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martes, 30 de abril de 2013

ESTO ES PURA REALIDAD...




"Western" (Ataque 77)

Qué esperás, producción descomunal?
Qué esperás, Hollywood no existe más
Qué esperás, Sudamerica es así
Qué esperás? Esto es pura realidad
Qué esperás? Solución en el final?
Superman nunca viene por acá
Qué esperás? Nuestro héroe es de verdad
Nacional, bien anónimo y mortal

Es la historia de cada día,
Siempre el mismo guión,
Trabas y burocracia, que frustración!
Lo de siempre, lo normal, todo gris….
Sin final feliz, en este film…los buenos mueren
Observa, no te pierdas el final!
Que fatal, paradoja singular!
Nunca más nuestro héroe volverá

Se marchó, por la puerta de atrás,
Decidió evitar la corrupción,
Decidió y ahí nomás se suicidó
Y pensar que fue maestro del by pass
Y murió, de un disparo al corazón...

 

 En 1996, Carina Maguregui entrevistó al reconocido cardiocirujano y científico argentino (Conversaciones sobre ética y salud, Torres Agüero Editor y Centro Editor de la Fundación Favaloro, Buenos Aires). El respeto por el paciente, la relación entre la medicina y las nuevas tecnologías, y el vínculo con la educación son algunos de los temas abordados en esta conversación sin desperdicio.

—¿Qué quiere decir medicina moderna en la Argentina y, sobre todo, cómo es posible definirla?
—Creo que para comenzar deberíamos clasificar el momento histórico que nos toca vivir como el de la “era tecnológica”. El gran desarrollo de la tecnología ha alcanzado todos los campos y entre ellos, por supuesto, el de la medicina. Pero antes de continuar, sería bueno esclarecer un desventurado malentendido que confunde a la ciencia con sus derivaciones tecnológicas. Quienes tienen esta confusión cometen el error insensato de juzgar lo que no admite juicio. La ciencia no es buena ni mala, es la expresión de una necesidad propia del ser humano ligada a la capacidad de crear. Buenas o malas pueden ser sus consecuencias prácticas, sus aplicaciones tecnológicas, el uso que se dé al conocimiento; pero nunca el conocimiento mismo.
El buen o mal uso que se hace de lo descubierto dependerá de razones ajenas a la ciencia. Pero además del compromiso intelectual, la ciencia –en nuestro caso puntual la medicina– no puede dejar de lado sus implicancias técnicas y morales.
El desarrollo científico ha alcanzado niveles que nos sorprenden día a día. En este desarrollo sin límites, que lo invade todo, no podemos negar que los avances han permitido un cambio sustancial en la sociedad de nuestro tiempo. También debemos confesar que estos adelantos tecnológicos, rápidos y profundos, no marcharon a la par de la evolución social y que no toda innovación fue positiva. Las víctimas de la talidomida y las de Chernobyl nos recuerdan que a veces el avance tecnológico tiene un costo social y humano significativo.
La medicina vive también la etapa tecnológica; ya no es la medicina que yo hacía como médico rural donde lo que más valía era el contacto directo con el paciente, el interrogatorio, la palpación, la auscultación (…) La medicina moderna tiene una mayor complejidad porque el médico hoy cuenta con infinidad de aparatos de diverso tipo. Esta “complicación” genera beneficios, ya que un diagnóstico más preciso permite también un tratamiento más eficaz


-¿La salud de una persona comprende solo el bienestar físico? En otras palabras, además de los posibles daños en los órganos y los tejidos causados por cualquier enfermedad o accidente, ¿hay algo menos evidente en términos físico-biológicos que pueda afectar la salud del paciente y a lo que la medicina actual no adjudica el valor que le corresponde?
—No hay nada que pueda reemplazar a la vieja medicina clínica de “sentir” al paciente, palparlo, tocarlo, escucharlo. El problema, el “síntoma” de la medicina moderna es, tal vez, un olvido. El paciente es una persona y como tal tiene tres dimensiones de existencia: una comprende su fisiología, anatomía y estructura; otra, sus sentimientos, emociones, afectos y pensamientos –todo lo que hace a la psiquis en forma general– y la tercera representa sus relaciones con los otros seres humanos y su posición dentro de la red social. El paciente es la fusión indisoluble de estas tres dimensiones. Es antinatural pretender separar la mente –si se quiere, el alma– del cuerpo del paciente. Como todo está íntimamente relacionado, una palabra, un acto, un gesto son capaces de cambiar, en cierto modo, nuestra fisiología. Una frase o un abrazo pueden herir o reconfortar nuestra salud.
Allí, frente a nosotros, está sentado el paciente y ¿quién es él?: un ser humano, por supuesto, un “universo” de miedos, afectos, dudas y proyectos. No es una estadística más ni un muñeco para reparar, sino una persona.
Juntos, el médico y el paciente decidirán el tratamiento a seguir. ¿Cómo es eso? El médico debe combinar el criterio científico de excelencia y la capacidad de escuchar “las razones del corazón” del paciente para elegir la terapéutica más adecuada. Si se trata de una persona con problemas coronarios verá qué es lo más conveniente: seguir con el tratamiento médico, realizar una angioplastia o hacer la operación. Pero en la determinación final jamás pueden intervenir preferencias personales ni influencias económicas, tan solo la indicación responsable de base científica.
Insisto, tratamos a personas, de allí la importancia de la conversación, del interrogatorio que es el instrumento que le permite al médico reconocer el problema físico y, sobre todo, escuchar el alma del paciente.
Lo valioso es mantener en el tratamiento un equilibrio de estas tres dimensiones de la persona; al mismo tiempo, eso es lo más difícil de enseñar. La tecnología constituye una ayuda invaluable, pero también encandila. No hay que confundir adelanto tecnológico con automatismo. Los pacientes no llegan a nosotros para cambiar “repuestos”; ellos merecen respeto, comprensión y solidaridad. El camino consiste en formar a los médicos jóvenes con un “criterio integral”.

¿El avance vertiginoso en el campo científico-tecnológico, y su aplicación particular a la atención de la salud, se vio acompañado por una evolución en el campo de la sensibilidad y la ética de la práctica médica?


—En este sentido no veo un equilibrio más o menos parejo de los dos campos: el de la aplicación tecnológica a la medicina y el de la ética. Por eso estoy muy preocupado, ya que algunas veces, en nuestra profesión, la tecnología se aplica al paciente pensando únicamente en el dinero que va a redituar. Y digo esto con absoluta convicción de que es así, tanto en mi país como en otros lugares del mundo.
Estamos frente a la punta del témpano. El problema de fondo abarca un terreno más amplio que el de la práctica médica y está relacionado con lo que pasa dentro y fuera de la medicina. Vivimos una época muy materialista, donde los valores que tradicionalmente fundaban lo social, como el respeto por el prójimo considerado como un igual, están siendo reemplazados por los valores "de cambio" que establece el mercado. Todo parece tener una etiqueta con el signo pesos. En medicina, lamentablemente, muchas decisiones se toman con el bolsillo y no con criterio científico. Tenemos que recordar que decidimos sobre personas con rostros, con sentimientos, con familias, y eso me preocupa mucho. Por suerte, esta es una inquietud compartida por muchísimos médicos que aman la profesión y la vida.

¿Usted cree que existe un verdadero humanismo médico? ¿Los estudiantes de medicina son formados con esos principios éticos de los que hablamos?

—La formación humanística es indispensable. Pensemos un poco, ¿qué se pide tanto dentro como fuera de la medicina? Que se proceda con honestidad y que esta vaya acompañada por responsabilidad y solidaridad. Yo me conformaría con que el individuo fuera honesto, responsable y solidario. Eso bastaría para que el ejercicio de la profesión estuviera edificado sobre la base de ese humanismo que todos pretendemos.
Buen médico será aquel que tenga el suficiente criterio y responsabilidad para tomar decisiones cuando sea necesario y humildad para pedir ayuda cuando lo crea conveniente, reconociendo la necesidad de aprender de los demás.
El médico íntegro es el que siente sinceramente que lo más importante es el paciente, y que este es el único privilegiado. La persona enferma merece respeto y no se le debe imponer ninguna terapéutica. Todo lo concerniente a su estado tiene que analizarse y discutirse. Se le deben explicar los pros y los contras de cada procedimiento. El paciente tiene que ser partícipe de la decisión final; al fin y al cabo se trata de su salud y de su vida.

Su respeto por el paciente me conduce a preguntarle qué papel le asigna la medicina como “ciencia de la vida” a la conciencia de esa persona que está enferma y sufre.

—Nosotros tuvimos la suerte, me refiero a mi generación, de tener maestros de medicina que nos inculcaron que la conciencia del paciente era tan importante como su dolencia orgánica. Saber interpretar el alma de la persona enferma ayuda en la decisión del tratamiento a seguir. Fuimos educados en una facultad donde los profesores, de una calidad moral excepcional y una transparencia ejemplar, conocían a sus estudiantes. Eran bellísimos seres humanos antes que médicos. Hombres completos, todos ellos, que hablaban de una forma de vivir y, además, enseñaban medicina.

¿Entonces es un mito aquello de que los médicos tienen que volverse insensibles o tomar distancia del problema del paciente para no sufrir?


—Puedo contestar a esa pregunta con la última frase de una charla que ofrecí hace bastante tiempo, cuando me nombraron miembro honorario de la Asociación Americana de Cirujanos de los Estados Unidos: "El día en que el médico deje de sufrir con los pacientes es el momento de tirar el bisturí y no operar más". Desgraciado es el médico que no sufre con su profesión. No digo que deba llorar por los rincones todo el día; eso no tendría sentido porque debe mantenerse lúcido para continuar con el trabajo. Pero insisto, el médico que ya no participa del sufrimiento de su paciente y que no experimenta dolor por su muerte, no solo ha dejado de ser médico sino ha dejado de ser... humano.

sábado, 27 de abril de 2013

UN DISCO, UN HOMBRE, UNA REVELACIÓN




Fue, junto con "La mosca y la sopa" de los Redondos, el casete que más veces escuché en mi vida. Me lo regalaron a los 12 años. Corría el año 1994 y había conocido a Nirvana por un video que -incansablemente- pasaban por MTV. El video era -obvio- "Olor a adolescente". Paradojas del destino: iniciándome en la adolescencia, me empezaba a hacer fan de una banda que -junto con Kurt Cobain- ese mismo año desaparecía del mapa.
El acústico, grabado 6 meses antes del suicidio del líder, se volvió la cortina musical de mis días.
Tenía un walkman y todas las noches me acostaba con los auriculares a escuchar el casete. Algunas veces me quedaba dormido antes de darlo vuelta; otras veces -la mayoría- llegaba a poner el lado "B" para seguir disfrutando del concierto.
Ya en el secundario, me encargué de comprar uno a uno los discos del grupo. El primero, desde ya, fue el "Unplugged in New York"
Pasaron 20 años de ese recital, de ese disco: el último oficial que editó el grupo. Puedo decir que el tiempo generó una relación bipolar con su música: salvo Nevermind, los otros discos me resultan inaudibles. El unplugged, en cambio, me sigue pareciendo no sólo el mejor disco de Nirvana, sino el mejor disco que alguna vez pueda llegar a escuchar en mi vida.
Como todo gran arte, se trata de algo tan intenso, tan potente, que me deja totalmente indefenso. Cuando escucho este disco entiendo realmente lo que es la conquista del otro. Es un rapto; no un saqueo, no un robo circunstancial, sino -lisa y llanamente- una colonización. Caigo indefenso a sus pies.
Si los gobiernos pasan y las leyes -y la gente- queda, también puedo decir que los grupos y los discos pasan: y el unplugged de Nirvana queda.
Y queda como quedan las canciones, la poética y la voz del Indio Solari: provocándo un grado de fascinación que me asusta. Si no escucho más seguido algunas músicas tan singulares es porque siento temor de la forma en que me afectan. No me va a pasar nada escuchando a Los Tipitos, pero el unplugged de Nirvana es un mar de dulce ferocidad en el que no siempre estoy preparado para zambullirme.
El disco es melodioso (como ningún otro de Nirvana) y ofrece versiones de algunos temas que quitan el aliento: Pennyroral Tea es el mejor ejemplo. Viendo la interpretación que Cobain hace en el unplugged, entendí que no hace falta más que una guitarra y una voz para generar una revolución en el otro. Es verdad, verlo sabiendo que -casi literalmente- estaba dejando la vida en ese show, incrementa exponencialmente el efecto devastador.
Ese disco, finalmente, funcionó como una epifanía, como una brutal revelación: la del chico que, en el umbral entre la niñez y la adolescencia, no conoce ni el sexo ni el amor; pero que descubre (en un mismo emvase y al mismo tiempo) al arte más puro y a la muerte más absurda como destino inevitable y final de los corazones destemplados.

lunes, 24 de septiembre de 2012

MÚSICA PARA TODOS...(4. 33)


 
 
JOHN CAGE (1912-1992)
“Lo que es importante es insertar al individuo en el flujo de todo lo que sucede. Para hacer esto, el muro del ego debe de ser demolido; gustos, memoria y emociones deben ser debilitados. Se puede tener una emoción, simplemente no debemos pensar que es tan importante. Tómala de una manera en que luego la puedas dejar caer”

"Nuestra intención debe ser afirmar esta vida, no traer el orden fuera del caos, o sugerir mejoras en la manera de hacer una composición, sino simplemente despertarnos a la vida misma que estamos viviendo. Esto es muy placentero una vez que nuestra mente y nuestros deseos están fuera del camino, y dejan actuar a la vida libremente"

"La música nunca ha existido como una entidad separada excepto en la imaginación de los músicos profesionales. Siempre se ha abierto a la naturaleza, incluso cuando ha sido estructurada en la dirección opuesta. El problema consistía en que la gente ponía toda su atención en su construcción. Hoy día podemos diversificar nuestra atención, y la construcción ya no esconde la ecología"

“Si no tuviéramos este poder, estaríamos sumergidos y ahogados bajo aquellas avalanchas de objetos rigurosamente idénticos. No debe haber costumbre y habito en un mundo en proceso de devenir. La función del arte en el presente es preservarnos de todas las minimizaciones lógicas que estamos tentados en aplicar al flujo de eventos cotidianos. De acercarnos al proceso que es el mundo en que vivimos"

“Ellos (los sonidos) existen, y yo estoy interesado en que ellos están ahí, y no en la voluntad del compositor. En un proceso musical no existe un "entendimiento correcto" y consecuentemente no puede haber ningún malentendido con respecto a la comprensión de este proceso. Entonces, un objeto musical (es decir una obra musical) por si mismo es un mal entendido, y los sonidos no controlados por el compositor en cambio, no se preocupan si hacen sentido o si van en la dirección correcta. Ellos no necesitan esa dirección o no dirección para ser ellos mismos. Ellos simplemente "son", y eso es suficientemente bueno para ellos y para mi también"

"Tenemos una tendencia por olvidar el espacio que hay entre las cosas. Nos movemos a través de él para establecer nuestras relaciones y conexiones, creyendo que podemos pasar instantáneamente de un sonido al próximo, de un pensamiento al próximo. En realidad, nos caemos, y ni siquiera nos damos cuenta. Nosotros vivimos, pero vivir significa cruzar a través del mundo de las relaciones o representaciones. Sin embargo, nunca nos vemos en el acto de cruzar ese mundo, y nunca hacemos otra cosa que eso"

"Se perfectamente que las cosas se interpenetran, pero pienso que lo hacen de manera mas rica y mas compleja cuando no establezco ninguna conexión. Esto es, cuando las cosas se encuentran y forman el número uno. Pero al mismo tiempo, no se crea ninguna obstrucción entre una cosa y otra, ellas son ellas mismas, y como cada una es ella misma, existe una pluralidad en el numero uno"

“Cuando calla la codicia, cuando se sosiega la voluntad, el mundo se manifiesta como representación, y en este sentido es bello y se sustrae a la lucha por la existencia. Es el mundo del arte. Sin embargo, la mera contemplación no basta para aquietar definitivamente la voluntad. Volverá a despertar, y todo lo bello no habrá sido entonces mas que un fugaz momento de exaltación"

 

domingo, 26 de junio de 2011

A 20 AÑOS LUZ...










1991 fue, sin dudas, el año de los grandes discos de rock tanto en la esfera nacional como internacional.
En ese momento tenía nueve años, estaba en la primaria, y estaba aún lejos de vincularme a estas (y otras) grandes obras del principios de los noventa.
Tal cosa recién sucedió algún tiempo después (en mis primeros años de secundaria).
Recuerdo la fascinaciòn, a mis doce años, de Nirvana. Kurt Cobain era, en ese momento, un cuerpo (y un alma fundamentalmente) que -siguiendo la frase del Neil Young que el mismo Kurt cita en su carta de despedida- que acababa de arder por completo, para dar lugar a al nacimiento de la última gran leyenda del rock.
Su muerte puso en escena -en pantalla- una y otra vez aquella canción que rezaba: "me siento estúpido y contagioso". No era otra que la inmortal "Smells like teen spirit". Esa fue, como para gran parte de los adolescentes de la generación "Y", mi entrada al rock.
Casi en forma paralela, cae en mis manos el casete de un grupo nacional llamado Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota, titulado "La Mosca y la Sopa". Ese disco, al dìa de hoy, sigue teniendo canciones de las màs brillantes del rock nacional. "Salando las heridas" sigue, siendo, veinte años después, una de las canciones que me llevaría a la luna.
De ese mismo año es, también, el album negro de Metallica. Can canciones de una potencia impresionante (Enter Sadman, The unforgiven) y una, especialmente, de una belleza sublime: Nothing else matters.
A los 15, por medio de un compañero de secundario, di con la banda que, a la fecha, sigue siendo mi principal fuente emotiva: Pearl Jam.
Ten, su disco inaugural, con Jeremy, Alive y Black a la cabeza, no es otra cosa que un refugio personal. Uno puede disolverse en el paisaje que se construye a través del sonido que emana del disco. La voz de Vedder es lo màs parecido a un abrazo sostenido en el tiempo.
La lectura, en esos tiempos del secundario, era algo obligatorio. El placer, entonces, venìa del cine yanqui, del fùtbol, y, principalmente, de los discos que corrìa, extasiado con mi billete de veinte pesos, a comprar al Musimundo que anduviera dando vueltas por ahì.