En su
libro “Cómo funciona el mundo”, Noam Chomsky explica qué pasó luego de la
segunda guerra mundial, de la que emergieron los Estados Unidos como la primera
potencia mundial: “los funcionarios de planificación de la posguerra
advirtieron enseguida que la reconstrucción de las otras sociedades
industrializadas occidentales iba a ser fundamental para la salud del sector
empresarial estadounidense, porque les iba a permitir importar productos
fabricados en Estados Unidos y ofrecer oportunidades de inversión. Pero era
fundamental que esas sociedades se reconstruyeran de un modo muy específico.
Había que restablecer el orden tradicional de la derecha, con el típico
predominio del sector empresarial, la debilitación y la fragmentación de los
sindicatos y el peso de la reconstrucción sobre las espaldas de la clase obrera
y los pobres. En algunos casos, para eso hacía falta recurrir a la violencia
extrema, pero otras veces se lograba lo mismo con métodos más blandos, como la
intervención en los procesos electorales y la retención de ayuda
alimentaria."
El
peronismo apareció, a mitad de la década del 40, como respuesta a ese nuevo
orden internacional posterior a la segunda guerra, marcando una tercera
posición y haciéndose eco de las demandas sociales de su época. Fue así que, con la reforma constitucional de
1949, se incorporó derechos sociales, económicos y laborales, consolidando el
constitucionalismo social, incluyendo los derechos del trabajador, la familia,
la ancianidad y la educación, constitucionalizando conquistas peronistas
previas como el aguinaldo, vacaciones pagadas, jornada limitada y el
salario digno.
Podemos
preguntarnos, entonces, por la dignidad en la historia de los trabajadores
argentinos, y podríamos decir que en el artículo 14 bis de la Constitución
Nacional encontramos las bases de esa dignidad: condiciones dignas, jornadas
limitadas, salario justo, protección contra el despido y la organización
sindical libre, todos ellos en riesgo, hoy, con la reforma laboral en vilo.
En su
libro "De utopías, catástrofes y esperanzas”, el filósofo Oscar Terán
dice: "En la Argentina los de más abajo miran a los ojos a los de
arriba. Mirar a los ojos es el síntoma de la caída de la deferencia, es el
signo más evidente de la convicción que tienen los argentinos de ser y sentirse
iguales. Esto ocurre desde siempre, ya estaba en la idiosincrasia del gaucho,
fue activado por las revoluciones, las guerras civiles y otros fenómenos a lo
largo de la historia argentina, con su gran culminación el 17 de octubre de
1945. De ahí en adelante desaparece absolutamente esa idea del tributo que los
de abajo tienen que rendir a los de arriba a cambio de la protección que los de
arriba brindan a los de abajo. Yo viví bastante años en México y allí hay gente
que, aún hoy y más allá de su situación económica, a ciertos lugares no puede
ingresar, no se anima a ingresar. Siente que no tiene derecho a entrar. Ese es
un fenómeno que se da en casi toda América Latina y que aquí no existe o existe
poco. Aquí uno tiene el derecho de estar en todas partes."
Sigue
Terán: “somos una sociedad imaginariamente igualitaria, en el deseo y en
todo aquello que los sujetos se asignan como derechos adquiridos, Es imposible
entender ciertos fenómenos que ocurren todos los días sin entender esta pulsión
o esta convicción de igualitarismo. Es imposible ver cómo se mueven los
piqueteros, los travestis, los vendedores ambulantes, por ejemplo, sin esta
idea de que todos somos exactamente iguales y tenemos derecho a ocupar espacios
que no están vedados absolutamente para nadie.”
Es muy
probable que no encontremos otro momento en la historia argentina (además de la
década peronista) en la que, como dice Oscar Terán, los trabajadores hayan
podido a mirar a los ojos de sus empleadores.
Llegamos,
entonces, al golpe de Estado de Marzo del 76, del que se están cumpliendo
-próximamente - 50 años. En sus diarios, escribe Ricardo Piglia: “viernes 27
de febrero: “se habla de golpe militar como inevitable. Lorenzo Miguel apoya a
Isabel y los militares organizaron, según parece, ya su gabinete. Se repiten
las generalizaciones del golpe de 1955: corrupción, ineficacia, etc. El
objetivo parece ser desarticular al movimiento sindical para poder darle vía
libre al proyecto liberal.”
Piglia, en un solo
párrafo, condensó el proyecto que tenía en mente la dictadura militar para los
trabajadores en la Argentina: su desprotección total. No casualmente, el actual
gobierno -al que le resulta por demás incómodo referirse al aniversario del
golpe de Marzo del 76 - puede ser pensado como heredero de las políticas
implementadas en su oportunidad: endeudamiento externo, apertura indiscriminada
de las exportaciones, desregulación de la economía, disciplinar a los trabajadores en general y a
los sindicatos en particular (que en ese entonces implicaba la tortura y
desaparición de sus delegados y hoy -democracia mediante- implica tomar medidas
que buscan debilitar su capacidad de acción), elementos todos que constituyen
la columna vertebral de los principales andamiajes jurídicos en materia laboral
de los que se amparó y ampara el gobierno para llevar adelante su gestión desde
sus primeros días al frente del poder ejecutivo: DNU 70/23, “Ley Bases” y la
aún no sancionada “Ley de Modernización Laboral, y todas las modificaciones
introducidas en la misma (creación del banco de horas, fraccionamiento de las
vacaciones, pago en cuotas de las sentencias judiciales, por nombrar algunas)
contradicen principios básicos del derecho laboral: el protectorio, el de
irrenunciabilidad, el de no regresividad.
Hoy,
sin embargo, vivimos bajo la forma democrática y republicana de gobierno, Y, como
sostiene Nicolás Casullo en su libro “Las Cuestiones”, el sistema republicano
hoy se nos presenta como una gran paradoja:
la actual democracia republicana, frente a desafíos que hoy la
cuestionan, considera que al gobierno democrático no se lo puede corromper con
las demandas de una sociedad democrática. Esta última, en definitiva, aparece
como su más imprevisible enemiga. Volviendo al punto de inicio del presente
informe: ¿si las demandas de la sociedad democrática (el reclamo de las
mayorías por justicia social) “corrompen” al actual gobierno… la libertad de
quiénes se proclama?
En su
libro “Fechas que hicieron historia”, el historiador francés Patrick Boucheron
plantea que, “no hay que olvidar que la historia es también, más que cualquier
otra cosa, el arte de dosificar las sorpresas”.
La palabra clave es “dosificar”. No es que en la historia ya esté
escrito todo lo que pasa en nuestro presente y en consecuencia nada nuevo nos
pueda ocurrir, no se trata de eso; pero si analizamos nuestro presente a la luz
de nuestro pasado, seguramente, vamos a poder encontrar elementos que se repiten
y que no son nuevos en absoluto. Lo mismo podemos pensar de una persona
cualquiera y su familia. No somos idénticos a nuestros padres o a nuestros
abuelos, pero tampoco somos completamente diferentes.
El
gobierno que encabeza actualmente el poder ejecutivo se presentó en las
elecciones presidenciales del año 2023 como “lo nuevo” para diferenciarse de lo
que llamaron “la casta política”, sin embargo, no tardaron en reivindicar al
gobierno que estuvo en el poder durante toda la década de los 90 como el “mejor
de la historia”. Es decir, consideró como el mejor de la historia a un gobierno
que dejó al país con un endeudamiento externo atroz, y a una sociedad
fragmentada por niveles de pobreza y desocupación como nunca antes había tenido
este país.
Siguiendo
a Boucheron, podemos decir que, en el caso del actual gobierno, debíamos no ya
dosificar, sino simplemente dejar de lado la posibilidad de toda sorpresa. O
quizá sí tenemos, hoy, una sorpresa: que estemos discutiendo nuevamente
derechos elementales básicos, pisos de dignidad básicos, que quizá en alguna
oportunidad dimos por saldados, pensamos que nunca más los íbamos a tener que
volver a discutir.
Si la
democracia no implica necesariamente una ampliación de derechos para las
mayorías, y si no implica un piso de dignidad para la clase más débil (los
trabajadores), se vuelve un envase vacío.
A 50
años del último golpe cívico-militar, conviene repensar, en este contexto tan
acuciante, acerca de las formas más lúcidas que tenemos para intervenir en este
presente, en defensa de los derechos que aún se tienen. Para no sentirnos un
envase vacío.
Los
derechos que los trabajadores fueron adquiriendo a lo largo del tiempo se
correspondiendo con distintas conquistas sociales, no se trató de fenómenos de
la naturaleza, sino de acciones concretas de hombres y mujeres de carne y
hueso.
Esas
luchas provocaron una tensión con el diseño constitucional original de nuestro
país. Como señala Roberto Gargarella, las constituciones actuales son un
"traje chico" o un diseño pensado para una sociedad que ya no existe.
Es el derecho el que
debe adecuarse a las demandas de una época, y no al revés, y de esta forma
intentar que sea, en lo posible, una conversación entre iguales.