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jueves, 22 de agosto de 2013

CADA VEZ MÁS IGUAL...


 
 
YA NO SÉ QUÉ HACER CONMIGO (EL CUARTETO DE NOS)

Ya tuve que ir obligado a misa, ya toqué en el piano "Para Elisa"
ya aprendí a falsear mi sonrisa, ya caminé por la cornisa

ya cambié de lugar mi cama, ya hice comedia, ya hice drama
fui concreto y me fui por las ramas, ya me hice el bueno y tuve mala fama

ya fui ético y fui errático, ya fui escéptico y fui fanático
ya fui abúlico y fui metódico, ya fui púdico fui caótico

ya leí Arthur Conan Doyle, ya me pasé de nafta a gasoil
ya leí a Breton y a Molière, ya dormí en colchón y en sommier

ya me cambié el pelo de color, ya estuve en contra y estuve a favor
lo que me daba placer ahora me da dolor, ya estuve al otro lado del mostrador

y oigo una voz que dice sin razón,
vos siempre cambiando ya no cambias más
y yo estoy cada vez más igual,
ya no sé que hacer conmigo

ya me ahogué en un vaso de agua, ya planté café en Nicaragua
ya me fui a probar suerte a USA, ya jugué a la ruleta rusa

ya creí en los marcianos, ya fui ovo-lacto vegetariano, sano
fui quieto y fui gitano, ya estuve tranqui y estuve hasta las manos

hice un curso de mitología pero de mí los dioses se reían
orfebrería la salvé raspando, y ritmología aquí la estoy aplicando

ya probé, ya fumé, ya tomé, ya dejé, ya firmé, ya viajé, ya pegué, ya sufrí, ya eludí, ya huí, ya asumí, ya me fui, ya volví, ya fingí, ya mentí

y entre tantas falsedades, muchas de mis mentiras ya son verdades
hice facil las adversidades, y me compliqué en las nimiedades

y oigo una voz que dice con razón
vos siempre cambiando ya no cambias más
y yo estoy cada vez más igual
ya no sé que hacer conmigo

ya me hice un lifting, me puse un piercing, fui a ver al Dream Team y no hubo feeling
me tatué al Ché en una nalga, arriba de mami para que no se salga

ya me reí y me importó un bledo, de cosas y gente que ahora me dan miedo
ayuné por causas al pedo, ya me empaché con pollo al spiedo

ya fui al psicólogo, fui al teólogo, fui al astrólogo, fui al enólogo
ya fui alcohólico y fui lambeta, ya fui anónimo y ya hice dieta

ya lancé piedras y escupitajos, al lugar donde ahora trabajo
y mi legajo cuenta a destajo, que me porté bien y que armé relajo

y oigo una voz que dice sin razón
vos siempre cambiando ya no cambias más
y yo estoy cada vez más igual
ya no sé que hacer conmigo

 

…………………………………………………………………………………………….......

 

CONFESIONES DE UN AMANTE INSOSPECHADO

 

Tarde en la noche, aburrido como siempre y sin tener nada que hacer, me encuentro viendo obligadamente un canal de televisión sin alma por haber perdido las pilas del control remoto, mientras me doy cuenta que sigo sin poder terminar de procesar la muerte de mi hijo a pesar de todo este tiempo.

Durante muchos años pensé en el suicidio. Pero no pude hacerlo. Durante todo ese tiempo en que el suicidio fue un hámster dando vueltas por esa rueda de metal que es mi cabeza, también llegue a poner en duda mi propia existencia. Sí, una locura: lo sé. Fui más allá de Descartes, que, al dudar, se quedó tranquilo de que había algo seguro en el universo: él mismo y su duda.

Descartes estaba equivocado. En su momento me gustó su frase; me dejé seducir por ella. Pero no es verdad que uno reconozca su existencia ante la duda; se la reconoce ante el dolor. El dolor agudo que se siente muchas veces, en diferentes etapas, y por distintos motivos. Ese dolor nos indica que estamos vivos. Del dolor no se duda.

No es “pienso, luego existo”, sino “sufro, luego existo.” Y si hablamos de sufrimientos, creo que todos vamos a ponernos de acuerdo en que no hay sufrimiento mayor que aquél  generado por la muerte de un hijo.

No me importa lo que representó para todo el mundo la muerte de mi hijo; nadie pensó en mí de la forma en que me hubiera gustado.

Pero el tiempo pasa y nos corre de lugar.  El dolor no desaparece; sino que se transforma como la materia. Con el correr de los años (o de los siglos) empieza a perder consistencia, a perder solidez, y deja lugar a otro tipo de sentimientos en el corazón. 

La verdad, debo admitirlo, es que odié mucho tiempo. A todos; a las personas, a los gobiernos, a las religiones.

Siempre me pregunté si no fue todo en vano, si nada sirvió para que podemos ser mejores, para que podemos tener  pensamientos que suban, que se eleven, para que se abra…que se abra algo.

Pero no escribo estas líneas sólo para confesar mi aburrimiento y mi imposibilidad de cambiar el canal en la televisión. Tampoco para explicarles que es imposibilidad –nimia, cotidiana, absolutamente banal- le abre la puerta a ese sufrimiento del que todavía soy víctima y que, aún hoy, me predispone a querer hacer cosas muy malas a la gente.

Hay algo más que quiero compartir con todos ustedes.

Lo que quiero decir es que uno tarda una eternidad en aprender algo. En aprehender. Mi hijo –estoy convencido- antes de morir captó con profundidad la idea de que uno debe ir por la vida tratando de recolectar imágenes que sirvan de escudo contra la amargura y la desazón. Apenas un grupo de imágenes (tres o cuatro quizá) que funcionen con un núcleo vital que sea capaz de resistir los embates del tiempo. Y eso es todo. Ese es el secreto. El tiempo es un péndulo que avanza y retrocede. Arriba o abajo de ese movimiento estamos nosotros, mortales o inmortales.

La moral, como el amor, como la justicia, pertenecen al orden temporal; para Dios la justicia no existe porque no existe el tiempo. Hace muchos años (a principios del siglo pasado si la memoria no me falla) escuché razonamientos de ese orden, y –mal que me pese- siempre me parecieron una forma muy inteligente de argumentar en favor de la separación definitiva entre el estado y la religión; entre sus instituciones y sus formas de pensar y administrar deberes y derechos de los ciudadanos.

A veces pienso que Marx tenía razón y que la religión es el gran opio de los pueblos, pero ese pensamiento no tarda en desaparecer; la incomodidad que me genera se encarga, ella misma, de eliminarlo a la velocidad de un rayo.

Voy a hablar de angustias entonces, y no del vínculo siempre conflictivo entre Estado y religión. ¡Qué carajo me importan a esta altura los Estados y las religiones! ¡Que se maten entre ellos!  

Voy al punto. Escribo estas líneas para confesarles a ustedes lo que nunca podría confesarle a mi hijo: estuve enamorado. Me pasó muchas veces pero sólo en una oportunidad estuve decidido a intervenir al respecto. A no dejar pasar la oportunidad. Había pasado mucho tiempo mirando la vida desde afuera,  mucho tiempo solo en este universo.

 Sentirme enamorado fue hermoso porque –eso lo sabemos todos- enamorarse es subir, elevarse, tocar algo más alto, o más profundo. Y darse cuenta que todo lo que hace uno es para querer y que lo quieran.

Pienso en mis enamoramientos y me doy cuenta que me ha pasado tanto con hombres como con mujeres, indistintamente. El primer enamoramiento, el primer deseo profundo de fundirme en otro cuerpo, lo sentí con Alejandro Magno. Cuando lo conocí, mi hijo todavía no había nacido, y –debo confesarlo- me hubiera gustado que Alejandro fuera mi hijo. Su conquista del imperio persa me deslumbró, como deslumbró a los historiadores que se encargaron de estudiar su vida.

Con la muerte de mi hijo, durante mucho tiempo, la angustia no me dejó volver a enamorarme. No sólo no me permití sentir amor; sino que tuve estallidos de ira que me acercaron peligrosamente a la locura. Recuerdo algunas fechas puntuales en las que me sentí un volcán en erupción. Para ser más precisos: mil novecientos treinta y tres, es decir, hace unos doscientos años.

No sólo sufrí de ira; años y años sin padeciendo un insomnio que parecía no terminar jamás.

Hasta que una noche pude conciliar el sueño; dormí como un angelito. No la recuerdo puntualmente por eso, sino por el humo que había llegado hasta las nubes, al parecer por el incendio que se produjo al estrellarse dos aviones contra unas torres.

Pero vuelvo al punto. Lo voy a decir: me enamoré de Eddie Vedder. Me enamoré de su capacidad de seducir a las mujeres con su belleza física, su tremenda voz y su increíble capacidad para componer melodías. La calidez que despliega en las entrevistas me corresponde. Yo estoy ahí, dentro suyo, cuando sonríe a la cámara y dice “yo no me he permitido cambiar, pero la forma en que la gente me ve no es algo que pueda controlar. Lo que sí puedo controlar es el hecho de no aparecer en televisión de una forma que glorifique mi cara o mi posición”.

Quise ser él cuando estaba arriba de un escenario tocando con la banda. Y lo logré. Recuerdo puntualmente un recital en Buenos Aires, Argentina, en el estadio de la ciudad de La Plata. La gente nunca se enteró –desde ya- pero yo estuve en Vedder cuando él abrió los brazos al público durante la interpretación del tema con que la banda comenzó el concierto (Release) y durante el resto de la larga lista de canciones que formaron parte de ese show único e irrepetible.

Pero el tiempo, inexorable, pasó, y con él mi último enamoramiento.

Ya no siento más nada por nadie.

Termino esta confesión y la pantalla sigue encendida. Me pasé la noche en vela, y –tal vez- estas palabras no hayan servido para nada.  Ahí abajo, entre las sombras, no hay nadie para escucharlas. Pero muchas veces uno quiere hablar, simplemente expresarse sin importar si hay del otro lado un interlocutor posible.

Tampoco habrá nadie para escuchar a una señora muy coqueta que  aparece en la pantalla a la hora del almuerzo, mostrando sus joyas mientras exhibe una sonrisa plastificada y lanza al viento una frase memorable: “como te ven te tratan, si te ven mal, te maltratan.”

¿No aprendió la señora –después de tanto tiempo- que el lujo es vulgaridad?

No lo aprendió. Yo aprendí que el amor es algo que puede estar todos los días viviendo en uno, o no puede estar en siglos.

Sigo sin encontrar las pilas y entró en desesperación.

Y también no puedo dejar de preguntarme: ¿Cómo me verían ustedes a mí? ¿Cómo me verían si todavía estuvieran acá, conmigo, y no hubieran hecho lo que hicieron?

domingo, 28 de julio de 2013

NAZIS EN ESCALADA...


 
 
 
LA TIERRA SOBRE LOS PIES

Soy un hijo de la democracia. Literalmente hablando, nací bajo tierra, pero rápidamente salí a la superficie. La guerra nuclear –eso me dijo papá- había sido devastadora. Las bombas alemanas caían del cielo como las gotas de lluvia lo hacen en la tormenta, arrasando con todo lo que encontraban en su camino. Advertidos por la radio zonal (que, en forma clandestina, recibía la señal  de la radio oficial de Berlín) acerca de la inminencia de los ataques, los años que vivieron en peligro, los sobrevivientes de Lanús y Lomas de Zamora se refugiaron bajo la superficie. De allí la frase “se fue a vivir a los caños”, que ahora es utilizada para referirse a las personas que viven en la ruina material.

Si fuera sido por papá, yo seguiría viviendo en las condiciones a las que lo obligó la guerra.

Los que resistieron en las calles, junto con la gran diversidad de flora y fauna que ostentaba –orgullosa- la plaza de Escalada, fueron exterminados.

Pero lo peor pasó. Los monos se juntaron en Washington y tocaron el botón verde que decía “Democracy”. Y acá estamos.

Me alegra poder decirlo y que sea verdad. Me alegra poder ir a un bar, a una plaza, a la universidad, y sentir que el piso no se fractura con mis pasos y sentir que no hay alemanes a la vuelta de la esquina vigilándome. Pero papá sospecha. A mí me gustaría poder convencerlo, pero él me quiere convencer a mí. Quiere que vuelva a vivir en el refugio, bajo tierra, al lugar del que él nunca quiso salir.

Las comodidades del mundo postnuclear le permiten mantener una vida relativamente tranquila, gozando de muchos de los servicios que –en otra época- serían impensables viviendo bajo tierra. El delivery por ejemplo. Los celulares funcionan bajo tierra,  por lo que puede hacer un pedido por teléfono a Coto, y el pedido llega sin ningún tipo de problema. Los chicos que hacen el reparto van con la ilusión de recibir una propia extra por lo incómodo de la entrega, ya que, en caso de no contar con Gps, deben consultar a los empleados de Aysa sobe los puntos de la tierra en los que hay conexión con el interior del mundo, para luego descorrer las tapas y descender unos diez metros por escaleras polvorientas y llegar finalmente a destino.

Si se trataba de una pizza, muchas locales exhibían un cartel contundente: “no hacemos repartos bajo tierra”.

Abajo hay poca luz (lo sé por los años en que bajé a visitar a papá). Cuesta ver o pensar con claridad. Uno siente el sufrimiento de las cosas –los muebles, los libros, la ropa-, su desesperación. También siente la perturbadora tranquilidad del que sabe que todo está dicho, que la superficie es una condena segura a las radiaciones de la infelicidad, y que –por lo tanto- sólo queda esperar lo que todos queremos, el sueño que a todos nos iguala: morir mientras dormimos en la profundidad del sueño, en la profundidad de la tierra.

Porque papá no cree en la vida postnuclear. Sabe que los alemanes no van a volver, pero desconfía del aire. Sospecha que las radiaciones de las bombas dejaron un veneno invisible flotando entre las nubes. Que nuestros pulmones consumen oxígeno contaminado. Que ningún vínculo es posible, que ningún proyecto gubernamental es posible, cuando los cuerpos que pretenden llevarlos adelante están envueltos en toxinas.

Me cuesta pensar que tiene razón. Es verdad que en invierno las guardias de los hospitales se llenan de pacientes con afecciones respiratorias, pero supongo que tiene más que ver con una deficiencia a la hora de protegerse del frío que con una toxina postnuclear que anda dando vueltas por el éter.  Me pasa lo contrario: creo que las toxinas están acumulándose –lentamente- en el refugio en el que decidió quedarse a vivir.

Ese aire, el verdadero aire contaminado, fue el que comenzó a hacer que mis visitas sean menos frecuentes. Papá nunca me dijo explícitamente nada sobre qué mundo tengo que elegir para vivir, pero me da a entender que el mundo posible es uno sólo: que el estado de guerra es permanente y que –ante la fatalidad  que implica semejantes condiciones de  existencia- el aislamiento es la mejor opción. Y no es tan grave ni tan excluyente el asunto. La modernidad lo aggiorno todo; también las formas de aislamiento. No sólo llega la señal del celular, también las facturas de los servicios, la credencial de la prepaga. Tanto llegan las cosas (incluso algunas personas también) que la ilusión de la vida en comunidad parece posible, como si no fuera lo que verdaderamente es: una ilusión óptica.

Me desperté hace un rato. No sé qué fue, pero desperté en plena noche como si me hubieran tirado un balde de agua.  Tuve la necesidad de correr con desesperación a mirar por la ventana, a ver qué había del otro lado.

Los autos iban y venían por la avenida a toda velocidad. Los árboles estaban allí, al borde del cordón de la vereda. Nada fuera de lo común. Pero después miré  alrededor, y vi mis cosas, las cosas materiales que me rodean, y pensé que esta casa, que este lugar en el que estoy viviendo, también es un refugio. Un refugio sobre la tierra, pero un refugio al fin.

Me aterró la idea. No puedo dormir desde entonces, pero creo darme cuenta qué es lo que debo hacer: me voy a vestir, y voy a buscar la llave. Voy a caminar hasta ubicar el refugio de papá con esa única llave. Se la saqué la última vez que lo vi y seguramente jamás se enteró. Y voy a cerrar esa tapa con llave y tirarla en alguna alcantarilla, como hacen los hermanos en el final del cuento de Cortázar.

No sea cosa que a papá se le ocurra salir. Que salga para intentar convencerme de que estoy equivocado, de que el aire envenenado me va a matar y que no hay nada mejor que vivir con la tierra sobre los pies.

 

 

domingo, 30 de junio de 2013

EXPERIENCIA RELIGIOSA...





SÉPTIMO MANDAMIENTO



Así no podemos vivir. La inseguridad es tal que a uno le roban lo que todavía no llegó a tener. Los gobernantes no tienen el coraje de tomar las medidas que sean necesarias para poner  fin de una buena vez a la delincuencia con la que –el ciudadano común- debe convivir cotidianamente. Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que no hay problema más urgente para resolver. Pero claro, los políticos viven en barrios privados  y siempre van custodiados.  Se acercan a los barrios en época electoral para tomar nota de los reclamos que reciben de los vecinos, pero después, desde los despachos de sus ministerios, todo se pierde en un gran cajón sin fondo, y vuelven a la burbuja personal que, después de algunos años de política, supieron construir.

Así es fácil decir que la inseguridad es “sólo” una sensación generada  por los medios de comunicación. Nada más alejado de la realidad que tal afirmación.

Y no hablo por boca de ganso. En la parroquia, donde nunca vimos a ningún periodista, semana a semana escuchamos a vecinos que, antes o después de la misa, nos cuentan los robos que últimamente  sufrieron ellos mismos, o que sufrieron personas allegadas, ya sean amigos o familiares directos.

El Estado no sólo separó a la religión de su seno, sino que –al parecer- también lo hizo con la obligación de brindar seguridad a su población. No tener seguridad es como haber perdido la fe: no se puede vivir sin ella.

En la parroquia, durante muchos años, tratamos de darles recomendaciones a los vecinos. Vienen muchas personas mayores, que son ingenuas, que cuando alguien toca el timbre en sus casas, salen a abrir la puerta sin preguntar quién está del otro lado. Desde ya que fueron los que más robos sufrieron.

El padre Jorge, sin ir más lejos, fue uno de los últimos damnificados. No sólo le robaron lo poco que tenía en la casa, sino que –además- lo golpearon salvajemente. Gracias a Dios, se está recuperando de sus lesiones y esperamos con ansias tenerlo nuevamente dando la misa de los domingos. Es un hombre carismático, de profunda fe y vastos conocimientos. Su palabra transmite la paz y la claridad necesaria para calmar la ansiedad y la incertidumbre que el mundo moderno le imprime a nuestras vidas. Fue una enorme responsabilidad para mí tener que reemplazarlo. Pero acepté el desafío y –creo- estoy llevando las cosas a buen puerto. Termino las misas como las terminaba él: recordándole a los presentes que podemos ir en paz mientras esperamos la segunda venida sobre esta tierra de Nuestro Señor Jesucristo.

Nos comunicamos telefónicamente todas las semanas. Lo mantengo al tanto de todo lo que pasa en la parroquia, la cantidad de gente que viene a la misa (se puso contento al saber que no bajó la cantidad de fieles a pesar de su ausencia), los proyectos sociales que se están armando con las parroquias de las localidades vecinas, los reformas que se están haciendo para combatir la humedad que asoma en la parte más vieja del inmueble. Es verdad, no le conté el incidente con Jesús.

A Jesús lo vi en el banco. Yo estaba en la cola esperando para pagar los impuestos, cuando vi entrar a un muchacho de barba oscura y pelo largo. Lo reconocí inmediatamente. Vi sus ojos apagados y no lo dudé. Reconocí en su mirada la vida del que lo había dado todo por el otro. Reconocí a nuestro menor. Pero las cosas cambiaron. Jesús ya no es el mismo que dejó a María Magdalena llorando al pie de la cruz. No. Este Jesús lucía muy nervioso. Dirigía la mirada en forma intermitentemente de las cajas a la puerta del banco y de la puerta del banco a las cajas. De pronto entró otro hombre que dobló el brazo del guardia de la puerta y le apunto con un arma en la cabeza. Jesús también sacó un arma y corrió con velocidad hacia las cajas mientras ordenaba a todo el mundo tirarse al piso. Entonces tomó un solo fajo de billetes, lo puso sobre un mostrador, hizo una bendición (sólo yo lo pude advertir porque era el único en el lugar que aún permanecía de pie; el resto de los clientes estaban tirados en el suelo, aterrados por la situación) y, en un abrir y cerrar de ojos, los fajos se multiplicaron hasta el techo. Producido el milagro, le ordenó incorporarse a todo el mundo. Lo clientes se pusieron de pie. Jesús señalo la montaña de dinero y luego abrió los brazos hacia la multitud. Uno se adelantó tímidamente. Luego otro. Finalmente una masa enloquecida de personas se arrojó sobre los billetes. Jesús salió caminando muy tranquilamente, con el fajo del milagro en una mano y el arma en la otra. Su cómplice lo esperaba en el auto. Salieron con poca plata, pero visiblemente felices. Y, lo más importante, sin haber disparado un solo tiro.

El domingo siguiente al milagro, al finalizar la misa se me acercó un vecino. Me sorprendió que me dijera que él también había estado en el banco el día del asalto. Me preguntó si, efectivamente, estábamos ante la presencia de la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo. Le dije que no tenía la más mínima duda. Me dijo que él sabía dónde estaba parando Jesús en el barrio, que lo había visto en el bar de la estación y que –si yo estaba de acuerdo- podía convencerlo de que se acercara a la parroquia. Me confesó, no sin dejar escapar una sonrisa, que éste Jesús le gustaba más que el Jesús del que hablábamos durante la misa. Le dije que sí, que lo ubicara,  pero que lo hiciera sigilosamente, porque antes de dar a conocer la noticia entre los fieles,  había que informarlo de todo al padre Jorge. El padre Jorge, de ser necesario –y seguramente lo es- deberá informar la situación al Arzobispo de la provincia, y quién sabe si la cosa no desemboca en el Vaticano.

Tengo plena fe en la felicidad que experimentará el Padre por sentir que, definitivamente, no estábamos solos en este mundo. Que podemos vivir sin Estado pero, aun así, no estamos solos los vecinos de este barrio para dale pelea a la delincuencia que tanto nos abruma.