El peronismo apareció, a mitad de la década del 40, como respuesta a ese nuevo orden internacional posterior a la segunda guerra, marcando una tercera posición y haciéndose eco de las demandas sociales de su época. Fue así que, con la reforma constitucional de 1949, se incorporó derechos sociales, económicos y laborales, consolidando el constitucionalismo social, incluyendo los derechos del trabajador, la familia, la ancianidad y la educación, constitucionalizando conquistas peronistas previas como el aguinaldo, vacaciones pagadas, jornada limitada y el salario digno.
Podemos preguntarnos, entonces, por la dignidad en la historia de los trabajadores argentinos, y podríamos decir que en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional encontramos las bases de esa dignidad: condiciones dignas, jornadas limitadas, salario justo, protección contra el despido y la organización sindical libre, todos ellos en riesgo, hoy, con la reforma laboral en vilo.
En su libro "De utopías, catástrofes y esperanzas”, el filósofo Oscar Terán dice: "En la Argentina los de más abajo miran a los ojos a los de arriba. Mirar a los ojos es el síntoma de la caída de la deferencia, es el signo más evidente de la convicción que tienen los argentinos de ser y sentirse iguales. Esto ocurre desde siempre, ya estaba en la idiosincrasia del gaucho, fue activado por las revoluciones, las guerras civiles y otros fenómenos a lo largo de la historia argentina, con su gran culminación el 17 de octubre de 1945. De ahí en adelante desaparece absolutamente esa idea del tributo que los de abajo tienen que rendir a los de arriba a cambio de la protección que los de arriba brindan a los de abajo. Yo viví bastante años en México y allí hay gente que, aún hoy y más allá de su situación económica, a ciertos lugares no puede ingresar, no se anima a ingresar. Siente que no tiene derecho a entrar. Ese es un fenómeno que se da en casi toda América Latina y que aquí no existe o existe poco. Aquí uno tiene el derecho de estar en todas partes."
Sigue Terán: “somos una sociedad imaginariamente igualitaria, en el deseo y en todo aquello que los sujetos se asignan como derechos adquiridos, Es imposible entender ciertos fenómenos que ocurren todos los días sin entender esta pulsión o esta convicción de igualitarismo. Es imposible ver cómo se mueven los piqueteros, los travestis, los vendedores ambulantes, por ejemplo, sin esta idea de que todos somos exactamente iguales y tenemos derecho a ocupar espacios que no están vedados absolutamente para nadie.”
Llegamos, entonces, al golpe de Estado de Marzo del 76, del que se están cumpliendo -próximamente - 50 años. En sus diarios, escribe Ricardo Piglia: “viernes 27 de febrero: “se habla de golpe militar como inevitable. Lorenzo Miguel apoya a Isabel y los militares organizaron, según parece, ya su gabinete. Se repiten las generalizaciones del golpe de 1955: corrupción, ineficacia, etc. El objetivo parece ser desarticular al movimiento sindical para poder darle vía libre al proyecto liberal.”
En su libro “Fechas que hicieron historia”, el historiador francés Patrick Boucheron plantea que, “no hay que olvidar que la historia es también, más que cualquier otra cosa, el arte de dosificar las sorpresas”. La palabra clave es “dosificar”. No es que en la historia ya esté escrito todo lo que pasa en nuestro presente y en consecuencia nada nuevo nos pueda ocurrir, no se trata de eso; pero si analizamos nuestro presente a la luz de nuestro pasado, seguramente, vamos a poder encontrar elementos que se repiten y que no son nuevos en absoluto. Lo mismo podemos pensar de una persona cualquiera y su familia. No somos idénticos a nuestros padres o a nuestros abuelos, pero tampoco somos completamente diferentes.
El gobierno que encabeza actualmente el poder ejecutivo se presentó en las elecciones presidenciales del año 2023 como “lo nuevo” para diferenciarse de lo que llamaron “la casta política”, sin embargo, no tardaron en reivindicar al gobierno que estuvo en el poder durante toda la década de los 90 como el “mejor de la historia”. Es decir, consideró como el mejor de la historia a un gobierno que dejó al país con un endeudamiento externo atroz, y a una sociedad fragmentada por niveles de pobreza y desocupación como nunca antes había tenido este país.
Siguiendo a Boucheron, podemos decir que, en el caso del actual gobierno, debíamos no ya dosificar, sino simplemente dejar de lado la posibilidad de toda sorpresa. O quizá sí tenemos, hoy, una sorpresa: que estemos discutiendo nuevamente derechos elementales básicos, pisos de dignidad básicos, que quizá en alguna oportunidad dimos por saldados, pensamos que nunca más los íbamos a tener que volver a discutir.
Si la democracia no implica necesariamente una ampliación de derechos para las mayorías, y si no implica un piso de dignidad para la clase más débil (los trabajadores), se vuelve un envase vacío.
A 50 años del último golpe cívico-militar, conviene repensar, en este contexto tan acuciante, acerca de las formas más lúcidas que tenemos para intervenir en este presente, en defensa de los derechos que aún se tienen. Para no sentirnos un envase vacío.
Los derechos que los trabajadores fueron adquiriendo a lo largo del tiempo se correspondiendo con distintas conquistas sociales, no se trató de fenómenos de la naturaleza, sino de acciones concretas de hombres y mujeres de carne y hueso.
Esas luchas provocaron una tensión con el diseño constitucional original de nuestro país. Como señala Roberto Gargarella, las constituciones actuales son un "traje chico" o un diseño pensado para una sociedad que ya no existe.
Es el derecho el que debe adecuarse a las demandas de una época, y no al revés, y de esta forma intentar que sea, en lo posible, una conversación entre iguales.