Una delivery de incongruencias al servicio de la dama que cuelga del hombro de la cartera o de la billetera en la que duerme, junto a roca y belgrano prensados, el caballero suburbano.
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jueves, 30 de enero de 2014
SILBANDO Y SIN RENCOR...
"ZAFAR" (LA VELA PUERCA)
Soy de la cuidad con todo lo que ves
Con su ruido, con su gente, consume vejez
Y no puedo evitar, el humo que entra hoy
Pero igual sigo creciendo, soy otro carbón
No voy a imaginar, la pena en los demás
Compro aire y si es puro, pago mucho más
No voy a tolerar, que ya no tengan fe
Que se bajen los brazos, que no haya lucidez.
Me voy, volando por ahí
Y estoy, convencido de ir
Me voy, silbando y sin rencor
Y estoy, zafando del olor.
Me encontré con la gente, que sabe valorar
Que de turista en la capital,
han sabido vagar...
Y no ha encarado al fin la cruda realidad
De respirar hollín, de llorar alquitrán
Y empiezo a envejecer, sudando mi verdad
Criado pa´ toser, con mucha variedad
Y adonde ir a para, cargando con mi olor
Deberíamos andar desnudos pa´ sentirnos mejor.
Me voy, volando por ahí
Y estoy, convencido de ir
Me voy, silbando y sin rencor
Y estoy, zafando del olor.
En las mudanzas -es lógico- encontramos y perdemos cosas. Encontré, por ejemplo, fotos que hacía años no veía; fotos que consideraba perdidas para siempre. Lo que, tal vez, perdí para siempre fue uno de los libros esenciales de mi vida: "Conversaciones con Emile Cioran"
Hacía rato que lo venía buscando y nada. Pensé que, finalmente, iba a aparecer el día que remueva toda las cosas de la casa (no sólo la biblioteca). Ese día llegó y el libro sigue desaparecido. Consulto a mis amigos lectores y tampoco tienen noticias.
Del mismo modo que se puede matar a un libro (yo maté en la hoguera de la parrilla a "El flaco" de Feinman), empiezo a considerar la posibilidad de que el libro en cuestión haya rendido homenaje al espíritu que surge del texto y se haya suicidado.
Que haya visto el título de otro de mis libros ("Suicidos ejemplares") y haya pensado que ese título se corresponde con su propio contenido y que -entonces- no quedaba más opción que dejarse llevar por la coherencia.
No está. Ni vivo ni muerto. Es un desaparecido.
Es un desaparecido, sí, porque estaba vivo, y un libro vivo es ese que me mantiene despierto.
Cioran se habrá extraviado en algún recoveco de la casa a la que no tengo acceso. Aún así me voy. No lo puedo esperar. La invitación que me están haciendo es muy tentadora; me están pidiendo por favor que salga de cuadro, algo que yo también estaba pidiendo hace rato.
Una mano maestra para empezar a delinear las sombras finales del paisaje después de la batalla.
Y ahora se inclina la balanza. Y ahora pido yo.
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