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jueves, 12 de abril de 2012

PARTE DE GUERRA...




Llama la atención en algunos de sus últimos escritos la aparición de Lenin como una fuente para repensar problemas contemporáneos…

Slavoj Zizek: Es una pregunta un poco provocativa. Lo que me interesa particularmente en Lenin es que, frente a la gran crisis en la izquierda después de la Primera Guerra Mundial, fue capaz de ir a la teoría leyendo a Hegel y al mismo tiempo repensar toda la situación. Y me parece que eso es lo que tenemos que hacer ahora. La crisis de la izquierda es manifiesta, aunque proteste en los movimientos antiglobalización y haga ruido en las calles. La izquierda no representa en estos momentos una alternativa positiva. Además, creo que hay un grupo muy importante de la izquierda de la Europa occidental, intelectuales entre ellos, que verdaderamente no quiere cambiar las cosas, que en cierta manera disfrutan de una posición de crítica segura. Es decir, analizan la sociedad y describen comunidades alienadas y otros tópicos clásicos de la izquierda intelectual, pero no tienen una verdadera voluntad de intervenir políticamente. Y Lenin sí tenía esta voluntad.

¿En el sentido de reafirmar una voluntad democrática por medio de la crítica y de la práctica?

S. Z.: Creo que hoy en el mundo occidental la democracia es una especie de desgracia. Obviamente, no estoy en contra de la democracia, pero el problema es que debemos empezar a hacernos preguntas ingenuas, que son las que prefiero. Por ejemplo: ¿qué significa libertad?, ¿qué significa democracia? Porque estamos seguros de que vivimos en una democracia, pero ¿qué es lo que la gente realmente decide sobre eso? ¿Qué posibilidades de intervención tiene? Especialmente ahora, en esta época de globalización, nosotros realmente no decidimos sobre cuestiones cruciales. Muchas cosas importantes son impuestas por el FMI, por las multinacionales, por organismos de poder. Nadie, en ningún Estado, realmente decide sobre cuestiones trascendentes como éstas. Si la democracia significa que una mayoría de gente participa en los debates y decide sobre las cuestiones cruciales de las decisiones políticas, a través de las cuales una sociedad se desarrolla, entonces debemos llegar a la conclusión de que no tenemos democracia, de que no estamos viviendo en democracia.

Su posición sobre la libertad es muy similar…

S. Z.: Es lo mismo con la libertad: usted es libre para elegir su orientación sexual, para elegir su ropa, etcétera, pero las posibilidades de decisión son muy limitadas. Veamos si no a Brasil actualmente, donde la nueva izquierda estaba por realizar cambios radicales en las condiciones de vida de millones de personas, y hoy se encuentran con las estrictas presiones de instituciones financieras que le impiden realizarlos. Lo mismo en Argentina. Yo no soy un utópico que vive pensando en la revolución, pero sostengo que no estamos en condiciones de preguntarnos sobre estas preguntas fundamentales

En una época de cuestionamientos al psicoanálisis, usted rescata constantemente el pensamiento de Lacan. ¿Por qué?


S. Z.: Lacan es para mi básicamente un instrumento. Yo no soy psicoanalista, respeto mucho mi propia libertad, quiero ser libre de dar vueltas alrededor de un problema, y sería una pesadilla para mí estar obligado a psicoanalizar todo lo que me rodea. Pero a pesar de todo encuentro a la teoría y a los conceptos lacanianos extremadamente aplicables para analizar nuestra situación ideológica. Las cosas se han convertido hoy en una paradoja, porque por un lado hay una explosión de la permisividad, se puede ser homosexual, se puede ser promiscuo, a cada uno le está permitido hacer lo que quiere con la vida propia, dedicar la vida al placer que a cada uno se le ocurra. Pero el resultado no es el que se esperaría. La paradoja es: ¿cómo podrían la permisividad y la liberalización salir mal? ¿Por qué, mientras más liberalizados estamos, más y más nos sentimos bajo presión, mucho más que antes? El psicoanálisis lacaniano arroja una luz sobre éste y otros problemas. A diferencia de la influencia de Lacan en países latinos como Francia, Italia y la misma Argentina, en los que se lo usa para analizar temas más bien literarios y culturales, con mis amigos de Eslovenia lo usamos fundamentalmente para analizar y entender fenómenos políticos.

Una noción de la que se ha ocupado últimamente es el tema de la virtualización de la realidad. ¿Qué significa esto?

S. Z.: Lo que trato de enfocar no es sólo el apasionante tópico de lo virtual y lo real. Lo que me interesa es lo que Gilles Deleuze llama “la realidad de lo virtual”, en el sentido de que hay algo que en un sentido es virtual, es decir no es actual, y a pesar de todo tiene consecuencias reales, causas reales. Miremos la política actual, que funciona como el proverbial pecado de un matrimonio, en el que hay uno de ellos que es desdichado y sueña que algún día podrá abandonar a la mujer o al marido. Pero paradójicamente, mientras se sueña con esto, es algo que nunca se va a hacer, es sólo una posibilidad. La política de Occidente funciona de esta manera. Soñamos que podemos cambiar cosas, mejorarlas, pero es algo que nos sirve para protegernos y sobrevivir al hecho de que las cosas son así y no podemos cambiarlas. Entonces, a veces lo virtual funciona, posibilita aceptar las cosas tal como son. Esta paradoja me interesa de sobremanera. Es decir, no el tópico de moda sobre lo virtual, en el sentido de comunicación a través de e-mails, el sexo virtual, los cyber sex, este aspecto no me interesa demasiado. Es más la cuestión de la realidad de lo virtual. Por ejemplo la creencia: en uno de los casos de la vida cotidiana que a mi me gusta usar, un padre con un hijo pequeño “yo no creo en la Navidad, yo sólo pretendo hacerle creer esto a mi hijo”. Y si se le pregunta al hijo, éste dirá que procura creer para no defraudar a su padre. En realidad, nadie cree realmente, pero la creencia funciona. Pienso que la gente hoy cree en la virtual verdad de otro. Paradojas como estas son centrales y muestran la manera en que la ideología funciona.

¿Cuál es el objetivo de la crítica a la ideología hoy?

S. Z.: La ideología opera hoy plenamente. Uno de los tópicos de moda desde la desintegración del socialismo, a fines de la década del ’80, es que la era de la ideología ha terminado, de que vivimos en una época postideológica, pragmática, en la que la economía es una cuestión de expertos, y desde ese momento no se cree más en las grandes ideologías. Creo que eso no es verdad. Los ’90 fueron los grandes años de la utopía liberal capitalista, eso que Francis Fukuyama conceptualizó con la fórmula de “el fin de la historia”. Eso fue una ideología en la que la experiencia ideológica nunca se vive como ideológica en sí. Hay además un fuerte sentido simbólico en el 11 de septiembre, y es precisamente que marca el final de esta ingenua utopía liberal. Ahora sabemos que no hay tal fin de la historia, que no todo el mundo va a ingresar al canon de este mundo capitalista liberal y tolerante. Y a pesar de todo, la gente continúa sin aceptar que la ideología está aún operativa. Especialmente hoy las elecciones políticas están mediadas por la ideología, y son presentadas como elecciones debidas al sentido común o al conocimientos de expertos. Si se escucha a los economistas de hoy, pretenden hacernos creer que lo que ellos hacen es ciencia, como si la ciencia de la economía no tuviera nada que ver con la política sino con el movimiento de los mercados. Pero si esto se analiza de cerca, hay ciertas presuposiciones políticas, porque la economía nunca es simplemente pura economía. Y esto es de lo que debemos convencer a la gente: que la ideología funciona precisamente cuando es invisible, cuando uno no está atento.

¿Por qué repite constantemente que “todo es política”?

S. Z.:- Concibo la noción de lo político en un sentido muy amplio. Algo que depende de un fundamento ideológico, de una elección, algo que no es simplemente la consecuencia de un instinto racional. En este sentido, sostengo que nuestras creencias privadas, en el modo en que nos comportamos sexualmente o en lo que sea, son políticas, porque es siempre el proceso de elecciones ideológicas y nunca es simplemente naturaleza. En este sentido diría que la cultura popular es eminentemente política, y me interesa justamente por eso. Si usted mira los grandes filmes de Hollywood, en un principio parecerían ser absolutamente apolíticos, pero en la trilogía Matrix está absolutamente claro que bajo la excusa de un entretenimiento se apunta a los más profundos temas políticos. Matrix es una especie de metáfora gigante de cómo estamos controlados por un anónimo poder. Estoy cada vez más interesando en la manera en que hasta el más ínfimo divertimento despliega un mensaje que es siempre utópico. El mensaje verdadero, por lo menos en cierta lectura marginal, es que sólo en condiciones de una inminente catástrofe se puede concebir una especie de nueva solidaridad, en la que todas las luchas son olvidadas y todos pugnan por ayudar al prójimo. El mensaje de todos estos filmes es muy perverso: nuestra sociedad está tan dispersa en la competencia que necesitamos una gran catástrofe para lograr imaginar una nueva forma de solidaridad y cooperación.

Usted ha planteado cierto escepticismo frente a los estudios culturales, y prefiere oponer universalismo a multiculturalismo…

S. Z.: Por supuesto, estoy de acuerdo con las preocupaciones oficiales del multiculturalismo, estoy a favor de la tolerancia de toda cultura, de toda orientación sexual. Lo único que yo discuto es que, básicamente, esto no puede ser la coraza última de nuestra actividad política. En orden de plantear políticas multiculturales se debe encontrar un núcleo universal de normas y valores, como manera de respetarnos entre todos. No es que el universalismo sea opuesto al multiculturalismo, pienso que las prácticas exitosas de multiculturalismo presuponen un piso universal, es decir: ¿qué significa respetarnos entre todos? El otro punto, aún más importante, es que en el reconocimiento de las diferencias, en el punto máximo de la ética y de la política, el tema no es que debemos tolerarnos entre todos, sino que debemos oponernos, no físicamente por supuesto, sino con otra lógica. Eso que he definido como que “la verdadera medida del amor es que se puede agredir al otro”. Este es mi punto de oposición con el clásico multiculturalismo de los ’90, que propone un respeto a la cultura del otro, sus bailes, su ropa, pero no en cosas trascendentes. Debemos reenfocar el problema sobre la opresión del poder económico y político, que es el verdadero terreno de las luchas.

Toni Negri estuvo hace unas semanas en Buenos Aires, y sostuvo que Argentina fue una víctima del poder económico mundial. ¿Qué consideraciones le merece el poder destructivo del capitalismo en países como Argentina?

S. Z.: Yo en general estoy en desacuerdo con las posturas de Negri, pero en este nivel estoy totalmente de acuerdo. En desacuerdo, porque creo que no tiene razón cuando asegura que estamos asistiendo al declive del Estado-nación y entrando a una era de poder imperial global. Si se mira a los Estados Unidos, se percibe claramente que no se comporta como un imperio, sino que no es lo suficientemente imperial, que sigue realizando acciones guiadas por la lógica del Estado-nación. No creo que el capitalismo de hoy se esté moviendo en el sentido de constituir un poder imperial. El Estado, es cierto, se debilita día a día, pero en cuanto a los aparatos de seguridad para el control y la dominación, en este sentido se está volviendo cada vez más y más fuerte. En lo que estoy de acuerdo con Negri es cuando dice que lo que se hizo mal en Argentina no es una decisión de los argentinos. Al contrario, lo que se hizo mal en la Argentina en los años de Menem es justamente que se siguieron de cerca los predicados y exigencias del FMI. Pienso que el tema no es preguntarse lo que ustedes, los argentinos hicieron mal, sino qué es lo que estuvo mal en los círculos económicos extranjeros y el precio que ustedes están pagando. No es solamente su responsabilidad, porque más allá de las crisis históricas propias del país, todo este enigma sobre el que el mundo se pregunta, no es exclusiva culpa de ustedes. No deben hacer un autoanálisis y torturarse.

Después del 11/09, parecen haber salido a la luz algunas secuelas del control sobre la vida…

Una cuestión importante es la que Giorgio Agamben analizó en Homo Sacer, en el sentido de que cada vez más y más gente está fuera del orden legal o jurídico. Los prisioneros afganos de Guantánamo son el mejor ejemplo: la vida no importa para nada. La lógica de los campos de concentración se está extendiendo cada vez más, y ya no sólo para prisioneros. La idea de sobrevivencia biológica de grupos empieza a parecer como parte de procesos políticos. Conectado con esto está el efecto de que nos estamos moviendo hacia un orden global en el que prima el estado de excepción como un orden normal de cosas. En esto soy relativamente pesimista. Hay cambios pequeños e imperceptibles en la política, pero tal vez por eso importantes, por ejemplo el hecho de que de pronto en Estados Unidos haya un debate público sobre el uso de la tortura. Hace 20 años esto era algo imposible de concebir, y es un signo ominoso de cómo los roles de la política, de la ética, de los valores van cambiando imperceptiblemente. Más que los grandes cambios, hay que observar los pequeños.

Usted está cada vez más posicionado en una perspectiva fascinada con el cristianismo, en un mundo que ha perdido su sustancia…

S. Z.: Soy incondicionalmente ateo, pero lo que me interesa en el cristianismo es una cierta lógica de comunidad, la manera en que funciona una comunidad de creyentes. No es ni una comunidad de individuos ni una comunidad ética sustancial. Es una especie de comunidad totalmente distinta, emancipatoria, involucrada en una práctica de liberación. Lo que me interesa en la ética cristiana es la idea de una lógica del renacer a la fe, que significa que el cambio radical es posible, que no estamos predestinados por un poder oscuro que controla todo, que es posible empezar desde cero. Además, me interesa una idea que también se encuentra en el marxismo tardío: la de una fe universal que es accesible sólo desde una posición subjetiva. Y la cuestión de que el único terreno para ser devoto de Dios son las relaciones sociales, y ahí es donde se demuestra la verdadera creencia como concepción cristiana del amor. Esto está negado en muchas de las nuevas formas de espiritualidad contemporánea, esas formas egotísticas y new age de espiritualidad, del conocimiento interior, que son para mí un verdadero peligro.

Sus escritos sobre la biogenética han desatado fuertes polémicas. ¿Qué quiere significar con las perspectivas radicales que abre la biogenética?

S. Z.: La gente reacciona contra esto por la simple cuestión de sentirse molesto o con miedo a nuestras nociones de libertad o dignidad, y entonces dicen que debemos limitarla. Esto es lo que dice la Iglesia, lo que dicen algunos círculos intelectuales europeos, como Jürgen Habermas. Pero pienso que nos debemos hacer preguntas más radicales. Los resultados de la investigación biogenética nos fuerzan a confrontar con preguntas fundamentales de nuestra condición humana: ¿somos libres?, ¿qué significa la libertad? Me gustaría conocer si somos libres, y la conclusión es que somos el resultado de algo determinado, no por nuestros genes, porque por supuesto este geneticismo primitivo es falso. Entonces mi idea es que la usual reacción contra la biogenética evita el verdadero problema, que es que debemos repensar muchas de las cuestiones relativas a la organización de nuestra vida ética. No es suficiente decir “no estoy de acuerdo” y no permitirlo, o controlarlo. Debemos preguntarnos preguntas más fundamentales y no actuar según esta actitud defensiva.

(Entrevista realizada durante su visita a Bs. As. en el año 2006)

miércoles, 7 de marzo de 2012

ESE HOMBRE...





ENTREVISTA A JAVIER BARDEM

ENCONTRAR AL PERSONAJE

¿Cuáles fueron sus primeras sensaciones al enfrentarse a un personaje tan extremo como el de Uxbal: miedo, temor, ansia?

¡De todo! El primer acercamiento a un personaje siempre está marcado por los anhelos y ansias propias. En este caso, deseaba que el personaje me atrapase por lo mucho que admiro a Alejandro (González Iñárritu). Además, en la primera lectura del guión es inevitable que intentes encontrar algo de ti en el personaje, algo que a veces no te deja ver el corazón de la historia. Consciente de ello, en cuanto terminé la última página, volví a empezar y entonces descubrí que la película hablaba sobre algo conmovedor: la compasión como el último signo de salud y dignidad en un mundo marcado por la corrupción y la explotación, el mundo en el que vive Uxbal. La película muestra una sociedad enferma en la que el único rastro de luz está en los hijos de Uxbal.

¿Y cómo planteó su acercamiento físico y psicológico al personaje de Uxbal?

La clave está en el momento en que terminas esa segunda lectura. Llegado ese punto se produce en ti un cambio, algo casi hormonal que te lleva hacia algún lugar todavía incierto: puede ser un olor, una sensación física, un sentimiento... Y eso es importante retenerlo porque va a ser la fuente de la que vas a extraer la esencia del personaje. Pero ahí se produce un equilibrio delicado: ¿cómo fijar el límite entre tu identidad y la del personaje? Evidentemente, yo no he matado a gente con una pistola de aire comprimido, no he vivido parapléjico más de 30 años y tampoco he sido un poeta cubano perseguido por una dictadura (se refiere a No es país para viejos, Mar adentro y Antes que anochezca, tres de sus títulos más conocidos), pero a través de situaciones lejanamente parecidas y adecuadamente magnificadas puedes llegar a empatizar con esos personajes. Con Biutiful, el reto consistió en alejarme un poco de mí mismo para poder construir algo nuevo y real. Fue todo un aprendizaje. El rodaje se extendió durante cinco meses, trabajábamos casi seis días a la semana, 12 horas al día... Vivir permanentemente en el estado de fractura emocional que atraviesa Uxbal hubiese sido imposible de soportar.

BARDEM IÑÁRRITU BARCELONA

¿Le afectó de alguna manera dar vida al personaje creado por Alejandro González Iñárritu enBiutiful?

Debo reconocer que tuve que abstraerme un poco de la realidad durante el rodaje. Tenía que estar permanentemente concentrado. Aparezco en casi todos los planos de la película excepto en un par de escenas. Y además, Alejandro trabaja con muchísima intensidad. A veces rueda 30 ó 40 tomas de una misma escena y todas tienen que estar cargadas de fuerza dramática. Al trabajar de esta manera, no es raro que el personaje termine contaminándote. Por ejemplo, mientras hacíamos la película, sentí una cierta urgencia por finalizar cosas inacabadas en mi vida: cerrar alguna cuestión material, escribir algo que tenía pendiente y otros temas más personales. Pero entonces me di cuenta de que ese ansia no era real, no era mía, sino que pertenecía a Uxbal, un hombre amenazado por la sombra de su muerte. Para darse cuenta de estas cosas, no hay nada mejor que los tuyos, tu familia, que te conocen de verdad y saben decirte: No, esto no es tuyo, ¡relájate! (risas).

¿Le sorprendió conocer la realidad oculta de Barcelona que se muestra en la película?

Fue impactante, sí. Conocía lo que había visto en las noticias sobre los talleres de trabajo ilegal, pero verlo in situ fue realmente espeluznante. Lo terrible es que la mayoría de ciudades de Occidente tienen ese claroscuro de ciudad avanzada, rica, que se sustenta en el sacrificio de muchas personas que trabajan ahí de forma ilegal y en condiciones deplorables. Por otra parte, también he hecho Vicky Cristina Barcelona (W. Allen, 2008) y conozco la otra Barcelona, que existe y es visitada por cientos de miles de personas todos los veranos. Me gusta haber participado en ambas visiones de la ciudad, así se equilibra la balanza.

COMPROMISO Y OXÍGENO

Con Biutiful regresa a un cine comprometido con una realidad social, como hizo en Los lunes al Sol (Fernando León de Aranoa, 2002) o Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004). ¿Vive de un modo diferente estos proyectos?
Sin duda. Los vivo de una manera más personal. Ya llevo 22 años en esto y he hecho de todo, cosas muy malas, algunas buenas, pero siempre he creído en lo que estaba haciendo. Y lo que más me ha motivado ha sido creer que los proyectos en los que participaba podían ser importantes. Si solo piensas en un público mayoritario, ya sabes qué películas vas a terminar haciendo. De hecho, hay actores que se dedican a ello y lo hacen estupendamente. En mi caso, sé que bajo esos términos no puedo comprometerme tanto como si participo en algo que me incumbe personalmente. De ahí es lógico saltar a cuestiones políticas e ideológicas. Aunque al final lo que cuenta es lo humano. Para mí, Biutiful habla de lo importante que es la compasión y la comprensión, la necesidad de ponernos en la piel del otro, del desfavorecido, y ser conscientes de nuestros actos.

¿Cree que este cine es más necesario en un momento de crisis como el actual?

Bueno, sé que la capacidad de las películas para producir cambios es muy limitada. Además, ante una realidad difícil, es comprensible que mucha gente quiera ir al cine a pasarlo bien y evadirse. Yo mismo soy un producto de ello. Cuando terminé de rodar Biutiful sentí que necesitaba luz, oxígeno, y me fui a Bali a hacer una comedia con Julia Roberts. Necesitaba desconectar, ponerme camisas de nylon, ir a la playa. Siento que, en mi carrera, películas como Come reza ama terminan dando sentido a otras como Biutiful.


ATRAPADO ENTRE CANNES Y HOLLYWOOD

No deja de resultar chocante el contraste entre el momento de crisis actual y el oropel que rodea a Hollywood o a un festival como Cannes. ¿Cómo vive esta paradoja?

De partida, reconozco que soy un privilegiado al poder vivir bien de mi trabajo, lo que me permite garantizar un nivel de comodidad y seguridad para mí y mi gente. Luego están los lujos, que es algo que a todos nos viene bien en algún momento. Me refiero a darse un capricho, que tanto puede valer dos pesetas como dos millones, puede ser ir a cenar fuera o irse a la India una semana. Para mí, lo importante es no perder nunca de vista el lado fortuito de este trabajo. Bigas Luna decía que el éxito se compone de un cuarto de talento, un cuarto de compromiso, un cuarto de salud y un cuarto de suerte. Y así es, la suerte es fundamental. Conozco a un montón de actores extraordinarios que están en el paro. Voy a una escuela de teatro, trabajo con Juan Carlos Corazza, sé lo que es un laboratorio de actores. En fin, que conozco bien el lado no glamouroso de la profesión. Luego, venir a Cannes es una inmersión en un mundo totalmente irreal, donde todo el mundo pretende y donde lo más difícil es rescatar lo único importante, que es el cine. Pero bueno, te pones el esmoquin e intentas salir lo menos tambaleado posible de esto.

¿Y los rodajes de Hollywood también son así?

Al principio tienen un punto extraño. Recuerdo que el rodaje de Collateral (Michael Mann, 2004), en el que solo estuve tres horas, me pareció caótico. Veía a mucha gente con magnetófonos diciendo muchas cosas y no me enteraba de nada (risas). Se me ocurrió pedir un vaso de agua y la que se lió. Primero nadie me lo traía porque todos iban delegando la orden en un subordinado. Entonces, al ver que no había manera, me levanté para servirme el agua y se armó un jaleo: ¡El actor se está sirviendo el vaso de agua! Parecían alarmados. Una locura. Sin embargo, en Come reza ama, en la que estuve trabajando un mes, descubrí el nivel de entrega de todo ese montón de gente que se deja la piel para que estas megaproducciones salgan adelante. Pude sentir la energía de todo el grupo y fue estimulante.

lunes, 28 de noviembre de 2011

EL ILUSIONISTA...







ENTREVISTA A RENÉ LAVAND...

La rapidez de las manos es una de las cualidades de los magos según la tradición, pero usted en este sentido ha roto cánones con su sistema: la lentidigitación. ¿Es tan importante la velocidad?

Considero que la palabra prestidigitación ha perdido sentido, si es que alguna vez lo tuvo, porque no nos valemos ninguno de la velocidad de la mano para distraer al cerebro, sino que nos valemos de técnicas manuales y psicológicas. La palabra prestidigitación no tiene sentido para los artistas del ilusionismo.

¿Qué le motivó a usted a hacerse ilusionista?

Quizás una reacción a la adversidad que supuso perder mi mano derecha en un accidente.

¿Hay algún truco que se le resista?

De los que elijo para realizar, no. Los otros no me interesan. Además, truco me parece una palabra bastarda para emplearla en el arte que tanto respeto y quiero. Truco es el que te hace un burlador que te vende el buzón. Yo hago juegos y trato de presentarlos ante el público como composiciones que logren cambios emocionales con el asombro, el humor, la poesía, el dramatismo…


¿Qué es lo más fácil y complicado para sorprender al público?


Llegar a lo simple.

Usted ha dicho en alguna ocasión que quizá mejor retirarse ahora con un 7,5 de nota que esperar a que el público le pare de su profesión con un 5. ¿Hay René Lavand para rato?

Pregúnteselo a Dios si cree en él. Yo confío en que me dure un poco más esta hermosa vida, pero soy consciente de que el éxito es una adicción difícil de dejar. Confío en que Nora me ayudará, mis amigos también y quizás hasta el joker de la baraja dándome un aviso oportuno, y así, plantarme con siete y medio.

¿Es necesario para usted manipular, pensar y crear?

Espero que mi artrosis trapeciometacarpiana me deje seguir manipulando, que mi cerebro siga pensando y que la inspiración me siga visitando para que la creatividad no muera antes que yo.

¿Cómo ve usted su país en la actualidad?

Como lo vi siempre. Esperanzado del porvenir que merece por sus condiciones de gran país.

domingo, 4 de septiembre de 2011

FLUJOS DEL PLACER...





“Siempre me he definido como mitad animal y mitad hombre”, dice Rocco Siffredi en su autobiografía Io Rocco (‘Yo, Rocco’)

Viagra, mujeres del Norte de Europa y moral católica. Ex actor, director y productor, nacido hace 46 años en la región italiana de Abruzzo. En los 25 años que ha dedicado al porno ha realizado más de 1.300 filmes y ha ganado 40 premios internacionale

Rocco, has trabajado en la industria del porno durante 25 años. Algo me dice que tienes más secretos que contar que el empleado de un banco…

Rocco Siffredi: ¡Desde luego! Empecé a trabajar en la década de los ochenta, así que conozco al menos a tres generaciones de actores y actrices porno. Y me ha permitido contar con una perspectiva de la evolución de la industria y, del mismo modo, de la evolución de nuestros hábitos. Como digo siempre, la pornografía es el espejo de la sociedad.


¿Y qué es lo que ha cambiado?


Rocco Siffredi: En los años ochenta, nuestra profesión no estaba aceptada. Ser actor porno no era fácil. Mis primeros colegas vivían un poco al margen de la sociedad. Pero el sexo era más espontáneo, más natural. Solo tenías que enseñar unos cuantos pelos púbicos y el público estaba contento.


Es díficil imaginar que con eso fuese suficiente…


Rocco Siffredi: Así es como solía ser. Luego llegaron los noventa. Hubo un crecimiento muy fuerte de la industria porque los medios de comunicación se empezaron a interesar en ella. Fue la década en la que comenzaron los premios: Cannes, Berlín, Estados Unidos. Fue también los años de las estrellas del porno: yo mismo, Moana Pozzi (también italiana y ya fallecida), Ilona Staller (la actriz húngara conocida como Cicciolina). Fue una gran era, inolvidable para todos nosotros. Y luego el mercado cambió de nuevo durante la década actual.

¿Quieres decir que las películas porno evolucionan con la sociedad?

Rocco Siffredi: Exactamente. Hoy el sexo es cada vez más extremo. El espectador siempre quiere más. La evolución del contenido del porno corresponde al movimiento progresivo de la audiencia a nivel emocional. La imagen es radical solo porque la gente lo quiere. Hoy hay un deseo loco de liberación sexual. No es algo nuevo, lo vemos también en los periódicos. Basta, por ejemplo, con pensar en todos estos hombre, muchas veces casados, que se buscan tener sexo con transexuales.

¿El sexo se está convirtiendo en un producto, una mercancía, como todo lo demás?

Siffredi: Sobre todo, el sexo tiende a convertirse en una competición y es cada vez más competitivo. No puede creer que los actores porno hoy tomen Viagra o se inyecten vasodilatadores. Ha sido la sociedad quien lo ha forzado, demandando cada vez más y empujándote al límite antes de desecharte y dejarte en la calle. El sexo es cada vez más artificial, hasta el punto en que me pregunto si un vistazo al cuerpo desnudo de una mujer es el mínimo requerido para tener una erección. Los hombres, ahora, tienen más miedo de las mujeres. Todo se ha transformado en un servicio hoy en día, incluso el sexo.

¿Qué diferencias encuentras en las nuevas generaciones?

Rocco Siffredi: Los adolescentes de hoy viven su sexualidad mejor. Están más desinhibidos y hablan más sobre sexo, lo comentan más entre ellos. En parte, gracias a la pornografía. La gente joven a menudo se acercan a mí y me dan las gracias: son tíos que quieren experimentar sexualmente pero no saber cómo abordar el tema. Y cuando ven lo que he hecho, lo intentan ellos mismos y se divierten haciéndolo.

Cuando hablamos de sexo en Europa, ¿es cierto el prejuicio de que en el norte son más ‘fríos’?

Rocco Siffredi: Bueno, las chicas españolas, italianas y francesas son las más calientes en Europa. Es solo una cuestión de sociedad y cultura.

¿En qué sentido?


Rocco Siffredi: En Europa del Este, por ejemplo, el sexo es la única cosa que el gobierno no ha podido prohibir. Los jóvenes son más abiertos en comparación con los de los países latinos. Y, tal vez, por eso son más fríos en cuanto al sexo. Para ellos, es algo natural, habitual, y lo viven sin ninguna inhibición.

Estoy seguro de que hablas desde la experiencia…

Rocco Siffredi: Te lo garantizo. Por ejemplo, he viajado por Europa para realizar los casting de las películas. En Italia, solo encontré una chica que quería el papel y rodar conmigo. Pero en Budapest, Praga y, especialmente, San Petersburgo, que son, sobre todo, ciudades universitarias, había docenas de candidatas. Es normal hacer algo así en estos países. Cientos de chicas empiezan en el porno para pagar sus estudios o para ayudar a sus familias.


¿Y en el sur de Europa?


Rocco Siffredi: En Italia o España, por ejemplo, la prohibición, de alguna manera, nos ha “salvado”. E sexo para nosotros es una rezón para vivir, lo hacemos porque le damos un valor único y profundo. Lo que está muy bien para nuestra vida privada…


Pero en el sur, el sexo no se lleva muy bien con la moral católica dominante…


Rocco Siffredi: Mira, en Italia la pornografía es también un espejo de las mignotta, las chicas que, en su camino por ser alguien en el mundo de la tele y el espectáculo, no les importa pasar por la cama. La verdadera puta nunca haría una peli porno, porque habría una evidencia material para siempre de ello. Y siempre importa lo que piensen los demás, los moralistas. Miles de italianas se acuestan con hombres para hacer carrera. Pero eso pasa en privado, nunca públicamente.

De nuevo, hablas desde tu experiencia…


Rocco Siffredi: Sí. Me acuerdo que una vez que tuve que rodar una escena de sexo oral con una actriz. Como siempre, la habitación estaba llena de gente. La chica era un desastre. Después, todo el mundo empezó a salir. Justo cuando la puerta acababa de cerrarse, se convirtió en una guarra y… bueno, te imaginas la escena. ¡Así son las cosas! Miles de italianas son escorts, pero nunca harían una porno. En Italia, lo importante siempre es poder negar las cosas.

Por último, Rocco, ¿todavía existe eso que se llama el ‘semental italiano’?

Rocco Siffredi: Tengo que admitir que a nosotros, los italianos, nos han dejado un poco atrás. Se ve en la crisis de comunicación entre hombres y mujeres, por ejemplo. Fuimos el número uno en creatividad, gusto, imagen. Las mujeres se volvían locas por todo lo ‘made in Italy’ y la figura elegante del Don Juan italiano, por el hombre que las guía y las protege, que les dirige sus vidas. Pero los roles han cambiado. Las mujeres son independientes y ya no le dan importancia a esos detalles. Comprados con los italianos, los alemanes tienen menos problemas, por ejemplo. Las alemanas llevan una ventaja de al menos 30 años respecto a las italianas en cuanto a libertad y emancipación. Y eso hace que el equilibrio personal en una pareja no se resienta.