CARTA ABIERTA A LA U.N.L.Z
Mi relación con esta facultad
fue bastante tortuosa en estos años. El primer año aprobé todas las materias
(incluso aquellas que ya tenía aprobadas de la uba por ser abogado recibido en
esa casa de estudios y que volví a hacer para evitar cualquier tipo de
trámite), y luego, poco a poco, fui perdiendo el entusiasmo. Soy un convencido
de que, en el nivel universitario, si hay un compromiso genuino con el
conocimiento y no sólo la especulación con un título que habilite a cierto tipo
de trabajo y –en consecuencia- a cierto tipo de bienestar material, es el
propio alumno el que tiene que hacerse cargo de su educación. Pero no deja de
ser cierto que la coyuntura influye mucho sobre el estudiante a la hora de
motivarlo o no. Hay coyunturas que parecen tomarnos de la mano y llevarnos
hacia adelante, y hay coyunturas que son un empujón que nos pone en la puerta
de la facultad, pensando si entrar o si tomar un colectivo para ir a cualquier
otro lado.
Estudio letras, y al pensar en
las materias específicas que llevo cursadas, siento un especial fastidio con el
“pacto educativo” que noto instalado en esta facultad en relación con la
carrera. Este pacto educativo, del que participan docentes (no todos, claro,
pero sí muchos) y alumnos consiste en dictar la carrera con miras de “producir”
docentes universitarios. Está claro que todos los que estudiamos letras soñamos
ser escritores y terminamos siendo docentes, y entre ese sueño y esta realidad
debería mediar la universidad, no para afirmar la instancia real por sobre la
ilusoria, sino para proponer una tercera instancia: la instancia del
intelectual. Suena grandilocuente, pero lo creo absolutamente necesario. Si hay
una carrera que debería motivar la actividad intelectual con la mayor libertad
posible esa carrera es, justamente, la carrera de letras. No veo, por el
momento, ninguna motivación en ese plano, sino mas bien en que los alumnos
sepan qué libros son los que hay que leer y cómo hay que analizarlos (y con el
pasar de los años son los mismos libros con los mismos análisis totalmente
pobres en su relación con el resto de las ciencias sociales), así los alumnos
se van preparando para cuando les toque estar al frente de una clase. En esta
facultad también, entonces, me siento sapo de otro pozo. Mis ganas de estar
equivocado (o mi neurosis), son las que me hacen seguir dando vueltas y
cursando materias.
La distancia se produce por
miradas diferentes sobre la funcionalidad de una determinada carrera. En la era
de la “producción capitalista” incluso la carrera pensada como mas “abstracta”,
mas ajena a la materialidad de la vida cotidiana, se vuelve un medio para un
determinado fin. Del mismo modo que en la facultad de económicas se “producen”
contadores, en la carrera de letras “se producen” docentes de letras. La
diferencia es que un contador es un técnico, y un intelectual no. Desde ya que
“de algo hay que vivir”, pero no es lo mismo enfocar una carrera con la idea de
favorecer el surgimiento de intelectuales que hacerlo con la idea de producir
docentes de escuela media. Se debería alentar la innovación, no la mera reproducción. Se puede ser intelectual y docente de escuela media,
o no, pero si se deja de lado el factor intelectual (y por factor intelectual
entiendo el análisis crítico, el cruzamiento con otras disciplinas de las
ciencias sociales, la incentivación a la propia creatividad del alumno, la presencia
siempre latente de la coyuntura política tanto en el momento de la producción
de los textos como en el momento en que esos textos son estudiados) se desaprovecha
una oportunidad muy importante de generar cambios en el campo cultural
que, a su vez, puedan generar cambios en otro campos del espectro social.
Lo que aparece naturalizado
en esta facultad es que el que estudia letras es una persona a la que le gusta
leer, que tiene la ilusión de ser escritor pero que sabe que es prácticamente
imposible vivir de eso, entonces va a la facultad a estudiar “formalmente”
literatura para convertirse en una especie de “técnico de las letras”, lo que le
va a permitir -al no poder vivir de su
pluma- la posibilidad de vivir de su tiza,
teniendo garantizados un salario, vacaciones, aguinaldo y los demás
derechos que le corresponden en el mundo moderno a todo trabajador en relación
de dependencia.