sábado, 25 de abril de 2015

EVENTOS CULTURALES...


 

Arrancò la feria del libro y arrancò el BAFICI. Los medios, en estos dìas, nos estaràn informado acerca de la masividad que generan ambos eventos. Miles de personas largando espuma por la boca, desesperadas por conseguir un libro o una entrada para una funciòn del festival.
Dicho esto, se podrìa hacer un paralelismo entre uno y otro evento. Uno -la feria del libro- genera un espejismo; y es que, en un paìs de 40 millones de habitantes (aunque, claro, los 40 millones no se encuentran habilitados para la lectura), un libro "al que le va bien" (Martìn Kohan dixit), no supera las tres mil unidades vendidas (dejando de lado los best-sellers, desde ya). Los autores que alcanzan esa cifra de ventas, segùn parece, son recibidos con un cafè -y no ya con agua de la canilla- cuando pasan por su editorial.
Todo esto para decir que la literatura -en sus mùltiples formatos- le importa muchìsimo a poquìsima gente. La feria del libro no muestra a masas de gente desesperadas por leer (de hecho cualquier libro que se compra en la feria se lo puede comprar fuera de ella e incluso a un costo menor), sino que muestra a masas de gente desesperadas por participar en aquello que se les indica que deben participar.
Pequeña digresiòn: si querès que alguien lea, no le muestres un libro (o muchos); mostrale un lector. (¿uno desea el deseo del otro, no?)
Con el BAFICI pasa algo parecido. Con la excepciòn de que ahì sì se pueden llegar a ver pelìculas o documentales que despuès no se terminen estrenando en el circuito oficial y que, ademàs, resulten muy difìciles de conseguir el el circuito para-oficial (internet). En eso hay una diferencia con la feria del libro. Pero ambas experiencias mantienen una similitud, en el sentido de que arrastran ocèanos humanos que, una vez terminado el evento respectivo, no muestran una relaciòn de intimidad con los libros o con el cine durante el resto de su año.
Voy seguido al Arteplex, y me sobran los dedos de una mano para contar las cantidad de veces que vi a personas menores de cincuenta años viendo ese tipo de pelìculas.
Esteban Schmidt, en su crònica de la vez que cubriò el BAFICI, termina su texto con unas lìneas que me generaron una empatìa directa y total:

"Si estos pibes uniformados por Levi’s, despolitizados, desinteresados por todo el mundo de verdad, y a los que vemos haciendo las filas para conseguir sus veinte, treinta entradas de cada año, estuvieran un fin de semana haciendo la cola para entrar a la rave, clavarse energizantes y hacerse los lindos, nos provocaría la vergüenza ajena de siempre o la indiferencia de los últimos tiempos, pero se meten con los símbolos, con el cine, con cosas que tienen sentido.
Con eso no se jode."

"QUE EL MUNDO COMPLEJO AL QUE ACCEDÈS CUANDO ENTRÀS EN LA SALA TE SOBREVIVA CUANDO SALÌS Y LO USES. ESO QUEREMOS"

CARAS SONRIENTES...

 
 
 
"EL DÌA DESPUÈS DE MAÑANA" Por Daniel Link para Perfil
 
Aprovecho estos días de contienda electoral (que después de mañana se tomará una pausa) para homenajear a una de las mentes más brillantes del siglo pasado, el centenario de cuyo nacimiento se cumple el próximo 12 noviembre, fecha alrededor de la cual se realizarán homenajes en todo el mundo, incluso en Buenos Aires.

En Mitologías, uno de sus libros más hermosos (siempre será difícil decidirse, y el asunto se resolverá antes según el humor del lector que según la calidad intrínseca de los argumentos que hay en cada uno de ellos, todos extraordinarios), Roland Barthes incluyó artículos publicados previamente en la prensa francesa, en los que pretendía desmontar los dispositivos de naturalización de la cultura (el modo en que se presenta como “natural” la más salvaje imposición de unidades ideológicas destinadas a perpetuar la dominación política y social).

Una de esas mitologías se llama “Fotogenia electoral” y allí Barthes sostiene que, en la medida en que la fotografía es elipsis del lenguaje y condensacion de un "inefable" social, constituye un arma anti-intelectual que tiende a escamotear la política (entendida como un cuerpo de problemas y soluciones) en provecho de una "manera de ser" socio-moral.

Así, la fotografía electoral sería, ante todo, reconocimiento de algo irracional extensivo a la política. Lo que atraviesa la fotografía del candidato no son sus proyectos sino sus móviles, sus circunstancias familiares, mentales, eróticas, todo ese modo de ser del que el candidato es a la vez es producto, ejemplo y estímulo. Lo que la mayoría de nuestros candidatos (los de Barthes, en su momento; los nuestros, este año) da a leer en su efigie es su posición social: la comodidad espectacular de las normas familiares, jurídicas, religiosas en las que se instala.

El uso de la fotografía electoral supone, naturalmente, una complicidad: la foto es espejo, deja leer lo familiar, lo conocido, propone al lector su propia efigie, clarificada, magnificada. El elector se encuentra expresado y transformado en héroe, es invitado a elegirse a sí mismo, a cargar el mandato que va a dar con una verdadera transferencia física. Esa transferencia física era, para Barthes (quien, por supuesto, fue marxista), el soporte de la representación política.

En ese aspecto, por lo menos (aunque hay otros muchos), la perspectiva de Barthes coincide con el de la teoría crítica alemana. En Dialéctica de la ilustración, Theodor Adorno y Max Horkheimer refutaron el error de considerar opuestos el proceso de nivelación y estandarización de los hombres y mujeres en el capitalismo de masas y el refuerzo de la individualidad en las llamadas personalidades dominantes.

Los políticos de hoy, razonaron Adorno y Horkheimer, no son superhombres sino meras funciones de su propio aparato publicitario, puntos de cruce de las mismas reacciones de las masas. El jefe no es sino la proyeccion colectiva y desmesuradamente dilatada del yo impotente de cada individuo.

No por azar, razonan los dialécticos con humor barthesiano, tienen aire de peluqueros, actores de provincia o periodistas de ocasion. Incluso, diríamos hoy, algunos bailan penosamente.

Parte de su influencia moral deriva justamente del hecho de que los candidatos, impotentes en sí mismos y similares a cualquier otro, encarnan la plenitud del poder señalando, al mismo tiempo, el espacio político vacío en que el poder ha venido a caer (sobre todo en sociedades como las nuestras, donde el capitalismo no necesita del Estado sino marginalmente para obrar con eficiencia).

Es la individualidad en ruina la que triunfa en nuestros candidatos peluqueros-actores de provincia-periodistas de ocasión-bailarines de concurso. Los jefes de la política (los que triunfan hoy, los que triunfarán mañana) no son sino lo que fueron siempre: comediantes que representan el papel de jefes.

Hasta aquí no se trata de opiniones. No de las mías, por cierto, pero tampoco de las de Roland Barthes o de Adorno y Horkheimer, quienes analizaron determinados procesos que, con el tiempo, no han hecho sino profundizarse. Photoshop, extensiones de pelo, grabaciones telefónicas y twitters sólo sirven para decir “tengo tus mismos sueños, vacíos de esperanza”.

sábado, 18 de abril de 2015

LAS VAQUITAS SON AJENAS...

 


“El mundo se divide, sobre todo, entre indignos e indignados, y ya sabrá cada quien de qué lado quiere o puede estar…”

 “La violencia engendra violencia, como se sabe; pero también engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo”.

 “A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba-abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder”

 “La justicia es como las serpientes, sólo muerde a los descalzos”

 “Cuanta más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se hace necesario construir para quienes padecen los negocios”.

 “Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible ser compatriota y contemporáneo de todo aquel que viva animado por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, nazca donde nazca y viva cuando viva, porque no tienen fronteras los mapas del alma ni del tiempo”.

 “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: “Cierren los ojos y recen”. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.

”Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana”

“Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable”

 “La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar”

sábado, 4 de abril de 2015

ESA PUERTA...

 


"ARTE Y REALIDAD" (Por Martìn Kohan para Perfil)

No sabemos con certeza si Andreas Lubitz vio o no vio Relatos salvajes; no sabemos si alcanzó a verla, al igual que tanta gente, o si al final la descartó o se la perdió, al igual que casi nadie. El asunto no cambiará, de todas formas, la suerte ya para siempre adversa del vuelo de Germanwings que Andreas Lubitz copilotaba; y afectará, llegado el caso, tan sólo en parte, la suerte notoriamente venturosa de la película de Damián Szifrón. Lo que bien puede ilustrar, en cambio, y en definitiva es algo que trasciende la circunstancia puntual de una película que triunfa o de un avión que fracasa, es la decisiva cuestión de las relaciones entre arte y realidad.
Porque, según se ha informado por estos días, en algunas salas cinematográficas de Inglaterra en las que Relatos salvajes ha comenzado a proyectarse, se decidió hacer preceder esas proyecciones de cristalinas advertencias acerca de su condición ficcional o acerca de heridas en las susceptibilidades. La célebre provocación esteticista de Oscar Wilde, según la cual “la vida imita al arte”, o las mejores utopías del arte de agitación en procura de afectar las conductas en el mundo, quedan chiquitas al lado de semejantes precauciones (es decir, de semejante confianza): suponer, o dar por cierto, que una determinada película, y por extensión el cine, y por extensión el arte, son capaces de suscitar conductas reales en el mundo real.
Entre nosotros surgieron inquietudes análogas en distintas oportunidades: a propósito de un fuerte encontronazo de ruta entre el conductor de un auto de alta gama y el conductor de una batata casi caduca, o a propósito del posible aumento del número de desquiciados por el sistema de leva de autos con grúa en la Ciudad de Buenos Aires, no faltó quien se preguntara si la exitosa Relatos salvajes (exitosa en el sentido de que acude mucha gente a verla) no estaba provocando consecuencias en lo empírico.
No obstante, lo ocurrido en estos días asume un carácter más alarmante, más extremo, más internacional: ¿pudo acaso Andreas Lubitz, el copiloto de Germanwings que decidió estampar el Airbus 320 contra los Alpes, inspirarse en el episodio inicial del film de Szifrón? Algunos cines ingleses que hoy lo tienen entre manos parecen conjeturar que sí, o en todo caso deciden abrir el paraguas, lo cual no deja de ser un síntoma. Se atajan por los copilotos que el día de mañana quieran echar abajo su avión contra una cordillera o una casaquinta suburbana.
A mi entender, sin embargo, el caso ficcional de Relatos salvajes y el caso real de Andreas Lubitz son sustancialmente distintos. A Pasternak, el personaje de la película, los pasajeros le interesan muchísimo, de hecho los rastreó y los reunió, constituyen para él toda una colección de sus fracasos en la vida, les otorga tal importancia que hasta está dispuesto a morir con tal de que mueran ellos. ¡Es todo lo contrario de lo que habrá vivido Andreas Lubitz! La experiencia de Andreas Lubitz fue de extrema soledad, y no sólo por la situación de que quedó solo en la cabina. Imbuido en sus desdichas, su malestar, su depresión, agobiado por sus contrariedades y por sus incertidumbres, no pudo pensar más que en sí mismo, en sus ganas de acabar con todo, y en los otros ni reparó. Pasternak era un criminal, y para serlo debió suicidarse; Lubitz era un suicida, y para serlo debió matar. Pasternak tenía un proyecto en la vida, que era justo el de tirar abajo el avión, y hacerlo contra el jardín de sus padres; Lubitz se quedó sin proyecto, creyó que el futuro ya no le deparaba nada, y si tiró abajo el avión fue por eso. Pasternak habrá muerto feliz, feliz como cualquier rencoroso que consuma su venganza; Lubitz se sentía muy desdichado, y se habrá sentido desdichado hasta el final (con un mínimo atisbo de esperanza, con una mínima brecha de ilusión a su alcance, habría abierto “la maldita puerta”).
Quien quiera encontrar una inspiración estética para la terrible decisión de Andreas Lubitz deberá remitirse, en mi opinión, al universo inacabable del romanticismo alemán; para indagar allí lo que puede provocar un paisaje, la inmensidad y la vastedad de la naturaleza imponente, sobre al alma atribulada de un pobre hombre solo.

sábado, 28 de marzo de 2015

EN EL AIRE...




Nuestro amigo llega de España hoy. No creo que el grupo se mantenga, despuès de haber terminado el secundario hace ya quince años, por cuestiones de "afinidad profesional" (poco tienen que ver un mèdico, un abogado, un psicoanalista y un lic. en administraciòn de empresas), tampoco por una concordancia total en nuestras preferencias en cuanto al cine, la polìtica, las mujeres, el fùtbol o la mùsica (en todos esos planos tenemos acuerdos y divergencias), sino por otra cosa, por otro tema. Tal vez el tema del que menos hablamos, pero que -de algùn modo- està ahì, siempre presente y siempre solapado por el efecto de las risas y el tabaco.
Algo curioso: me cuenta mi vieja que, en las reuniones de padres del colegio, siempre coincidìa en sentarse con las mismas madres; las madres que resultaron ser las madres de mis amigos. Y esa coincidencia, sospecho, no terminò siendo sòlo una derivaciòn lògica del vìnculo que habìan establecido sus hijos. Tal vez habìa entre ellas, aùn sin decirlo una a la otra, algo que tenìan en comùn, algo que estaba en el aire -en su aire- y que excedìa la amistad de sus hijos.
Tal vez. No lo puedo asegurar, desde ya. Ellos tampoco podràn asegurarlo ni descartarlo de plano
Sòlo podemos asegurar la cena de esta noche. El brindis por los pequeños vicios de esta noche.

sábado, 21 de marzo de 2015

HOMBRES Y CABALLOS...


 


"CONVENCIONALES CONVENCIONES" Por Martìn Kohan para Perfil.

A mí personalmente me encantó la convención radical de la otra noche, incluidos sus incidentes y su desfile de desgarrados por la historia. Ernesto Sanz estuvo bárbaro con su giro a la derecha espesa y rancia; mucho mejor, para mi gusto, que los coqueteos de centroizquierda en los que se emplearon hasta hace poco, con un esmero político que hoy se nos revela laborioso, si es que no lisa y llanamente impostado. Mejor hacer, al fin de cuentas, lo que hizo Sanz, o lo que antes hizo Carrió, y ganamos los argentinos en tiempo y en sinceridad.
Porque después queda el radicalismo en el Gobierno, con sus banderas progresistas y populares, y hay fusilamientos en la Patagonia o dobles masacres en solamente una semana, como sucedió con Yrigoyen; o proyectos que ilusionan (y los integrantes del grupo Contorno no eran precisamente ingenuos) para pasar de inmediato a la traición, como sucedió con Arturo Frondizi; o desplantes a la voluntad ciudadana mediante la interdicción de sufragios, como sucedió con Arturo Illia; o alianzas soi disant de centroizquierda que pusieron de ministro a Domingo Cavallo y concluyeron a matanza limpia en plena Plaza de Mayo, como sucedió con Fernando de la Rúa.
Sanz nos ayuda así a percibir que en “centroizquierda” no hay ninguna fusión, sino más bien un oxímoron (por eso nunca los voto, ni voto tampoco a los peronistas). La cosa se tuerce a la corta o a la larga, como se torcieron la boca de Binner, la voz de Solanas, los ojos de Tumini, con la implosión autodetonada de ese proyecto de República que hasta hace unos días se llamaba UNEN.
David Viñas solía hablar de los que se suben al caballo por la izquierda pero se terminan bajando por la derecha. Preferible es verlos subirse por la derecha, ya que les sienta, antes de empezar con el trote o el galope. Porque después, a menudo, no se bajan sino que se caen, y en el porrazo nos golpeamos todos.

sábado, 14 de marzo de 2015

LA NOVELA: ESE METABOLISMO MONSTRUOSO...


 
ENTREVISTA A JUAN JOSÈ BECERRA PARA PLIEGO SUELTO


La interpretación de un libro es el reflejo de la desregularización de los géneros literarios, ya que puede leerse como una novela, un ensayo, una crítica de arte o un tratado de amor. ¿Cuál es tu reflexión al respecto?

Creo que la novela es un metabolismo monstruoso capaz de asimilar cualquier cosa. Me gusta mucho una imagen animada de Disney, de hace mil años, en la que un avestruz se come una radio portátil. Eso es tener un metabolismo de novela. La novela es omnívora, por lo tanto el ensayo, el tratado de amor y la crítica de arte son solo los platos del día de una dieta mucho más vasta. Una novela, si quiere, puede comerse una guía telefónica que no le va a pasar nada.

Dices también que la diferencia entre el ensayo y la ficción es la misma que hay entre nadar y bucear, ¿cómo llegaste a esta conclusión?

Hundiéndome un poco. Las diferencias saltan a la vista frente a la experiencia de escribir cada cosa. El ensayo y la crónica son géneros más “seguros” que la ficción. La razón es que las referencias siempre están disponibles para acudir en nuestro auxilio. Son géneros en los que el vértigo y el desamparo que produce escribir ficción desaparecen. El ensayista evita ese vértigo con las citas, y el cronista lo evita con los viajes. Esas son sus redes de seguridad. No empezó a escribir que ya tiene algo firme donde apoyarse. La ficción, en cambio, establece una relación densa con la intimidad del escritor. Mi sentimiento, que equivale a una teoría sensible de la ficción, es que a las novelas uno las escribe desde adentro, mientras que al ensayo y a la crónica se los escribe desde afuera. Por lo tanto, el ensayo y la crónica son deportes de superficie, mientras que la ficción es un deporte de las profundidades, o de las alturas, según cómo se mire. Por supuesto, esto no es una regla. Los ensayos de Benjamin y Barthes pueden desmentir lo que digo por un lado; y por el otro, también pueden desmentirme las “ficciones” de Paulo Coelho.

¿Qué metodologías has aplicado a la hora de representar conceptos complejos como los binomios escritor-lector, escritura-lectura y literatura-vida cotidiana, mientras se lee y escribe una novela dentro de una novela?

Sospecho que los sistemas de representación en la literatura se dan por una suma de combinaciones espontáneas. Tan claro es para mí no registrar el método que creo que el arte literario tiene sus mejores momentos en la improvisación y el error de cálculo. Después de escribir un libro uno puede deducir el proceso que lo compuso, pero definir el método de antemano es darle todas las herramientas de la literatura al control, es decir a la represión. ¿Cuál era el método de Cervantes si no el de ir hacia adelante? ¿Y cuál era el de Proust si no el de ir hacia atrás? ¿Y cuál era el de Beckett si no el de quedarse donde estaba? En los tres casos hay deriva literaria e inconciencia. Sinceramente, prefiero una novela malograda a esas novelitas metódicas e industriales que atestan las librerías. La escritura se da por impulsos indescifrables que se van conectando entre sí. Aceptemos que sea el cerebro con todos sus cortocircuitos y fallas geológicas el que haga el trabajo literario, pero no aceptemos que lo haga la conciencia. La conciencia es un dique que detiene el cauce de la literatura. Tener un método para escribir es tan inútil como tenerlo para vivir. En cuanto a la lectura y la escritura, creo que son partes irremplazables de la experiencia literaria. Si falta una parte no existe ninguna de las dos.

En una  entrevista con El País afirmaste que “La literatura es como una religión marginal: se vive con intensidad pero cada vez afecta a menos gente de manera íntima”. ¿Podrías ampliar esta idea?

Para el lector de literatura, la literatura es sagrada. Esa sería su condición religiosa, aunque se trate de un arte marginal. Lo mismo vale para el lector de autoayuda, de gastronomía o de matemáticas, para el que sus lecturas también son sagradas. En cuanto a la marginalidad de la literatura, es algo que está a la vista. La literatura es una estrella que se está apagando, pero allí donde se mantenga viva seguirá siendo una experiencia intensa, la única que todavía puede competir con la vida.

Si bien en La interpretación de un libro se toma al libro como un fetiche y objeto de culto, ¿cuál es tu reflexión sobre la lectura y nuevas tecnologías a través de la irrupción de los blogs, los e-books y las redes sociales?

Creo que en mi novela el fetiche es la literatura, no el libro. Cualquiera escribe un libro. Pero la literatura sigue siendo un milagro que se produce de vez en cuando. Las nuevas tecnologías, como todas las herramientas de progreso, dan un paso adelante y otro hacia atrás. Las redes son horizontales, y esa farsa democrática es su gracia. La desgracia es la catarsis demencial de los millones de comentarios y opiniones que sostienen ese mundo. En general, las redes no producen pensamiento sino rechazos y adhesiones acerca de los pensamientos o los actos de terceros, dos actitudes reaccionarias, salvajes y preintelectuales. Lo dominante es el chisme y un escaso conocimiento de causa de los fenómenos que se juzgan. Por supuesto que en ese río revuelto puede pescarse algo, pero lo veo como una máquina que transmite casi exclusivamente pasiones sociales, es decir como un impulso infantil actuando en un escenario adulto llamado sociedad. Pero la transmisión franca de los contenidos en las redes sociales puede producir acontecimientos benéficos. Las publicaciones de Wikileaks son la prueba del milagro que pueden generar las redes y, también, la prueba de que su fuerte es la transmisión y no la producción de contenidos. Las nuevas tecnologías tienen más que ver con el perfil conductor del alambre de cobre o de las cañerías aquasystem que con una usina de ideas. Del e-book, por supuesto, estoy a favor porque es el soporte que puede filtrar propuestas independientes y a bajo costo en un mercado gobernado por las mafias del mal gusto.

Los cuadros de Edward Hopper te han servido como hilo conductor en tu libro porque expresan orfandad y claustrofobia urbana. ¿Qué otros elementos has tomado del lenguaje pictórico y cinematográfico para insertarlos en la obra? 

Hay necesidades que van  surgiendo cuando se escribe una novela. Son necesidades inesperadas. De pronto, la novela pide algo: un escenario nuevo, otro personaje, un accidente. Las respuestas a esas necesidades son inmediatas y no están meditadas. Son pequeños incendios que uno va apagando, o avivando. Al monoambiente1 del novelista Mastandrea le hacía falta una decoración de interiores, por no decir que le hacía falta “vida”. Entonces su groupie decide intervenir esa hoja en blanco con imágenes en las que sólo ella esté presente. ¿Y quién otro que Hopper para representar mujeres entregadas al vicio de la lectura? Pero no veo esa intervención como la de meros cuadros colgados. Más bien son proyecciones en las que se descifra el presente y también el porvenir de la relación entre el novelista y su lectora. La aparición de imágenes de Marilyn Monroe, en cambio, obedece a mi fascinación por las fotos en las que aparece leyendo a Joyce. Semejante belleza sometida a la pasión de una literatura exigente… Además, Marilyn Monroe cumple una función ambigua, porque ¿a qué mundo podemos decir que pertenece? ¿Al de la realidad o al de la ficción? Todavía no lo sabemos.

La interpretación de un libro, ¿nace como una prolongación de tu novela Miles de años (2004) o tomas sus referentes como pretexto creativo para una nueva historia?

Es una novela de convalecencia que nace como “cura” de una novela larga que estuve escribiendo durante varios años. Sólo quería que fuese breve y contara la historia de un escritor argentino vanidoso y fracasado, valgan las redundancias. La vanidad aparece más o menos saciada por la devoción que una lectora siente por él, mientras que la prueba del fracaso es la única novela que pudo escribir en su vida y que se llama Una eternidad, nombre de fantasía de mi novela Miles de años. Si consideramos que la literatura es una zona franca donde al derecho lo hace uno, ¿qué me impedía ejecutar esa maniobra de autorrobo? Después de todo, la ficción es una realidad con los nombres cambiados. Lo curioso fue el hecho de que una novela escrita y publicada, y por lo tanto un objeto de la realidad, pudiera tener “otra vida” en una dimensión distinta.

Al tratarse de la intrahistoria de un novelista argentino, ¿qué cosas en común tiene Juan José Becerra con su personaje Mariano Mastandrea?

Hay una cuestión que podemos llamar documental, y es que mi novela Miles de años estuvo de saldo en la calle Corrientes de Buenos Aires como lo está Una eternidad en La interpretación de un libro. Un día mi madre compró cinco ejemplares de mi libro de saldo –cada ejemplar valía la mitad de un diario– y me sentí un best seller. Esa podría haber sido otra versión de La interpretación de un libro, la del novelista que tiene en su madre a la única persona en el mundo capaz de leer sus libros. Un poco lo que le ocurrió a Borges antes de su consagración.

¿Cómo surgió la idea de incorporar en la trama al personaje de Camila Pereyra, “la loca de los libros”?

Necesitaba una lectora loca que leyera con el cuerpo. La locura es un poder que sirve para una sola cosa, por eso su fuerza es tan extraordinaria. En este caso, Camila Pereyra, “la loca de los libros”, debía cumplir con ese cometido. Es un personaje que bien podría ser la bisnieta de Ema Bovary o la hija de Annie Wilkes, de Stephen King. O ser alguien situada entre ambas, a mitad de camino del sacrificio y el terror. Pero en el fondo, no hay duda que flamea la referencia cervantina y mi idea, que ahora descubro, de que Alonso Quijano es un personaje femenino.

Volviendo al tema de Miles de años, los personajes de Castellanos y Julia aparecen otra vez, del mismo modo que la situación en que alguien abandona a alguien. ¿Consideras a La interpretación de un libro como una reflexión sobre el desamparo amoroso?

Sí, por supuesto. La entrada y la salida son los dos momentos más intensos del amor. Ahora que lo pienso, La interpretación de un libro está dividida en dos partes: “principio” y “final”. En las separaciones hay tanto o más amor que en la etapa de enamoramiento, y muchísima más energía, aunque se trate de una energía radiactiva
.
La interpretación de un libro es el primer volumen tuyo que se publica en España, ¿podrías hablarnos de otros títulos?, por ejemplo, de los ensayos: Grasa. Retratos de la vulgaridad argentina y Vaca.Viaje a la pampa carnívora (2007), así como de Patriotas (2009).
Voy a traducir el espíritu de esos libros. Un Grasa2 español no hubiera excluido críticas de la imagen pública de Iñaki Urdangarín, el ex presidente Aznar, la Duquesa de Alba y Cristiano Ronaldo. Patriotas hubiera analizado el discurso de obispos, rabinos, políticos y editorialistas de la ultraderecha española que condescienden tácticamente a disfrazar con buenos  modales su violencia ideológica. Y Vaca-Viaje a la pampa carnívora se hubiera llamado Cerdo ibérico-Viaje a las dehesas de Guijuelo. Estas son las traducciones que encuentro. En todos los casos se trata de atacar el sentido común, cuyo vehículo es esa lengua muerta que millones de personas hablan sin detenerse nunca a pensar qué es lo que están diciendo y por qué.

¿Qué semejanzas y diferencias encuentras en tus novelas Santo (1994), Atlántida (2001), Miles de años (2004) y Toda la verdad (2010)?

Las semejanzas radican en que en todas está presente el amor como un problema sin solución. Las diferencias, en que me parece que cada uno de mis libros es una posibilidad de negar el anterior. Después de escribir un libro, me digo: “yo no fui”. Como si sólo fuese posible ser el escritor del libro por venir.
¿Cómo surge la posibilidad de publicar con Candaya, una editorial independiente que siempre apuesta por escritores innovadores tanto de España como de América?
De casualidad. Diómedes Cordero, un amigo venezolano que tenemos en común con Paco Robles y Olga Martínez, de Candaya, leyó el Word de La interpretación de un libro y por iniciativa propia recomendó publicarla. Y aquí estamos. La literatura tiene un gran poder de penetración a través de las ramificaciones del contrabando hormiga. Digamos que a la mafia mala del mercado le respondemos con la mafia buena de los conspiradores.

¿Qué significan para ti conceptos como la fama y el mercado?
Nada.

Desde España existe una percepción de que Cortázar y Borges han monopolizado el discurso de los escritores de Argentina, ¿qué piensas sobre este tema?

Que esa época ya pasó. También pasó la época posterior, cuyos polos eran Juan José Saer y César Aira. Ahora se escribe de espaldas a todo el mundo y la ficción argentina goza como nunca antes del descontrol.

¿Cómo observas la escena literaria en España e Hispanoamérica? ¿Qué autores lees o recomiendas?

Recomiendo los dos últimos que leí: Oremos por nuestros pasaportes, de Mercedes Cebrián; y La historia del dinero, de Alan Pauls, próximo a salir. Con esto saldo las relaciones argentino-españolas tan conmovidas por el caso Repsol.
¿Qué opinión tienes del llamado periodismo literario o periodismo narrativo?

Según quien lo escriba. Es un género de autor y todo depende de él. Como lector, encuentro desde retratos extraordinarios sobre esa materia escurridiza llamada realidad, de los que Martín Caparrós y Juan Villoro son un poco los príncipes; hasta bodrios llenos de imposturas y prosa de segunda selección con los que hasta los huevos se avergonzarían de ser envueltos en el almacén.

¿Cuáles son tus proyectos futuros?

Esperar que nazca mi cuarto hijo y, después, comprarme una silla Aeron para seguir escribiendo sin lumbalgia una novela que hasta ahora se llama Obra de arte.