente que fue en realidad una cuasi edad de oro, con libertades nunca vistas, y un esplendor cultural del cual no habría ninguna otra respuesta sensata que el orgullo.
Claro que decir “incómodo” parece algo pobre. Habría que decir “indignado”, como los españoles, que al parecer ya no lo están tanto, o preocupado, porque la incómoda confusión que nos ha invadido, que enriquecidos de antes hayan tomado por asalto los recursos del Estado y sean abierta y cínicamente agentes de toda posibilidad de vida cómoda para la masa de incómodos, no cesa y oscurece el panorama y promete que la incomodidad será la forma estable de la vida en este castigado país. Ni siquiera las gatas encontrarán la posición cómoda para soñar con mundos lejanos y perfectos

miércoles, 1 de junio de 2016

EL ACUERDO...



Por amplia mayorìa (sòlo dos departamentales rechazaron el ofrecimiento), se aceptò la propuesta del ejecutivo (32,5 anual a pagar en varios tramos), por lo que, a partìr de mañana, llos empleados del poder judicial de la provincia de Buenos Arires volvemos a trabajar con "normalidad".
Las razones expuestas para votar en contra son màs que atendibles: "la canasta bàsica està en $ 17.000, por lo que no podemos aceptar que haya compañeros que ganen por debajo de eso". Con el aumento ofrecido por el gobierno, las categorìas màs bajas no llegarìan a los $ 12.000. Desde el plano ideal, inobjetable este reclamo. El problema de lo ideal es que le toca mala suerte de tener que enfrentarse a lo real. Y lo real es que, despuès de varios meses de conflicto, se consiguiò un aumento significativo en la propuesta salarial; el primer ofrecimiento fue de un 16, 5 % para el primer semestre y despuès "sentarse a hablar " para el aumento de la segunda parte del año. Irrisorio. De ese insulto a esta realidad de hoy (un 29 % para el primer semestre màs un piso de 3.5 % como punto de partida para discutir el aumento del segundo semestre) hay un brecha salarial indiscutible, que se ganò con la pelea cotidiana. No es suficiente, claro. No se llegò a cubrir la canasta bàsica de las categorìas mas bajas. De acuerdo en eso. Lo cierto es -salvo excepciones- las categorìas màs bajas no son consideradas en el propio interior del poder judicial. No se ve solidaridad sino posiciones jeràrquicas. A la hora de plantear un aumento porcentual, es muy difìcil escuchar que alguien diga que està dispuesto a resignar puntos para que esa plata vaya a las categorìas màs bajas. El gremio se ve presionado a pedir un aumento "por igual". El problema del aumento "por igual" termina siendo paradòjico: lo que le llega de aumento a las categorìas màs altas es màs que todo el sueldo que va a terminar percibiendo el de la categorìa màs baja. Y eso es un problema en la medida en que las categorìas màs bajas no pueden cubrir la canasta bàsica, como bien dijeron los compañeros que rechazaron la propuesta.
Lo "ideal" falla tambièn al no ver -no querer ver- que la lucha de poderes y la desiguadad no es algo que se pueda resolver en una asamblea;excede al poder judicial, y en todo caso se trata de dar una pelea a larguìsimo plazo, en el que hay que saber medir las fuerzas y saber reconocer los pequeños logros (y el gran sacrìficio que implica ese logro). No existe una medida o una acciòn màgica que redistribuya las cosas en el mundo. Hay gente que se fastidia por eso, porque parece ser que el otro no entiende que "esto se tiene que terminar y punto". Decretar la aboliciòn del capitalismo en una asamblea. Y ya.

 El fastidio, en todo caso, hay que saber direccionarlo: hacia los compañeros que son indiferentes a todo. Y hablo de fastidio que debe convertirse en arenga; nunca en insulto.
Desde ya que tambièn està el "partidismo" de por medio. Reclamar cosas a la actual conducción que, ya lo saben los que cuestionan, son imposibles de conseguir ahora. Y tambièn està la ingenuidad. Las dos cosas.
Mientras me retiraba de la asamblea y empezaba a mentalizarme en la lucha que sigue ahora (la que se va a dar en nuestras propias oficinas), pensaba en la pelìcula "El estudiante", en un diàlogo, en una frase concreta: "creo que la cosa no pasa por una posiciòn extrema, porque esa posiciòn implica una falta de compromiso real con una voluntad de cambio"
"Compromiso real con una voluntad de cambio"
Mucho tiempo estuve pensando en eso. Hace años que voto a la izquierda, por eso lo pienso.
Todo este tiempo de asambleas y movilizaciones hacen que quiera seguir pensando en eso, ahora que me preparo para afrontar la paz.