miércoles, 29 de febrero de 2012

EL HIJO DEL PADRE...












-¿Freud y sus errores?

-Lo que Freud llamaba el inconsciente: un saber expresado en palabras. Pero ese saber no es solamente expresado en palabras de las cuales el sujeto que las pronuncia no tiene ninguna idea; es Freud quien reencuentra esas palabras en sus análisis.

-¿La elección de mis pacientes y su articulación con mi teoría?

-Se trata de hacerlos entrar por la puerta, que el análisis sea un umbral, que haya para ellos una verdadera demanda. Esta demanda: ¿de qué quieren desembarazarse? De un síntoma. Un síntoma, es curable.

La religión es un síntoma. Todo el mundo es religioso, incluso los ateos. Creen suficientemente en Dios para creer que Dios no está ahí cuando están enfermos.
El ateísmo, es la enfermedad de la creencia en Dios, creencia de que Dios no interviene en el mundo. Dios interviene todo el tiempo, por ejemplo bajo la forma de una mujer.
Los curas saben que una mujer y Dios es el mismo género de veneno. Ellos se deslizan sin cesar.
El análisis puede ser capaz de hacer un ateo viable, es decir alguien que no se contradice.

Trato que esta demanda obligue a los analistas a hacer un esfuerzo.
Yo no les prometo ser desembarazados de un síntoma. Porque, incluso para un síntoma obsesivo, por más severo que sea, no es seguro que ellos hagan un esfuerzo para salir de él. En esta filtración hay una apuesta, una parte de suerte.
Yo pongo el acento en la demanda. Es necesario que algo empuje. Y esta demanda no puede ser conocerse mejor; cuando alguien me demanda esto, lo despido.

-¿Qué es un error?

-Yo lo llamo “vagar en el error”. Los no incautos yerran . Los no incautos pueden atascarse y el síntoma se da cuando, al no ser incauto, se atasca.
Antes de una cierta época el síntoma no estaba en el pensamiento corriente.
Sinthome: la palabra existe en los incunables; encontré esta vieja ortografía en el Bloch el von Wartburg. Esta ortografía no es etimológica, esta siempre en vías de restauración. Yo ignoraba que Rabelais, en el siguiente, escribía: symptomate.
Voy a tratar de cubrir mi ignorancia con algunas citaciones.

-¿La importancia de la literatura en mis escritos?
-Yo diría más bien de la letra. La literatura, no sé todavía muy bien lo que es; a fin de cuentas, es lo que está en los manuales, de literatura entre otros. He tratado de acercarme un poco; es una producción pero dudosa y de la cual Freud estaba ávido porque le ha servido para abrir el camino de las vías del inconsciente. Cuando él imputó a Jensen de haber seguido no sé que hilo de la función totalmente caprichosa que Freud imputaba a la mujer, Jensen le respondió que él no había visto tal cosa jamás y que él sólo había “arrojado eso de su pluma”.

Hay una inflexión de la literatura; ella no quiere decir en nuestros días lo mismo que en tiempos de Jensen. Todo es literatura. Yo mismo la hago porque vende: mis Escritos, son literatura a la cual he tratado de dar un pequeño estatuto, que no es el que Freud imaginaba. Freud estaba convencido que hacía ciencia; el distingue soma / germen, toma prestados términos de la ciencia. Pero lo que ha hecho es una construcción genial, una práctica que funciona.

No me imagino hacer ciencia cuando hago literatura. Sin embargo, es literatura porque está escrito y eso vende; y es literatura porque tiene efectos, efectos sobre la literatura.
Es difícil de tomar. ¿Por qué no me tomaría a mí mismo como un efecto?
Cuando un río corre, hay pequeñas corrientes particulares.
La corriente central parece aspirar a las otras, pero es simplemente porque las otras confluyen.

¿Cuáles son los teóricos del psicoanálisis con los cuales yo simpatizo?

-Los médicos toman los síntomas como signos. El síntoma en el sentido psicoanalítico es de otra naturaleza que el orgánico; los analistas no son idiotas en esto.
Marx fue el primero que tuvo la idea de síntoma. El capitalismo se manifiesta por un cierto número de efectos que son síntomas; es un síntoma en la medida en que Marx imputa a la humanidad de tener una norma, y él elige la norma proletaria (el hombre limpio, todo desnudo, es Adán).

Si hay una ley cardinal del psicoanálisis, es la de no hablar a tontas y a locas, incluso en nombre de las categorías analíticas. Nada de análisis salvaje; nada de términos que sólo tengan sentido para el analista.
Es de mis analizandos que yo aprendo todo, que aprendo lo que es el psicoanálisis. Yo les tomo prestadas mis intervenciones, y no a mi enseñanza, salvo si yo sé que saben perfectamente lo que quiere decir.

La palabra “palabra”, yo la he sustituido por “significante”; y esto significa que se presta a equívoco, es decir a varias significaciones posibles.
Y, en la medida en que ustedes elijan bien vuestros términos, los que van a zamarrear al analizando, encontrarán el significante elegido.
En ningún caso una intervención psicoanalítica debe ser teórica, sugestiva, es decir imperativa; debe ser equívoca. La interpretación analítica no está hecha para ser comprendida; esta hecha para producir oleaje.

A menudo es mejor callarse, sólo hay que elegirlo.
Es necesario haber sido formado como analista. Sólo cuando está formado, es que de tiempo en tiempo, esto le escapa. Formado, es decir, haber visto como el symptôme se completa.
En el análisis sólo hay escena cuando hay pasaje al acto. Sólo hay pasaje al acto como una zambullida en el agujero del soplador, siendo el soplador, por supuesto, el inconsciente del sujeto.
Es a propósito del pasaje al acto que hablé de lo escénico.

-¿Los modelos de los cuales me sirvo son simbólicos?
-Yo me esfuerzo y me mato por esto. Me consume porque el inconsciente no se presta para esto. Estos nudos borromeicos no son fáciles ni de mostrar ni de demostrar porque uno no se los puede representar.
Para estas historias de nudos, todavía debemos inventar pues nada hay menos intuitivo que un nudo. Traten de representarse el más pequeño, luego el siguiente y el siguiente, traten de ver la relación que hay entre ellos: uno se rompe la cabeza. Todo está por construirse.
Yo no los utilizo por su carácter no verbal. Trato, al contrario, de verbalizarlos.

-¿La verdad?
-Ella tiene una estructura de ficción porque pasa por el lenguaje y el lenguaje tiene una estructura de ficción. Sólo puede decirse a medias. Jure decir la verdad, nada más que la verdad, toda la verdad: es justamente lo que no será dicho. Si el sujeto tiene una pequeña idea, es justamente lo que él no dirá.
Hay verdades que son del orden de lo real. Si yo distingo real, simbólico e imaginario, es que hay verdades de lo real, de lo simbólico y de lo imaginario. Si hay verdades de lo real, es que hay verdades que no se confiesan.

-¿La consistencia de la lengua inglesa?
-Jones ha dicho que los ingleses, gracias a la característica bífida de su lengua (de raíz germánica y latina), podían, pasando de un registro al otro, tapar las cosas: esto sirve para que no vaya demasiado lejos. Es el equívoco, la pluralidad de sentidos que favorece el pasaje de lo inconsciente en el discurso.
-¿El auto-análisis?
-El auto-análisis de Freud era una cura por la escritura, y yo creo que por eso ha fallado.
Escribir es diferente de hablar. Leer es diferente de entender. Yo no creo en la cura por la escritura.

-Falo y literatura
-El falo es una falta de nada, un estorbo. Nadie sabe que hacer con eso. El texto literario, a pesar de sus apariencias no tiene ningún efecto. Sólo lo tiene sobre los universitarios.
Cuando yo me intereso por Joyce, es porque trata de ir más allá; ha dicho que los universitarios hablarán de él durante trescientos años.
La literatura ha tratado de devenir algo más razonable, algo que revele su razón. Entre las razones, tiene algunas muy malas: la de Joyce de devenir un hombre importante, por ejemplo. En efecto él se ha vuelto un hombre muy importante.

¿Cómo se deja uno enligar en su oficio de escritor? Explicar el arte por lo inconsciente me parece de lo más sospechoso, sin embargo es lo que hacen los analistas. Explicar el arte por el symptôme me parece más serio.

-Verfwerfung - Verleugnung
-Verfwerfung, el juicio que elige y rechaza.
Verleugnung se relaciona con desmentida. En alguna parte, yo lo había traducido por “denegado”; eso parece una imprudencia. Lo desmentido tiene, yo creo, relación con lo real. Hay toda suerte de desmentidas que vienen de lo real.

-¿Las implicaciones políticas de sus investigaciones psicoanalíticas?
-En todo caso, que no hay progreso.
Lo que se gana de un lado, se lo pierde del otro.
Como no se sabe lo que se ha perdido, se cree que se ha ganado.

LOS TIPOS QUE HUELEN A TIGRE...





"A la cama con Strauss-Kahn"
Por Martín Kohan para Perfil



Tal vez un día no quede ya ningún delito sexual por el que Strauss-Kahn no haya tenido que responder. Le van saliendo al paso uno tras otro y él los va enfrentando sucesivamente, como suelen hacer los héroes (o los antihéroes) del entretenimiento de masas. Ya sorteó tres o cuatro, aunque no sin sudar la camisa: violación, intento de violación, abuso, acoso. Se diría que no quedará ningún casillero sin marcar en la cuadrícula que tipifica el cruce entre la calentura y la ley. Ahora lo han acusado, y esa acusación lo tuvo entre rejas, de ser cómplice de una red de prostitución de alto nivel. Es probable que resulte igualmente eximido también de esta nueva imputación. Pero en todo caso agrega un capítulo más a su versión de esta historia de sexo y poder.

Con el mismo gusto por lo contradictorio con que combina el internacionalismo socialista con el usurerismo internacional, Strauss-Kahn combina en sí la figura del hombre fuerte con la figura del hombre débil. Fue el hombre fuerte del FMI y es un hombre débil con las faldas. Pero su poder de funcionario encumbrado parece emplearlo para emprender sus asaltos a las damas; a la vez que eso mismo, según se murmura, es decir ese poder, le vale conspiraciones adversas, celadas en cuartos de hotel, trampitas en baby doll que él pisa sin demora, como lo haría un oso goloso o un tigre cebado.

El cargo que ahora enfrenta es bien distinto de esos otros que lo llevaron a lidiar judicialmente (pero también a arreglar extrajudicialmente) con mucamas atacadas a traición o con periodistas sobre las que se abalanzó jadeante. Todo aquello, aunque abyecto, pertenece todavía a la esfera del impulso. Strauss-Kahn el incontinente fue salvando esos escollos. El asunto por el que ahora comparece se encuadra en cambio en los delitos de organización y manejos de dinero. Por lo tanto toca más de cerca, y de modo más pertinente, a quien fuera director del Fondo Monetario Internacional.

Uno cree que la pasaría bien en alguna de las orgías superpobladas de Strauss-Kahn o de Berlusconi. Pero lo cree si pasa por alto que allí se encuentran también, desnudos y babeantes, el propio Strauss Kahn o el propio Berlusconi. ¿De cuántos bellos efebos, de cuántas hermosas muchachas será preciso valerse para neutralizar y revertir el efecto ferozmente disuasivo de estos dos libidinosos correteando en medias y calzoncillos? ¿Una orgía de cuántos habría que hacer para perderlos en el tumulto y ponerse a prudente distancia de tamaña repugnancia erótica? Yo, personalmente, desisto sin vacilar.

La abogada de Strauss-Kahn ya esgrimió su argumento exculpatorio ante el tribunal correspondiente de la ciudad de Lille. Que su defendido participó en tales fiestas lo ha admitido sin tardanza. En parte, porque estará probado y en parte, porque el machito orgulloso preferirá no descolgarse esa tan meritoria medalla. Lo que adujo es otra cosa, más arriesgada y por lo tanto más interesante, más increíble y por lo tanto más genial: que Strauss-Kahn estaba ahí pero no sabía que las chicas en cuestión eran todas prostitutas. ¿Qué supuso? ¿Que eran unas amigas francas, minitas macanudas, pibas ligeras? ¿O que caían, en todo caso, sinceramente rendidas por sus encantos personales?

“Estábamos todos desnudos”, especificó o sobreabundó Strauss-Kahn, “no podía saber que se trataba de prostitutas”. El razonamiento tiene el mérito de invertir los prejuicios habituales en la moral religiosa, según los cuales cuanto más cerca de la desnudez se esté, más cerca de la perdición se estará. Strauss-Kahn resulta en esto más atinado y mejor semiólogo: es la ropa, y no la desnudez, lo que significa la prostitución. ¿Cómo distinguir, al fin de cuentas, a la puta cabal de la chica bien dispuesta? Es el tema de Emma Zunz, de Borges; es un tema que aparece en Cortázar.

El argumento de Strauss-Kahn, o su coartada, implica pasar por alto la variable del pago y del cobro. Es decir, ni más ni menos que el dinero. Las chicas que se dejaron babear por Strauss-Kahn, manosear por Strauss-Kahn, penetrar por Strauss-Kahn, lo hicieron a cambio de plata. El alega que vio personas, pero que no vio dinero. De la misma manera, y por las mismas razones, con la misma ceguera o con igual cinismo, otras veces ve dinero, pero no consigue ver personas. Y así es como el FMI obliga a adoptar sus “recetas” en el mundo. Bastaría con admitir la mediación del dinero, la brutal dominación que ejerce, para verse y reconocerse en su verdadera condición: la de una máquina financiera de forzar y mutilar deseos.

VÍCTIMAS DEL VACIAMIENTO...





"El vaciamiento de YPF, una política de Estado”
Por María Eugenia Estenssoro


Hasta hace muy poco eran mejores amigos, casi de la familia, los Kirchner y los Eskenazi. Eran tan amigos que gracias a Néstor y Cristina, "Enrique, Sebastián y Matías" (como los llamaba cariñosamente la Presidenta en actos públicos) se convirtieron en dueños del 25% de YPF, la mayor empresa del país, sin tener experiencia alguna en la industria petrolera y sin poner un peso. Un gran ejemplo de "la nueva burguesía nacional que necesita el país, aunque algunos nos critiquen", decía la Presidenta, radiante. Y ellos la miraban emocionados.
Pero ahora la furia de Cristina Kirchner y del Gobierno les ha caído encima, a ellos y a los españoles de Repsol, por la dramática pérdida del autoabastecimiento energético del país. Es verdad, en los últimos años se desplomaron las reservas y la producción de gas y petróleo de YPF, pero lo mismo ocurrió con toda la industria. Durante 108 meses seguidos, en los casi nueve años que lleva este gobierno en el poder, las reservas de gas cayeron 55% y las de petróleo, 15%, cuando en el mundo y la región hubo una gran expansión.
La enmarañada política energética kirchnerista es un modelo similar al que se aplica en trenes y aeronavegación: precios fijados oficialmente por debajo de los costos de producción, subsidios cruzados, negocios para los amigos y mucha corrupción. A esto hay que sumarle retenciones móviles de más del 100%, que generaron fabulosos ingresos fiscales y destruyeron las reservas del país.
Durante estos nueve años el Gobierno negó la crisis energética, pero ahora, con una cuenta creciente de más de US$ 12.000 millones al año para importar energía a precios siderales (que amenaza con comerse gran parte del superávit comercial), Cristina y sus funcionarios buscan culpables. a gritos.
La Presidenta podrá hacerse la sorprendida con YPF, pero el vaciamiento de la mayor empresa del país, y la consiguiente depredación de sus yacimientos, es el resultado directo del acuerdo de "argentinización" diseñado personalmente por Néstor Kirchner, que siempre estaba en todo, y refrendado por los funcionarios del actual gobierno, el secretario de Energía, Daniel Cameron, y Roberto Baratta, director estatal en YPF.
Contrato
El contrato societario firmado por Repsol y el Grupo Eskenazi el 21 de febrero de 2008 -publicado desde entonces en la página de la Comisión Nacional de Valores (CNV)- obliga a los accionistas a distribuir el 90% de las utilidades anuales, cuando lo usual es el 25 por ciento. Este mecanismo permitió que "el amigo argentino" comprara su parte en la empresa con los dividendos de la propia compañía.
Yo misma lo denuncié en el Congreso en junio de 2008: "Los estados financieros que presentó YPF a la CNV, en los primeros meses de este año, muestran que Repsol y Eskenazi como accionistas han retirado utilidades extraordinarias y anticipadas por US$ 1800 millones, cuando la empresa prevé solamente tener una utilidad de US$ 1200 millones para todo el año. Esto no se llama inversión. Esto se llama descapitalización. Y esto, en criollo, se llama vaciamiento".
La cláusula 7.3 del acuerdo societario es tan explícita como perversa: "Las partes acuerdan distribuir en forma de dividendo el noventa por ciento (90%) de las utilidades de la compañía; que serán satisfechos en dos (2) pagos cada año. Las partes votarán a favor de los acuerdos sociales necesarios para que la compañía acuerde la distribución de un dividendo extraordinario de ochocientos cincuenta millones de dólares estadounidenses (US$ 850.000.000) que será pagado: (i) un 50% durante 2008 (25% durante el primer semestre y 25% durante el segundo semestre); y (ii) el otro 50% durante 2009 (25% durante el primer semestre y 25% durante el segundo semestre)".
Pregunto: si se acordó retirar prácticamente el total de las ganancias cada año, ¿con qué dinero se esperaba financiar la reposición de reservas y la ampliación de la producción?
Repsol aceptó el acuerdo sin protestar, porque así emprendía la retirada con los bolsillos llenos y silbando bajito. Además, esta práctica depredadora la utilizó en la Argentina desde el inicio. Entre 2003 y 2007 repatrió el 97% de las utilidades de la empresa. Toda esta información está en los balances públicos.
Repsol, además, aprovechó la euforia generada por la "argentinización", para separar los activos del holding español de los de la petrolera estrictamente argentina. En el proceso, se quedó con todos los yacimientos que YPF había comprado en los 90 en Brasil, Perú, Ecuador, Estados Unidos, Indonesia y Rusia, cuando era una multinacional argentina controlada por el Estado nacional. Esos yacimientos hoy valen una fortuna, porque los compró a US$ 20 el barril de crudo, que hoy está a US$ 100.
La "argentinización" fue una puesta en escena para ocultar una gran estafa. Los accionistas de YPF distribuyeron casi US$ 5000 millones en ganancias, endeudaron a la empresa en US$ 2300 millones, mientras las reservas y la producción cayeron sin parar. En estos cuatro años los Eskenazi recibieron cerca de US$ 1000 millones. Con eso ya repagaron gran parte de los US$ 2235 millones que Repsol y un consorcio de bancos europeos les prestaron para financiar el 25% de la petrolera. Si era gratis, ¿por qué no la compró el Estado?
Sugestivamente, este consorcio estuvo liderado por el Credit Suisse, el banco donde Néstor Kirchner depositó los más de US$ 600 millones que se fugaron de Santa Cruz cuando él era gobernador. La provincia recibió ese dinero en 1999, cuando Kirchner decidió venderle a Repsol -todo queda entre amigos- el 5% de las acciones que la provincia tenía de YPF. Enrique Eskenazi fue el banquero que gestionó la fuga de los dineros públicos a través del privatizado Banco de Santa Cruz, de su propiedad. Y Daniel Cameron, actual secretario de Energía, fue el director de YPF durante la década del 90. Como vemos, un grupo de amigos que desde hace mucho saben muy bien cómo hacer negocios privados con el patrimonio público.
La Presidenta se podrá hacer la indignada pero, con todo respeto, no es creíble. Toda la operatoria fue avalada por documentos públicos que fueron refrendados por los funcionarios y organismos responsables. El Gobierno no ha sido la víctima, sino el victimario.


La autora es senadora nacional por la Coalición Cívica

lunes, 27 de febrero de 2012

LA LITERATURA Y LA SOLEDAD ESENCIAL DEL MUNDO...




ENTREVISTA A DAVID FOSTER WALLACE (ESTADOS UNIDOS, 1962-2008)









¿Cómo surgió La broma infinita?

Uno de los impulsos que me motivaron fue el deseo de hacer frente al malestar de la cultura norteamericana desde la perspectiva de las generaciones más jóvenes. Pese a sus muchos momentos de comicidad, es una obra impregnada de tristeza. Muchos jóvenes de clase media-alta sentíamos en nuestras vidas una enorme tristeza y vaciedad, y ello a pesar de los bienes materiales que teníamos a nuestra disposición. Uno de mis objetivos era centrarme en las preocupaciones de quienes eran más jóvenes que yo, porque me daba la sensación de que podían constituir la última generación de mi país.

¿Cómo se le ocurrió mezclar el tenis con la cibernética, la filosofía, el cine de vanguardia, las drogas, la industria del entretenimiento como forma de adicción, y por si fuera poco, el terrorismo?

Aparte de que siempre he pensado que el autor de un libro es la persona menos indicada para hablar de él, no se me ocurre cómo resumir una novela de mil doscientas páginas sin que suene absurdo. Una vez, al rellenar la solicitud de una beca con cuya dotación pensaba vivir para llevar a término la redacción de La broma infinita, me topé con un apartado que decía: "Indique el tema de la novela", y escribí: "La libertad". Lo hice pensando en que uno de los grandes ejes del desarrollo narrativo es el tema de la adicción. Muchos de los personajes padecen las más diversas formas de adicción que hacen del individuo contemporáneo un esclavo de una manera u otra.

La broma infinita tiene lugar en un futuro imprecisamente cercano, que cabe cifrar en torno al año 2025. Orwell hizo algo semejante con 1984, y también Arthur C. Clarke con 2001: Una odisea del espacio. ¿Qué cree que ocurrirá cuando su visión futurista se entrecruce con la histórica?

Creo que además de especular acerca de lo que pudiera aguardar a la gente de mi generación, me interesaba lo que podría suceder con ciertas características de la sociedad norteamericana una vez entrados en el tercer milenio, pero sobre todo lo hacía con intención paródica, exagerando ciertos rasgos, como por ejemplo la idea de que el Gobierno sustituyera los años del calendario por el de los nombres de ciertas corporaciones, a cambio de que éstas pagaran un precio. En cuanto al componente de terrorismo, no tiene absolutamente nada que ver con lo que está pasando ahora en el mundo. La idea de que Canadá pudiera llegar a ser un enemigo serio de Estados Unidos es ridícula, y lo hago a propósito, a fin de explotar las posibilidades paródicas. Sin embargo, la situación política actual, en la que la posibilidad de que el Gobierno norteamericano lleve a cabo una matanza de iraquíes con la excusa de que así vamos a estar más seguros en casa, es algo muy real, no tiene nada de ridículo.

En La broma infinita hay tres líneas argumentales diferentes, ninguna de las cuales se resuelve claramente, y cien páginas de notas.

No es exacto decir que la novela no llega a una resolución clara. Si se examina el principio, se ven indicios que apuntan hacia lo que va a pasar. En parte, el libro trata de la diferencia entre lo que se entiende como entretenimiento y el arte. En mi opinión, lo que caracteriza a la cultura del entretenimiento es que se propone consolar, dar soluciones cómodas y fáciles, no exigir mucho por parte del consumidor de cultura. Creo que en parte ésa es la razón por la que le hurto al lector un final convencional. En cuanto a las notas, es una forma de crear una segunda voz. Uno de los rasgos del diseño narrativo de La broma infinita es que los distintos leitmotiv no se hilvanan de manera lineal, entre otras cosas porque así es como procede el pensamiento.

¿Qué piensa de la atención que se le ha prestado a la novela?

Escribir algo tan extenso es una experiencia muy extraña. En teoría de la información es tan importante eliminar datos como antes lo fue adquirirlos. Cuando llegó a manos de los lectores, decidí borrar el disco duro de mi cerebro, por decirlo de alguna manera. Supuse que tal vez despertaría un interés moderado en un público lector de corte serio. No estaba preparado para la recepción que tuvo por parte de un público tan amplio. Supongo que cuenta algo el hecho de que le presto atención a una serie de elementos que normalmente no encuentran cabida en las formas de ficción convencionales. En parte yo quería propiciar un flujo libre lleno de fuerza, más que proporcionar dosis discretas de información eficaz. Técnicamente, se hacía imperativo emplear una multiplicidad de perspectivas. Yo creo que hay muchas partes del libro en que la escritura refleja más la textura del pensamiento que la del lenguaje discursivo. Digo esto con cautela, porque seguramente si yo oyera a un autor decir algo así de su libro, se me quitarían las ganas de leerlo. Por otra parte, la novela salió en un momento en que se publicaba casi exclusivamente literatura tradicional de corte realista o metaficción posmoderna... y mi libro se planteaba como una alternativa al imperio de esas dos tendencias. Con La broma infinita me proponía encontrar una tercera vía, combinando los logros técnicos del posmodernismo con la emoción asociada al realismo, sin la que no puede haber buena literatura.

¿Cuál es su posición respecto a la distancia que separa el arte de la literatura, que sólo están atentos a los aspectos comerciales de las formas más elevadas de producción artística, cuyo fin, para usar sus propias palabras, no es ni el beneficio económico ni el placer, sino una exploración dolorosa de las zonas más oscuras de la condición humana?

No creo que haya nada intrínsecamente malo en la voluntad de hacer dinero. Lo que sí creo es que la experiencia del capitalismo norteamericano y la industria del entretenimiento, sea en cine, televisión o literatura, al tener como objetivo prioritario generar beneficios económicos, se ve obligado a satisfacer a grandes sectores del público, que es de donde procede el dinero. Y si se quiere satisfacer necesidades compartidas por un número muy elevado de gente, es obvio que el producto a ofertar será algo bajo e infantil. Los intereses que comparte una gran mayoría de la gente no son particularmente nobles, refinados y complejos, sino que se trata más bien, hablando claro, de instintos animales. Al "arte bajo" se le da muy bien gratificar esas necesidades de orden inferior. Desde luego, hay gente que prefiere internalizar el arte auténtico efectuando un esfuerzo, un gasto de energía que requiere que los seres humanos hagan frente a ciertos elementos problemáticos de su vida en lugar de ignorarlos o dejarse distraer brevemente. Pero eso no genera beneficios, porque no hay millones de personas que se presten a ello. El problema en Estados Unidos es que la presión para que el arte de calidad se someta al rasero impuesto por el éxito de ventas es casi insoportable. Pero el artista de verdad ha de intentar hacer algo que es sencillamente diferente, porque en eso consiste la magia de la literatura.

¿En qué?

Una obra de ficción es una conversación que permite enfrentarse a la soledad esencial que se da en el mundo. Entre los seres humanos se da una situación de incomunicabilidad de emociones. La comunicación entre el creador y el lector es algo extraordinariamente misterioso. La buena literatura provoca una experiencia que permite trascender el aislamiento de orden subjetivo. Yo no sé si funcionará en español, porque es un término sumamente idiomático e idiosincrático, en realidad, la expresión de un sonido. Lo encontré una vez leyendo a Auden o Yeats, no recuerdo exactamente. Es como una epifanía, en el sentido que le daba Joyce al término, una revelación, la sensación de armonía y perfección que se siente en presencia de la obra bien hecha, de la obra de arte que logra su cometido. Es como un clic, el sonido que hace una caja que está perfectamente elaborada al cerrarse. El efecto inefable que provoca el contacto con la obra de arte. La comunicación entre distintas conciencias pensantes que se deriva de la contemplación de la belleza poética. En el acto de la lectura se da un componente que es el intento de establecer comunicación con otra conciencia, una interpenetración. Lo que llamo el clic es la capacidad de reconocer pensamientos y sentimientos que el lector siente como suyos, pero que no es capaz de verbalizar. Yo, como lector, en el momento de la lectura siento que el autor ha dado con las palabras que necesito para dar expresión a mis sentimientos. No les he dado forma yo, pero no por eso son menos mías: gracias al poeta, al escritor, han sido transfiguradas, y expresadas en una frase de gran belleza. En ese momento, el mundo cobra plenitud, solidez, rectitud.

¿Con qué escritores ha sentido algo así?

A lo largo de mi vida, muchas veces. La primera vez, siendo muy niño, con C. S. Lewis. Los ejemplos son incontables: la oración fúnebre de Sócrates, la poesía de John Donne, Gerard Manley Hopkins y los poemas cortos de John Keats... Kafka, Camus, Moby Dick, el Joyce del Retrato del artista adolescente, Flannery O'Connor, Cormac McCarthy, algunos de los cuentos de Thomas Mann, ciertos momentos de la prosa de John Barth, Thomas Pynchon y Don DeLillo. Entre los poetas más cercanos a nosotros en el tiempo, Philip Larkin. La filosofía también puede provocar ese efecto: Schopenhauer, William James y seguramente más que nadie Wittgenstein.

¿Por qué más que nadie?

Encuentro que las ideas de Wittgenstein sobre el lenguaje encierran un sentimiento trágico. En su frialdad y abstracción, el Tractatus es la obra de filosofía más solitaria que cabe leer. Luego evolucionó. Una de las cosas que hacen de él un artista, en mi opinión, es que su horror ante la idea del solipsismo lo llevó a desdeñar la perfección que había alcanzado, decidiéndolo a sumergirse en las profundidades de las Investigaciones filosóficas, que constituyen el argumento más hermoso que se haya hecho jamás en contra del solipsismo. Creo que estamos muy lejos de agotar la riqueza de un pensamiento como el de Wittgenstein.

sábado, 25 de febrero de 2012

LA LEY DE LA FEROCIDAD...




Las tragedias suelen generar distintas fases en mi relación con el lenguaje, esa casa rodante poblada de palabras que habitamos todos los días. Me pasó hace muchos años con aquél vuelo de Lapa, me pasó hace menos años con Cromañón, y ahora -una vez más- me pasa ante la imagen de la gente atrapada en el tren de Once.
Menciono las primeras desgracias que vienen a mi mente en este momento, pero desde ya que hay más -muchas más- y algunas de índole cotidiano: el hambre de muchos ante la opulencia de pocos sin ir más lejos. Pero ese tipo de desgracias, naturalizadas, parecen no tener la fuerza para condensar lo que sí condensa una tragedia colectiva. A la luz de los hechos, parece ser que lo que define una tragedia no es tanto la afectación de muchas vidas por descuido, cálculo o indiferencia de quienes deberían cuidar de la integridad de esas almas, sino que esas vidas sean afectadas -brutalmente afectadas llegando incluso, en muchos casos, al punto máximo de su desaparición- al mismo tiempo y en el mismo lugar.
Decía entonces que mis posibilidades expresivas atraviesan diferentes fases ante la tragedia (ante las tragedias entendidas social y mediáticamente como tales) y lo ocurrido con el tren en la estación de Once claramente encuadra en tal categorización.
Lo primero que me ocurre es una obturación total ante un posible intercambio con el otro, ya sea un amigo, un familiar, un compañero de trabajo o mi novia. No puedo decir nada.
Durante algún tiempo, que no es del todo mensurable (pueden ser horas o días), sólo puedo absorver información sin llegar a poder procesarla con claridad: la mezcla de terror y desamparo no es el marco adecuado para tal actividad. Simplemente no estoy en condiciones de compartir lo que me pasa. No por el hecho de decir aquello que cae en los lugares comunes; no me espanta el lugar común cuando el lugar común es el único lugar posible en el que cabe la palabra sensatez. Tiene que ver, me parece, con un estado inicial de parálisis mental en el que todo lo siento en crisis, no sólo las condiciones del transporte público. Y si hay algo que contribuye a mi crisis, no son sólo las imágenes del horror, sino la indiferencia de muchas personas ante algo que -creo- debería afectar la relación con su cotidianeidad.
¿Cómo es que pasa lo que pasa y alguien puede seguir perfectamente con su día, trabajando, leyendo una revista en un bar, cocinando con aceite de oliva, chateando con su amante, o haciendo tantas otras cosas, y que las muertes ahí nomás (las muertes y el olor de los cuerpos manchados por la sangre corrupta de la inoperancia) son sólo una sombra, una nube que ya pronto quedará disuelta en el cielo...?
Al salir de la afasia, mi primer interlocutor me asesta un ladrillazo de sentido común en la cabeza: "es absurdo lo que decís. Tu preocupación no tiene lógica: todo el mundo tiene una vida que llevar adelante, y no lo van a dejar de hacer salvo que la tragedia los afecte directamente. Y además, no aporta nada a la solución de los problemas de la sociedad que las personas, simplemente, se vean afectadas a situaciones terribles, sino que activen respuestas concretas para remediar esos males."

Que las cosas nos afecten directamente. Activar respuestas concretas. Respuestas concretas...pedir la cabeza del maquinista, de los empresarios, del secreatario de transporte, de la presidenta?
Lo aplastante del sentido común, su contundencia, su capacidad de mandarnos a dormir la siesta cual viejo que se pone molesto a la hora del postre.
Vale la pena activar respuestas concretas. Pero no es sobre esas respuestas que pone la lupa esta entrada, sino sobre una sensación inicial (mi afasia) y sus siguientes derivaciones.
Si este tipo de tragedias son eso, lo son porque muestran -con toda nitidez- no sólo la visión de gente atrapada entre fierros y médicos corriendo para todos lados, y familiares desesperados en los hospitales, sino que lo hacen es condensar la imágen de nosotros mismos acercándonos a nuestro propio abismo, a nuestras propias imposibilidades, no ya como sociedad, sino como especie. Una especie que enfrenta a un monstruo que no es reconocido como tal por muchos otros. Que resulta indiferente a muchos otros, y -lo que es peor- no sólo a aquellos que lo conforman. O sí.
Vuelvo al lenguaje como el mudo que, después de años en silencio, recupera al habla de la noche a la mañana. La necesidad de expresión tiene más del orden de lo fisiológico que del orden de lo intelectual: no se puede pensar en un tiempo indefinido para ir al baño. Las horas pasan y el cuerpo ordena. Mi cuerpo ordena, entonces, volver a las palabras, escribir esta entrada, pensar en lo que pasó en once y escribir sobre ello de manera fisiológica, al compás del ritmo de la circulación de mi sangre, tratando de llegar al origen de la tristeza, a las condiciones de posibilidad de la sanción de la ley de la ferocidad.

CUANDO LO PEOR HAYA PASADO...





"La agenda en cuestión"
Por Mario Wainfeld



La tragedia de Once es leída por muchos como un corolario clavado de deficiencias del servicio. Así las cosas, no hubo estrictamente un accidente (un imponderable), sino un corolario previsible de una serie de carencias. El punto de vista es sostenido por un colectivo muy vasto: usuarios, sindicatos, especialistas en la materia, organismos de control, asociaciones de defensa de consumidores. Los teléfonos de las radios se recalentaron desde el miércoles con mensajes de oyentes (muchos de ellos autoasumidos como afines al oficialismo) despotricando con argumentos contra la concesionaria.

La tragedia incita al debate y lo pone en el centro de la agenda. Lo que está en controversia es, aunque parezca desafiante decirlo en días de duelo, algo mucho más vasto.


El cronista piensa y lo viene escribiendo desde hace bastante que es tiempo de discutir integralmente el sistema de transporte, que ha quedado desfasado de las necesidades de los ciudadanos-usuarios. Es sabido, y fue denunciado desde el vamos por este diario, que la génesis del problema es la nefasta política privatizadora del menemismo. Pero ese pecado original no dispensa a los gobiernos ulteriores, en especial a los de signo contrario, de tratar de revertir el desastre.

La política del kirchnerismo, acertadamente, se esmeró en los primeros tiempos por mejorar el acceso de “la gente” al servicio. El crecimiento, la recuperación de puestos de trabajo, la reactivación aumentaron el número de pasajeros. Lo primero era que pudieran subirse al tren, gastando lo menos posible. La vasta trama de subsidios y el consiguiente esfuerzo fiscal se justifican porque forman parte del esquema de recuperación de la actividad y dinamización del mercado interno. Un mecanismo de salario indirecto que mejoró, de paso, el ingreso de bolsillo de todos los trabajadores que volvieron a tener conchabo.

Lo que debe ponerse en tela de juicio es la funcionalidad del actual esquema para cubrir las necesidades y demandas crecientes de los pasajeros. Cuando el laburo se estabiliza, cuando la dignidad se recupera, cuando el tiempo disponible recobra valor, aumentan las lícitas exigencias respecto de la calidad del servicio.

En la multiplicidad de voces escuchadas en estos días terribles, merced a una vastedad de medios que es válido saludar, casi no se hizo sentir ninguna que elogiara o al menos juzgara tolerable el servicio de la concesionaria en cuestión.

Un tema de “segunda generación” es el estado general del transporte (dicho sea al pasar, no sólo el ferroviario) en la Argentina. No ya medido desde la accesibilidad del boleto sino desde una integralidad que abarque cuanto menos: la puntualidad, el decoro debido a los pasajeros, una tasa mínima y decreciente de accidentes en las vías. Toda la política de transporte, como la de Salud y de Vivienda, están muy por debajo de las necesidades, que son derechos, de muchos argentinos en este estadio de su historia.

Redondeando, circunscribir el problema a qué causó el accidente es reducirlo a un episodio. El cronista supone, aunque por cierto no sabe, que la tragedia tiene que ver con las carencias que se sobrevolaron. Pero aun si así no fuera, el concesionario tiene pésimas credenciales para seguir siéndolo (entre las que se cuenta, cómo no hacerlo en una democracia vivaz, la crítica dura de los usuarios). Y lo que debe ponerse en el tapete no es, exclusivamente, ese accidente y a TBA sino todo un sistema que cumplió varias funcionalidades desde 2003 pero que ahora deja muchos flancos vacantes.


El ministro Julio De Vido anunció que el Gobierno cooperará con la investigación judicial, que se presentará como parte querellante para dinamizar el proceso. Y, aun sin usar estrictamente esas palabras, que supeditará cualquier decisión administrativa respecto de la empresa TBA al resultado de las pericias o decisiones de los Tribunales. Dejó en claro que eso no implica ningún “esquema de protección”.

Este cronista discrepa con el criterio elegido. Los tiempos de la política son unos, muy otros los del Poder Judicial. En el Foro, máxime en materia penal, rige la presunción de inocencia. En materia política las responsabilidades se determinan con otros parámetros, más severos.

En los estrados, la Justicia a veces llega y a menudo no, pero casi siempre tarda. En política las decisiones son más acuciantes.

En algún sentido, el Gobierno parece haber elegido un rumbo contrario al de su ADN y de sus mejores iniciativas: judicializó la política.

De nuevo: lo que está en el centro del debate no es sólo la tragedia sino el funcionamiento cotidiano de la concesión. Supongamos (no lo presumimos posible) que se comprobara en un plazo breve, de modo irrefutable, que la causa de la colisión del tren contra el parachoques no fue imputable a la empresa. En esa hipótesis, la ideal para TBA, habría que ver si las deficiencias de los vagones, la superpoblación de pasajeros no agravaron el terrible saldo de muertos y heridos. Y, además, quedarían incólumes las críticas a la obsolescencia del material rodante, a la falta de mantenimiento de las vías y barreras, a la escasez de inversión, a las condiciones de hacinamiento en que viajan los pasajeros, a las puertas abiertas durante los trayectos. Y tantos etcéteras.


El cronista, como abogado que es, agregaría que un expediente penal con muchos querellantes es de por sí trabado y farragoso. Que la querella estatal, que tiene un valor simbólico destacable, por lo general no ayuda a acelerar el trámite y se superpone con el rol de los fiscales, que también representan el interés público. Y que el juez Claudio Bonadío, un sobreviviente de la servilleta, no es gran garantía. Que una pericia de oficio suele ser contradicha por otras de parte. Y que lo que dirime una causa no es la pericia, sino la sentencia. Y no la de primera instancia sino la definitiva.

Pero éste no es, insisto, el eje del asunto. El eje es que la tragedia (en mala y acaso tardía hora) acelera una agenda mucho más vasta que sus causas específicas. Y ésa es la agenda que interpela al Ejecutivo. Una misión propia que, por esencia, no se sustancia en un expediente judicial.

NUNCA MÁS...