martes, 29 de diciembre de 2015

MÙSICA PARA DESPEDIR EL AÑO...

 

"LA MÙSICA DE UNA VIDA" (FRAGMENTO)

"Se alejó del Kremlin y se zambulló entre las ramas de los bulevares, cargadas de lluvia. La historia del violín, el terror nocturno, sus años de soledad de apestado le volvían de vez en cuando a la mente, pero sobre todo para intensificar la felicidad que estaba viviendo en ese momento. El murmullo de sus padres durante la noche y el acre olor del barniz quemado eran los únicos recuerdos de esos tres años negros: 1937, 1938 y 1939. Nada en comparación con los variados placeres que colmaban su vida desde entonces. Y ahora, esa camisa mojada pegada a su pecho, el mero placer de sentir su cuerpo joven, ágil y musculoso, hacían desaparecer la angustia de los años de cuarentena. Sobre todo su concierto, dentro de una semana. Imaginaba a sus padres sentados al fondo de la sala (les rogó encarecidamente que fueran de incógnito) y, en primera fila, una de las chicas con quien había bailado La mirada de terciopelo en la fiesta de fin de año. Lera.
De nuevo pensó en la calcomanía. El mundo entero se asemejaba a ese juego de colores: bastaba con retirar la hoja de papel fina y sombría de los malos recuerdos para que la felicidad resplandeciese. Como resplandecía, a principios de mayo, la desnudez de Lera bajo un vestido de color marrón que juntos arrancaban en la precipitación de unos besos aún clandestinos, con el oído puesto en los ruidos del pasillo de la dacha: el padre, físico de profesión, ya retirado, se encontraba trabajando en la terraza y de vez en cuando reclamaba una taza de té o un cojín. De una sana desnudez, su cuerpo era como los que se veían participar en esa época, vestidos con camiseta ajustada, en los desfiles en honor de la juventud. Las palabras de Lera también eran muy sanas. Hablaban de familia, de su futura casa, de hijos. Alexei presentía que su matrimonio con Lera le convertiría definitivamente en alguien como los demás, borraría la silueta del adolescente que espiaba los sonidos de las cuerdas consumidas por el fuego. Pero más que con el hogar familiar de recién casado, soñaba en realidad con el coche de su padre, un enorme Emka negro, tan confortable como el camarote de lujo de un transatlántico, que ya sabía conducir. Para deshacerse de una vez por todas del adolescente asustado, le bastaba con imaginarse el coche, a él, a Lera y la franja azulada del bosque en el horizonte. "

sábado, 19 de diciembre de 2015

SIEMPRE IGUAL, TODO IGUAL, TODO LO MISMO...?


 

"Autobiografìa peronista" Por Martìn Kohan para Perfil

A mediados de los años 80, a lo largo de tres meses o de cuatro, practiqué el justicialismo (lo practiqué o lo ejercí, no sé cómo expresarlo. Debería decir así, sin más: “fui peronista”; pero, por lo visto, no me sale). Fueron semanas plenas de enjundias y efervescencias, de mitos y de taxatividad. Mi papá, con impaciencia, intentaba disuadirme, y dedicamos unas cuantas noches al hábito, hoy desprestigiado, del debate político en familia, con acaloramientos y mutuo desdén. Me atraía ese peronismo en la oposición, firme en apariencia al contrastar con los vaivenes tan típicos del radicalismo.
Vociferé la marcha en algún acto vespertino, y cánticos al tono en la bandeja media de la tribuna de Casa Amarilla. Tiempo después, sin embargo, decliné este pero-nismo. Las lecturas de la universidad, las clases con David Viñas y con Beatriz Sarlo, me fueron apartando del General y de Eva, de Cafiero y de Manzano. Progresista nunca he sido, es cosa que me resultó siempre ajena; pero me fui haciendo de izquierda con los libros de Lukács y de Gramsci, de Althusser y de Theodor W. Adorno, de Sartre y de Bertolt Brecht; con lo que Marx y Engels dijeron de Balzac; con lo que Lenin escribió sobre Tolstoi, y Pierre Macherey sobre Lenin; con lo que Trotsky les señaló a los formalistas rusos, lo que intentó hacer con André Breton.
De aquella experiencia juvenil justicialista, breve pero intensa, me ha quedado, hasta hoy, esta fuerte huella: la del rechazo del antiperonismo visceral. Esa clase de ciego fanatismo me es menos soportable que aquel otro fanatismo, al que se opone en simetría y del que, no sé por qué, se cree mejor o más sensato. El odio antiperonista me apabulla; nos consta que puede llevar al delirio o a la discriminación artera incluso a figuras que admiramos (a Borges, que felicitó a Videla, o a Cortázar, que vio monstruos en los pobres).
¿Cómo modular una crítica certera de los límites ideológicos del peronismo sin deslizarse penosamente hacia las taras del antiperonismo ciego? Intenté encontrar una respuesta a esta pregunta entre los brillantes integrantes de la revista Contorno, que se plantearon con limpidez la cuestión en el número doble (7-8) de la revista, publicado en julio de 1956. Leí esos textos críticos entrando ya en los años 90, es decir, en el menemismo, esa etapa en la que el peronismo se integraba con lo otro de sí (con el almirante Rojas, con Alsogaray, con el sucesor de Braden, con el tilinguerismo).
En estos días de fin de ciclo, creo notar que se fue activando entre nosotros un imaginario made in ’55: el imaginario de una épica de civismo republicano en lucha contra el fascismo imperante; el de la restauración de un orden estrictamente regulado contra los desbordes del populismo demagógico; la fantasía abolicionista de borrar de la faz de la tierra al régimen recién acabado, su lenguaje, sus nombres, su recuerdo; la fantasía correspondiente de entrar en una era de resistencia, años de esperar y de soportar, con la consigna latente de un “volveremos”.
Todas estas semejanzas puede que sean, en última instancia, menos reales que imaginadas. Pero, ¿de qué está hecha la realidad política, en buena medida, sino de eso que se imagina: de los miedos, los deseos, de los modos de figurarse el mundo? De esas mismas semejanzas brotan, en cualquier caso, insoslayables, las evidentes diferencias. No es igual que el ’55: se acaba, en efecto, una era, pero esta vez sin bombardeo aéreo ni cañoneras apuntando desde el río hacia acá; hay afán de deshacer y revertir, pero esta vez sin censuras ni persecuciones; hay una ilusión de retorno, pero esta vez sin clandestinidad ni proscripción.
No son diferencias menores, por supuesto: son mayúsculas. Pero definen, en lo que tienen de distinto, un hueco histórico imaginario. ¿Cómo pasar de una cosa a la otra? ¿Cómo enlazar una etapa con la siguiente? Acaso todo el sainete del traspaso de mando podría estar expresando esa diferencia cualitativa con la historia. Diferencia positiva, alentadora, por más que haya asumido la forma neta del papelón; histeria de Balcarce 50 o de Rivadavia y Callao, vaivén de banda y de bastón en vilo, despechos de allá no voy y acá te espero.

sábado, 12 de diciembre de 2015

BLANCA Y RADIANTE VA LA NOVIA...


 

"Usureros de la felicidad" Por Daniel Link para Perfil

Antes de la boda, mi hija entregaba sobres repletos de dinero: a los proveedores de mobiliario, a los de la cocina, a los siniestros inspectores de CAPIF y SADAIC (curiosamente, esas asociaciones de buitres cobran en efectivo, como los vendedores de droga y probablemente por la misma razón). La novia estaba de blanco, ellos blanquearán después. Dije en su momento (la emoción no me dejaba hablar): “No vengo acá a cumplir con la obligación milenaria del padre que entrega a su hija a un clan extraño para garantizar la supervivencia de la cultura. Vengo aquí, junto con ustedes, como testigo privilegiado de un amor que hoy se transforma en instituto matrimonial.
¿Cuantos amores se pueden tener a lo largo de una vida? Dejo de lado los arrebatamientos, que nunca sabemos exactamente como interpretar: amores frustrados, sin historia y, por lo tanto, sin destino y, sobre todo, sin Tiempo. La diferencia radical entre el amor y el arrebatamiento tiene que ver con esa perspectiva temporal: no tanto que el amor va a durar muchos anos, todos los anos (mientras que el arrebatamiento es instantáneo), sino que el amor ya ha durado demasiado y en cada uno de sus instantes existe su historia entera. Todos sabemos, porque el amor no es sólo una intensidad interior, sino algo que sucede en círculos de sociabilidad, cuánto amor hay entre Eugenia y Guillermo. Él la necesita a ella como la luna necesita de la poesía para brillar en la noche, y ella lo necesita a él como el viento necesita de los árboles para soplar suavemente su música. Eugenia es carne de mi carne y sangre de mi sangre. Guillermo, no. Pero hoy no sabría decir cuál es más propio y cuál es más ajeno, porque juntos armaron una unidad indestructible.
Yo no sería yo, sin embargo, si no les lanzara a los dos esta amenaza: sean fieles y verdaderos el uno con el otro, crezcan juntos, trátense bien, cuídense, usen la imaginación para salvarse del tedio matrimonial porque, de lo contrario, mi espectro se les aparecerá como humo negro, como un gigante demente, y les arrancará nervio tras nervio. No dejen de sostener el amor que se tienen hasta el fin de los Tiempos, porque ésa es la única inmortalidad que ustedes y yo podemos compartir, queridos míos”.
Después de la boda, subí un videíto muy casero a youtube, para poder mandarlo a mis amigos. De inmediato se me advirtió que infringía no sé qué reglas de copyright, porque se escucha un tema musical mientras ella baila.
Mi hija ya está de viaje y no puedo pedirle el recibo de CAPIF y SADAIC (si acaso se lo dieron), para demostrar que pagamos los derechos correspondientes a esa propalación de basura industrial y vigilada. Una pena que un acto de puro amor se transformara tan de repente en una miserable extorsión. Pero a lo mejor es una advertencia: Lasciate ogni speranza.

sábado, 5 de diciembre de 2015

OJOS QUE NO VEN...



 

Mientras esperaba en el bar de la clínica el turno para entrar a conocer a mi sobrina (nacida en la tarde del día de hoy, bajo el nombre de Belén, mediante parto natural y pesando casi 4 kilos), la tv puso frente a mis ojos una noticia que -como todas las noticias- sonaba repetida: que hubo una matanza en Estados Unidos. De allí en más (mientras subía a la habitación 105, mientras tenía a mi sobrina en brazos, mientras manejaba de vuelta al departamento) muchas cosas se cruzaron en mi cabeza. Me acordé de Urdapilleta por ejemplo, cuando -en tumberos- le preguntaba a un militar si era capaz de escuchar el sonido de los niños ("¿escucha el sonido de los niños? quieren salir a jugar.."). Pensé, también, es una definición que se me ocurrió de lo que puede ser la sabiduría, que se me ocurrió hace varios años, y que trato de aferrarme a ella cuando no se bien qué hacer; se me ocurrió -y al día de hoy no tengo motivos para oponerme a mi invento- que la sabiduría no tiene que ver con un determinado bagaje cultural, sino con darse cuenta -A TIEMPO- qué es lo que hay que defender.
Y pensé en mi sobrina, en que todo lo que ella y sus pensamientos necesitan para crecer. Y en los (pequeños) milagros que van a estar de su lado cuando comience a leer...

viernes, 27 de noviembre de 2015

DAR LA CARA...



"Hacerse cargo" Por Eduardo Aliverti para Pàgina 12.

No tiene sentido alguno ocultar la desazón, pero queden establecidos sus límites.
Este diario siempre dejó claro el lugar ideológico y político desde el que se expresa, jamás cambió su línea editorial y es un orgullo pertenecer a él. Desde allí se escribe esta columna porque nada de eso se modifica por la caída, dolorosa, de quienes representaban mal o bien a un modelo que les cambió la vida para mejor a una considerable o gran mayoría de los argentinos. Es el momento, aun bajo el análisis en caliente de las horas en que se conoció el resultado, para reivindicar ese orgullo y esas convicciones. El dictamen de unos comicios, por más importantes que fueren, puede y debe servir para repasar errores, lamentar decisiones, preguntarse qué habría ocurrido si tácticas y estrategia hubiesen sido otras. Pero de ninguna manera esos cuestionamientos tienen que alcanzar a las seguridades profundas. Se lo aclara porque ahora, como ya pasó al cabo de la primera vuelta, aparecerán los sabios del diario del lunes –no éste, se reitera– a decir que habían avisado todo y que debe comprenderse el hartazgo popular por unos modos oficialistas que condujeron a la derrota. Bienvenido sea lo que pueda haberse aprendido, pero montar el eje exclusivamente ahí será más propio de resentidos que de gente con claridad sobre las cosas trascendentes. No es lo mismo aprender que renunciar.
La distancia obtenida por Macri es estimable y la ola de cambio se acentuó en las provincias y ciudades de mayor peso, en unas elecciones ejemplares ratificatorias de que las denuncias de fraude son a gusto de si los denunciantes seriales ganan o pierden. Pero cuando pase el triunfalismo de estos momentos se aceptará que no es un triunfo aplastante y que la sociedad argentina quedó profundamente dividida. Las dos cosas son ciertas. Sin entrar ahora a la consideración distrito por distrito (sí destella el resultado macrista en la provincia de Buenos Aires y en sectores del conurbano, que fueron clave para que el oficialismo no pudiera descontar la diferencia en las provincias más voluminosas), el Frente para la Victoria estuvo en línea con los votos de Cristina en 2007, unos ocho puntos por debajo de la circunstancia excepcional de 2011 y, hoy, de vuelta a grandes rasgos a las cifras de 2007. Vaya potencia electoral después de tres gestiones seguidas. Y junto con ello la mayoría en el Senado y el cabeza a cabeza en Diputados. Pero sobre todo, el hecho de que es una fortaleza con capacidad de movilización, con un fuerte componente de convicciones ideológicas que la mayoría adversaria no tendrá ni de lejos a la hora de sus dificultades. La lista de causas veraces o verosímiles que llevaron al fracaso kirchnerista en estas urnas las conocemos todos. El desgaste lógico de doce años de gestión consecutivos, claro. Y luego, en orden más o menos cronológico, empieza porque no se supo, pudo o quiso generar un postulante mejor. Esto, también vale aclararlo, no va en desmedro de la firmeza con que Daniel Scioli demostró su lealtad, así sea considerando que hace dos años –según lo no desmentido ni por él ni por sus filas, nunca– estuvo a un tris de acordar con Sergio Massa. Lo cabal es que se quedó y la peleó, y cómo, desde adentro, consciente de que para el denominado kirchnerismo “duro”, y colindantes, no era digerible. Todas las escaseces del candidato, como su falta de carisma, su imagen pimpinelesca visto con paladar negro, la ausencia de estatura intelectual y los etcéteras que se recitan de memoria, llevaron a que desde el palo propio hubiera más energías para cuestionarlo que a fin de concentrarle apoyo unificado. Así y todo, quizás y justamente por esos deméritos progres que a los sectores populares y a una buena parte de la clase media le importan un pito, lo ungieron elegido después de intentar marcarle la cancha con un Florencio Randazzo a cuya fidelidad ideológico-política sólo le cabe, de piso, un severo cuestionamiento. Mucha progresía lo adoptó como el aspirante más idóneo del proyecto pero, al momento de comprobarlo, se refugió en un individualismo remarcado, capaz de tornar insólito que no haya habido hipótesis b) ante su negativa al baño de humildad. Lo que siguió también se recita de corrido. Una interna desgastante; la traición de los capataces pejotistas del conurbano a Aníbal Fernández, más allá o más acá de su figura perjudicada por una opereta periodística atroz; enfrente un marketing sin fisuras apto para mostrarse no como una derecha que será despiadada, sino cual un simpático manual de autoayuda y, para no agotar, esa decisión de un Scioli “ideologizado” (esto es, no un “más Scioli que nunca”) que habría restado todos los votos que eran probables por fuera del universo K. Dudoso: hasta el 25 de octubre, el gobernador bonaerense fue todo lo moderado –todo lo Scioli– que le reclamaban los medios de la oposición, pero resulta que con ese diseño o autenticidad no le sumó votos al Frente para la Victoria. Ni con la imagen moderada ni con la combativa. Y luego la tierna sonrisa de María Eugenia Vidal, y que la campaña K se fagocitó en actos cerrados mientras la chica y su jefe anduvieron a puro timbre y contacto físico, y lo insufrible de las cadenas nacionales y todo eso que unas líneas arriba dijimos que no sirve porque agota y es conocido. Cabe agregar o poner en primer término, como uno de los datos que pueden hacer comprensible la derrota, el tema de la gestión sciolista en la provincia de Buenos Aires o, más preciso, en el conurbano. Traiciones aparte, se perdieron Lanús, Morón, Quilmes, su ruta. Está claro que algo se hizo muy mal, y/o que el imaginario popular en esos bolsones no dimensionó (de vuelta: comprensiblemente) que la alternativa será peor. Mucho peor.
Hecho el recorrido, rápido, se pregunta cuánto de todos esos aspectos sirven para justificar que una mayoría de la sociedad se haya volcado hacia el instrumento ganador. Instrumento. Esa es la palabra. Mauricio Macri es el vector del poder económico de siempre. Él será simplemente quien administre el apetito voraz de ese polo. Y el pueblo estaba avisado, con pelos y señales. Para reiterar conceptos que quien escribe ya volcó hace pocas horas en su programa de radio, ningún voto podrá ampararse en que se le escapó la tortuga. Tras campañas anodinas en primarias y primera vuelta, se terminó exponiendo y discutiendo en cantidades y calidades que pueden exhibir pocas sociedades en el mundo. Hubo el debate presidencial que tanto se reclamaba, en virtual cadena nacional y con una audiencia inédita. Los archivos sobre ambos candidatos circularon hasta el cansancio, al igual que los modelos que encarnaban. Que nadie diga que no estaba advertido. Ayer hubo, de sobra, con qué hacerse cargo. No había subterfugios. Estaba todo claro. Los que votaron por más Estado; los que lo hicieron por más mercado; los que están mejor pero se cansaron de las costumbres oficialistas y fijaron eso como elemento decisorio; los que están hablados por los medios; los que están hablados por sí mismos; los cabeza lavadas y los cabeza rapadas, como señaló Luis Bruschtein en su columna del sábado en este diario; los que priorizan la corrupción como ingrediente sustantivo; los que la entienden como inevitable en cualquier gobierno de todo tiempo y sitio, y que nunca la extienden al mundo de los negocios privados y con el Estado. Los que entendieron que las conquistas laborales y otra cuantas ya son irreversibles. Los que saben que siempre se puede ir para atrás. Lo que se haya votado fue a plena conciencia de realidad o imaginario. Con toda la información a cuestas. Peor que cuando se salió de la explosión de 2001/2002 no hay ningún argentino, eso seguro. De modo que lo que se votó fue tomando plena responsabilidad de cuáles riesgos quieren asumirse. Y eso también involucra a los jóvenes que no vivieron el infierno de hace de tan poco tiempo, porque a esta altura de la circulación informativa, bien que tantas veces desinformante, no hay excusas para hacerse el desentendido. La gente adversa al oficialismo jugó lo anti en primerísimo lugar. No fue el bolsillo, esta vez. No hay una Argentina incendiada ni a punto de. Los niveles de consumo de franjas medias y populares están intocados en lo sustancial, genéricamente descripto, por fuera de escenarios problemáticos como el de las economías regionales. La transición es normal y hasta ejemplar, si se coteja con los antecedentes del final de Alfonsín, de Menem, de De la Rúa. Ha quedado clarísimo que las fuerzas populistas, en la acepción más favorable del término, en esa que describía como los dioses Nicolás Casullo, acaban teniendo problemas serios con la gente a la que le mejoraron la vida. ¿Deben enojarse con esa gente? ¿O en esencia entender que el inconformismo es inherente a las grandes masas incorporadas al circuito de inclusión social y posibilidades de progreso?
Igualmente, es de subrayar que no hacía falta esperar al resultado de ayer para corroborar que el modelo o la energía construidos en estos años corrían peligro. Si ganaba, bien. Pero aun con su derrota es inmodificable que será una corpulenta minoría de alta intensidad, mientras que el poder contrario no se asienta en una “ciudadanía” susceptible de ganar activamente las calles en defensa del egoísmo dolarizado, o del odio de clase, sino en unos sectores del privilegio que harán su agosto y, después, hasta más ver. Porque ellos nunca pierden en el volumen de sus negocios. Nunca. Ayer –otra insistencia– confrontaron los dos proyectos de toda la vida de este país, desde que se constituyó en Estado nacional, a fines del siglo XIX.
No hubo, para votar, nada que nuestra historia ya no haya explicado.

lunes, 16 de noviembre de 2015

NUESTRAS PATRIAS...


 

 "EL ÙLTIMO HINCHA SOBRE LA TIERRA" Por FABIÀN CASAS para Perfil

Hace poco la maestra de mi hija le comentó a mi mujer que Anita “inventaba” cosas, como que el padre le decía que la Patria no servía para nada o que el Himno Nacional no le interesaba. Guadalupe me lo contó al pasar en una cena y yo me quedé callado. Suelo llevar y traer a mi hija del colegio y ella es una máquina de preguntar cosas : “¿Quién se va a ir al cielo primero? ¿Vos o mamá?” “Papá, si la Patria no existiera, ¿nos dominarían los realistas?”. Yo, según mi ánimo, mientras manejo le contesto lo que venga. Es un peloteo intenso y soy un mal tenista. Un día le dije que para mí la Patria era San Lorenzo y ella me dijo, muy precisa: “San Lorenzo es tu club, no la Patria”. Una noche de hace mucho tiempo mi viejo me dijo: “¿Vamos a ver una película de ciencia ficción donde mueren todos y el único que se salva es un hincha de San Lorenzo?”. La película era La carretera, basada en una novela notable del norteamericano Cormac McCarthy, y el protagonista, “el hincha que se salvaba”, era Viggo Mortensen. Me reí, me llamó la atención la peculiar manera cuérvica de ver el mundo que tiene mi viejo. Mucho tiempo después, hablando con Mortensen, él me preguntó: “¿Te diste cuenta de que en el final de la película, cuando mi personaje muere, se ve que las medias que usa son de San Lorenzo?”. No, no me había dado cuenta. Y después me dije: este tipo está chalado, igual que yo.
¿Qué es lo que hace grande a un club? Grande no de una manera pesada, capitalista, sino intensa, vertical, espiritual? Hay clubes que no ganaron, como diría Chilavert, nada o muy poco y sin embargo, son inmensos. Porque desarrollan una mística que se convierte en un combustible difícil de conseguir. Acabo de ver un cortometraje que se llama Boedo 2108, protagonizado por Martín Cutino. Me produjo una emoción épica. El argumento también –como la peli de Mortensen que quería ver mi viejo– es post apocalíptico. Queda vagando por un Boedo devastado –¿por un virus? ¿por un terremoto? ¿por una guerra? ¿por un error dirigencial?– un hincha solitario. Este encuentra entre los escombros primero alimento material, para comer, unas latas de conservas. Y después alimento espiritual: una valija donde adentro alguien dejó envueltas camisetas del Casla, diarios con efemérides del club y una pelota desinflada. En medio de esa desolación el último hincha cuervo toma una decisión afirmativa: cuelga las remeras de unos palos –parecen espantapájaros– y patea un penal contra un arco herrumbrado. El grita gol, yo grito gol en mi casa con los ojos húmedos y me abrazo con todos los hinchas del mundo mientras el protagonista se abraza a las remeras vacías que flamean en la desolación del futuro. Como el corto es muy bueno, dice más de que lo que se propuso. Por un lado, es un documental: eso que estamos viendo, para muchos, es el presente, no el futuro. Para los desclasados, los caídos del sistema social, los pobres que recorren la polis buscando comida en los tachos de basura, el fin del mundo ya empezó hace rato. Por otro lado, el fútbol no puede ni debe ser nunca algo solitario, individual; es una fuerza colectiva que tendría que tensar a toda la sociedad hacia un lugar más justo y más digno. Utilizar su innegable fuerza de penetración social para dar amor y gozo. La AFA, por ejemplo, debería ser cerrada por una larga temporada de desinfección.
En la terraza al sol de este domingo, mi padre mira hacia la calle vacía. En su cerebro azulgrana de mala transmisión, producto de los años y el cansancio, se producen pequeños estertores de recuerdos implantados: la Oveja Telch corriendo el medio campo con su calma zen o la potencia feroz de un zapatazo de Héctor Scotta, los carnavales de avenida La Plata, Santana tocando en el Gasómetro, la vista puesta en los tablones ascendentes de la tribuna local, los amigos que le abren los brazos y lo esperan, frescos, guardados en las bajas temperaturas del inconsciente, para cantar las canciones que nos salvan la tarde, la repetición mántrica de la formación del Casla del ’45, los sucesos de aquella tarde inolvidable del ’72: nuestra patria.

sábado, 14 de noviembre de 2015

TODO QUEDA EN FAMILIA...




"LA GALAXIA Y LA NUBE" Por Daniel Link para Perfil

Ya es tarde para suspender el casamiento de mi hija, pero durante la ceremonia voy a hacer un escándalo. Acabamos de descubrir que su novio nunca vio ninguna de las películas de la saga La guerra de las galaxias. Me subleva que mi hija quiera hacer ingresar a la familia a un individuo tan ajeno a nuestra sensibilidad. Mi hijo está de acuerdo conmigo: vamos a arruinar la boda, salvo que el novio acepte someterse a una maratón que lo rescate de la absoluta ignominia.
El fin de semana pasado, un canal de cable programó la saga entera. Pero el novio prefirió entregarse a los excesos propios de las despedidas de soltero. Habrá que atarlo frente a la pantalla. Ya está todo planeado.

Volví a mirar la primera de las películas buenas. Me di cuenta (con la misma melancolía de siempre) de los fallos de la imaginación futurista: la princesa Leia viaja, cargada de planos de la Estrella de la Muerte, al cuartel de la resistencia. Descubierta, aloja esos documentos en un robot parecido a un secarropas centrífugo y lo manda al planeta donde, casualmente, vive su mellizo (que ella no sabe que tiene): ¿por qué no los mandó por mail y se ahorraba un par de disgustos?
Nadie imaginó el mail. Lo que es peor, en esa sociedad imperial no hay siquiera sistemas de correo puerta a puerta. O a lo mejor los hay, pero no sirven para los propósitos del sabotaje y la resistencia al Estado. Sea.

Imagino la secuencia: la princesa Leia entra a su cuenta clandestina de Gmail, el programa le dice que los archivos adjuntos son muy pesados, los sube a la nube y adjunta un vínculo para que el destinatario los recupere a través de Google Drive.
Mi marido, en cambio, sostiene tercamente que Leia manda los archivos por WeTransfer.
No entiendo cómo mi futuro yerno se priva de participar de estas discusiones importantísimas.