Una delivery de incongruencias al servicio de la dama que cuelga del hombro de la cartera o de la billetera en la que duerme, junto a roca y belgrano prensados, el caballero suburbano.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
PARADOJAS UNIVERSITARIAS...
Termino el cuatrimestre en la facultad. Después de varios años perdidos en la Universidad de Lomas (en donde la "intención" de formar docentes de nivel medio termina haciéndose tan evidente y grosera, que vacía las expectativas de cualquier estudiante al que no le interesa que se preocupen por su "futuro laboral" y sí le interesa encontrar otras cosas), volver a la UBA fue una decisión tan acertada como tardía.
Intenté volver con dos materias y fue mucho; así que terminé cursando únicamente Literatura Norteamericana. En marzo seguramente rinda el final.
Pero no es sobre literatura negra o india en el país del norte que quiero hablar, sino sobre las relaciones sociales entre las personas que se sientan a leer ese tipo de pavadas. Y digo pavadas desde el imaginario de aquellos para los que, están convencidos, los límites de su mundo tienen que ver mucho con los límites de su billetera y poco -poquísimo- con los límites de su lenguaje. Allá ellos. (Y ellos son muchos, muchos de verdad).
Si a esto le sumamos que la palabra, desde hace tiempo ya, no sólo pierde por goleada frente al billete sino también frente a la tiranía de lo audiovisual, nos damos cuenta que estudiar pavadas es una de las pocas formas posibles de articular una resistencia al presente que nos rodea.
Pequeña paradoja si hablamos de lo que "nos rodea". Una de las razones por las que volví a estudiar letras en la uba es, claro, conocer chicas. No solo para ser el David Viñas del barrio.
La ley de Dolina es más constitucional que la Ley de Medios. No hace falta que se expida la corte al respecto: todo lo que hace un hombre en esta vida es para conquistar a una mujer (tomen nota los psicoanalistas lagartianos que leen este blog).
Decía de mi paradoja y es la siguiente: las chicas que estudian letras son fuleras. Ya lo había advertido el sensei Fogwill: "me puse a estudiar letras y cuando vi que estaba lleno de bagayos, salí despavorido".
La paradoja, evidente, es que mientras que en los años en la facultad de derecho mis ojos funcionaban como la bolita de un flipper y mi cabeza no toleraba mas de cinco minutos la interacción con mis compañeras; ahora, en letras, mi cabeza escucha más atentamente, pero los ojos se me han vuelto dos huevos duros.
Hay una autonomía en la atracción de dos (o más)cuerpos que se encuentran y que no tiene nada que ver con las palabras, la gracia, la cultura, los valores o la inteligencia de una persona. Todo eso puede ayudar, desde ya -y generalmente así pasa- pero se encuentra siempre acompañando a una ley innata sobre la que no se puede intervenir, que no se puede sublimar.
Las que parecen tener sublimada su sexualidad (porque su energía está puesta en los textos y no en los glúteos) son mis compañeras de clase. A veces siento que se borran las diferencias de género y que no hay hombres y mujeres; sino pseudo-intelectuales y punto.
Otra analogía: tuve compañeras en la facultad de derecho a las que siempre deseaba encontrarme en la playa; a mis compañeras actuales, si me las cruzo en la playa, mejor que sea en un fogón a la noche)
Lo cierto es que me encuentro rodeado de mujeres. Todas más chicas (entre 20 y 25). Es lógico: letras es una carrera que permite hablar y a las mujeres les encanta. A mi me gusta más escuchar que hablar (por eso leo más de lo que hablo o escribo), y hace rato que estoy esperando encontrar mujeres a las que realmente me interese escuchar. Escuchar con un interés real, no simulado, no haciendo cálculos por debajo de la mesa para ver cuánto tiempo va a pasar hasta que me de lo mejor de sí.
Una sola de la clase llamó mi atención. Está cursando sus primeras materias. La divisé rápido en el malón y me acerqué. Se parecía increíblemente a una compañera que tuve en mis primeros años en la facultad de derecho. También de Belgrano, también 21 años (como teníamos aquella compañera y yo). Pero esta chica es una versión más dejada de la otra. Y, mientras que la otra mostró un interés evidente en mí desde un principio; ésta, a lo largo del cuatrimestre, sólo mostró "buena onda"
El lunes pasado, cuando nos íbamos de la facultad después de cursar la última materia, me preguntó en qué me iba a anotar en próximo cuatrimestre. Le dije que no sabía, pero que seguramente haría dos materias; alguna literatura y alguna de las materias "densas" (lingüística, por ejemplo). Me dijo "bueno, arreglamos" y enseguida agregó "arreglamos con las chicas".
¿Por qué? ¿Por qué meter más gente en el medio si así estamos bien?
Pero se ve que mi compañera pescó que mi buena onda incluye algo más que pasarnos resúmenes y conversar de bueyes perdidos en los pasillos de la facultad, así que -rápida de reflejos- me invitó a seguir siendo "compañeros" junto con más gente.
Gracias, pero paso. A los 20 hubiera comprado, con la esperanza de un giro futuro de las cosas. Ya no.
Con mis libros y mis papeles a otro lado.
Y, en el peor de los casos, volveré al hospital a donar sangre.
sábado, 16 de noviembre de 2013
EL PESO DEL PAPEL
Siguen los diarios del agente judicial. Mientras que papá me hace llegar un segundo "comunicado", en el que desarma (¡en tan sólo una semana!) su teoría de la naturalidad irrompible del vínculo padre-hijo para intimarme a abandonar mi tesitura en un plazo perentorio de 5 días y bajo apercibimiento de cambiarme la cerradura de la casa, yo -por mi parte- sigo mi trabajo en la trinchera que estoy armando en la oficina.
"Acá la jefa soy yo, no vos. La que da las órdenes soy yo." Me dice, con un ligero estado de desesperación, la secretaria. Continúa: "todo lo que hacés es para llevarme la contra". Sólo le respondo que esa es su forma de apreciar las cosas. Claro, al decirle esto le sigo llevando la contra. Trato de reforzar mis palabras con algunos ejemplos prácticos de cómo encaro mis actividades cotidianas. Trato de ejemplificar en mi favor, pero la mujer no parece convencida. Después de un rato, se termina calmando un poco y la escena termina con una frase que sonó más como una súplica que como una orden: "reconoceme como autoridad"(¿No fue ese, acaso, el pedido implícito de papá en su último comunicado, con la diferencia que él no apeló a la súplica, sino a la coerción más burda?)
Las palabras se empiezan a fusionar en mi cabeza, como una suerte de puzle mental: papá-secretaria-autoridad-subordinación-justica-LEY-identidad.
Empiezo a darme cuenta porqué siempre odié a la gente que -sin ser ellos hijos de puta- trabajan para verdaderas basuras humanas, sin la urgencia desesperada por romper ese vínculo a como dé lugar. Tal vez por que no todo el mundo tiene internalizada la figura de la subordinación con la figura del padre, por eso pueden distinguir entre un padre y un jefe hijo de puta.
Advertir esto no me hace querer reconciliarme con la estructura judicial ( es falaz reconciliarse con un amor que nunca existió), pero sí intentar no exigir por demás a las personas cuyas ordenes debo acatar.
No se trata de abandonar la batalla, sino de cambiar los objetivos y las expectativas. Durante años, la fusión que comenté entre esas dos figuras, me llevó a confundir en el ámbito laboral la exigencia de respeto -indispensable en todo vínculo humano sostenido en el tiempo- con la exigencia de cariño.
La batalla por el cariño es -justamente- la que resulta imprescindible escindir en los vínculos laborales. No me puedo enojar porque la secretaria cree que me tomé el día de estudio para cualquier otra cosa que no sea ir a rendir y me persiga por todo el tribunal para que le entregue el certificado. Durante mucho tiempo me afectó. Me angustiaba la idea de que no confiaran en mí.
En la oficina la batalla sigue, pero exclusivamente por aquello por lo que hay que pelear: el respeto. Desde mi casa -que no es mi casa- la batalla también sigue: ahora que provoqué el sinceramiento, lo que queda es hacerse cargo de la propia libertad. Sin patalear.
Pienso en la casa...y la casa es todo. La casa es el lugar físico que nos vincula con el mundo. De allí partimos y allí volvemos. Nada puede estar bien del todo bien si la relación con nuestra casa no funciona con la fluidez con la que funciona el ritmo circulatorio de la sangre (tomen nota de esto los agentes financieros que (no) nos otorgan los préstamos hipotecarios que les requerimos)
Y si hablamos de libertad, ya sabemos que es tramposa. Nos lo dijo la media verónica: "la vida es una cárcel con las puertas abiertas".
Y si hablamos de sangre, mi última figuración de la libertad me encontró -imaginariamente- pidiendo en el trabajo la semana de vacaciones que me deben para ir al festival de cine en mar del plata, a ver todas las películas que pueda y a tener sexo en la playa (y seguir haciendo de mi sangre un derivado del petróleo nacional y popular que me aleje de la sangre pura de mamis y papis, no cogiendo, sino haciendo el amor sobre la cama educada burguesa).
Pero esa figuración de playa y cine se vio detenida frente a los barrotes de la realidad: faltan dos compañeras en la oficina, y pedirme una semana en estas condiciones sería cargar sobre la espalda de mis compañeros con todo el peso de la burocracia de fin de año. Y el papel pesa. Hay edificios judiciales que fueron declarados en emergencia edilicia por que, según los expertos, comienzan a hundirse por el peso del papel.
"El peso del papel". Me gusta para el grupo de palabras. La puedo agregar a mi puzle.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
LA TORMENTA DE ARENA...
FRAGMENTO DE "KAFKA EN LA ORILLA" DE H. MURAKAMI
"A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tu cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llene de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en loa alto del cielo.
Y en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tu no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena."
domingo, 10 de noviembre de 2013
CUESTIÓN DE (PURA) SANGRE...
En el día del "donante de sangre" voy al Hospital Británico para hacer honor a la fecha en cuestión. Es para un vecino que tiene que pasar por el quirófano para un trasplante de médula. Llego y lo primero que me preguntan es si desayuné. Le digo que no. La secretaria me dice que tengo que comer algo antes (¿cómo fue que se pasó de una exigencia rigurosa de 12 horas de ayuno o un desayuno previo obligatorio?). La mujer me dice "sacate un café y algo para comer de la máquina". Reviso la billetera y no tengo un sólo billete; sólo la tarjeta de débito. Se lo comento y le pregunto si tengo tiempo de ir al Mc Donalds. Me dice que no, que en menos de diez minutos me iban a llamar, y me da su llave de la máquina.
Desayuno entonces y, mientras termino al última galletita, sale una enfermera al pasillo y me llama por el apellido.
Revisa la planilla que había completado mientras esperaba. Me dice que me va a hacer una serie de preguntas de carácter confidencial a las que me pide que conteste con honestidad.
Pasan las preguntas, la mayoría repeticiones de las que ya había contestado por escrito. Me pregunta si me vacuné en forma reciente. Le digo que sí, que hace una semana me vacuné contra la Hepatitis B, pero que me dijeron que igual no era impedimento para donar sangre. La chica, muy joven. me dice que tiene que consultarlo. Se va y vuelve al minuto. Me dice que no es impedimento pero que hay que dejar constancia de ello en mi ficha, de manera que quede claro que el virus está en mi sangre por haberme dado la vacuna.
Hasta ahí todo perfecto. Pero después me pregunta si tengo pareja estable. Le digo que no. Entonces me pregunta si, en el último año, tuve encuentros sexuales con más de una persona. Le digo que sí. A lo que ella me contesta: "tengo que informarte que por ley, no se pueden aceptar donantes de sangre que contesten afirmativamente a esa pregunta".
Abrí los ojos con sorpresa. No esperaba eso. Esperaba que me preguntara si había usado preservativo en esos encuentros. Pero parece que da igual. No importa.
Me dice "gracias igual por venir". Me levanto, todavía inmerso en mi sorpresa, y me voy.
Camino confundido por el pasillo rumbo a la puerta. Estoy convencido de haber atravesado una situación totalmente vacía de sentido.
Mientras manejo de regreso a casa, el tránsito liviano del sábado por la mañana me permite ir armando ese vacío de sentido.
Me pregunto qué pregunta hubiera seguido si yo le decía que tengo una relación estable. ¿Me hubiera preguntado si además tengo relaciones con otras personas? ¿O eso lo evitan para no generar una situación incómoda? Y el caso que efectivamente esa fuera la pregunta y mi respuesta que soy 100 % fiel... ¿Cómo sé yo, y cómo saben ellos que son los que están preocupados por la "pureza" de la sangre a recibir, si mi pareja también lo es?
Pero le dije que no tengo una relación estable (lo cual, para la salud pública hospitalaria equivale, como para la iglesia católica, grandes chances de sangre sana y fiel), así que dejé la puerta abierta al mundo oscuro, al mundo de los sillones pegajosos de la promiscuidad.
No me preguntó si esos encuentros fueron con prostitutas (está claro que ahí hay un riesgo mayor), pero -lo que me parece más increíble- tampoco me preguntó si se usó preservativo.
La misma enfermera, al ver mi cara de asombro, se encargó de avisarme que era indistinto si había usado o no preservativo. Mi sangre es promiscua lo mismo.
Todo esto no hace sino poner de manifiesto contradicciones bastante importantes en lo que hace a la salud pública de una población.
¿O acaso no se machacó con la importancia del uso del preservativo como medio idóneo no sólo para prevenir embarazos no deseados, sino también el contagio de enfermedades de transmisión sexual?
Esta contradicción me parece mucho más grave que la del ayuno o no a la hora de donar. Mientras que le segunda es anecdótica y al común de los mortales seguramente nos importa muy poco el viraje que se produjo en ese sentido, la primera -en cambio- nos afecta a todos en tanto ciudadanos que -donantes de sangre o no- ejercemos nuestra sexualidad tanto como podemos.
Si el preservativo es menos confiable de lo que nos dijeron, entonces que el Ministerio de Salud salga a decirlo y a proponer otro método. Y sino que nos dejen donar sangre y ya. O que avisen que la donación de sangre sólo se permite en curas. Y no en todos. No en caso del padre Grassi por lo menos.
"Todos mienten cuando van a donar" me dice mi amigo médico cuando le consulto la situación. Si todos los donantes dijeran la verdad en cada una de las preguntas que les formulan en el hospital, los bancos de sangre tendrían una crisis que, a diferencia de la que sufrieron los grandes bancos que digitan el mundo, sería terminal: no habría Estado capaz de salvarlos. Mi amigo, finalizando la conversación vía mensaje de texto, me hace estallar en una carcajada: "además la mina una boluda, con los ojitos que tenés es obvio que la ponés seguido!"
Y si hablamos de frecuencia, resulta incómodo pensar que las políticas de salud pública que se instrumentan en una población van frecuentemente a contramano de la salud sexual de las personas individuales que la componen.
Pequeñas incongruencias de la vida cotidiana.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
CARTA AL PADRE...
Leo tu
carta, breve, brevísima; casi un comunicado mal escrito. La leo y te leo.
Hablás de defectos y virtudes y decís que los tenés vos y los tengo yo. Claro.
Seguro que sí. También los tienen mis amigos (y aun así sostenemos el vínculo
en el tiempo). También el difunto asesino Videla. También Federer, Kasparov y
Piazzolla. Y, sospecho, también los miles de millones de personas que habitan
este mundo. No se trata, entonces, de defectos y virtudes. Se trata de no esconder la propia
subjetividad, el propio deseo, en la maraña de defectos y virtudes que todos
tenemos. De no esconderse en la multitud. Y vos te escondés.
Cuando decís
que el vínculo entre padres e hijos no se puede romper porque es algo natural
en los seres humanos, te estás escondiendo. Cuando decís que, si se rompe ese
vínculo, eso conlleva “trastornos emocionales y psicológicos que pueden derivar
en enfermedades”, inmediatamente aclarás que “es un análisis que hago”. No decís
“es lo que creo nos va a pasar a vos y a mí”.Te escondés en las generalidades, te escondés en la multitud. Le sacás al cuerpo a las palabras. Y no me extraña que lo hagas ahora porque es lo que hiciste toda la vida. Toda la vida estuviste en otro lado.
Que quede claro: no es por tus “defectos” que decidí dejar de verte; es por tu falta de deseo, por tu eterna indiferencia. No se puede pelear contra esa falta; lo mejor me parece sincerarla. A un sinceramiento siempre es posible que le siga -trabajo mediante- un estado de libertad mayor.
Es esa falta de deseo –en mí pero también en las personas en general- lo que no te deja ver la realidad de las cosas.
“Vos rompiste el vínculo no viniendo más; está en vos recomponerlo”. Yo considero que el vínculo estuvo roto desde siempre, sólo que me llevó muchos años aceptarlo y darle un corte material. Ahora me queda lo más bravo, que es reconocer las marcas que quedaron de tantos años de frustración (seguir viviendo en tu casa, por ejemplo) y ver qué me pasa a mí con la paternidad.
Uno puede
empezar muchos proyectos en la vida sin sentir un deseo intenso por eso que va
a venir: carreras universitarias, emprendimientos laborales, convivencias, etc.
Y, en todos esos casos, el deseo se puede fortalecer sobre la marcha o se puede ir perdiendo en el
camino hasta extraviarse por completo. En este último caso el proyecto
simplemente se deja de lado y se pasa a otra cosa. Pero hay una cosa en la vida, una sola
cosa tal vez, en la que uno no puede tirarse a la pileta sin saber si hay agua. Los costos pueden resultar muy altos.
Y vos lo hiciste. Te tiraste.
Ahora,
después de un año sin vernos, me escribís para recomponer el vínculo. El
vínculo que te interesa recomponer es el vínculo en el que vos te sentís
cómodo: el vínculo de subordinación. No hay otra forma de vínculo posible desde tu perspectiva.
Como sos una
persona que no puede tener una conexión profunda con nadie (por eso nunca te
conocí un solo amigo), la única forma de vincularte con los demás (parejas,
hijos) es en los términos de “jefe-empleado”.
Yo fui
empleado tuyo. Pablo también. Regina también. Mamá también. Estela también.
Personas que fuimos, a la vez, hijos o parejas o parejas de hijos, pero también
empleados. Ser jefe es, déjame decirte, también una forma de esconderse.¿Sabés cuál es la función de un padre? No es “no tener defectos”; es criar un hijo, transmitirle valores, acompañarlo a estar en la cultura en la que se vive y sostenerlo hasta que el hijo tenga la madurez para sostenerse solo. Recién ahí el padre se ubica en otra posición.
Jamás lo
sentí así. Yo no fui acompañado a estar en el
mundo; fui depositado. Aún hoy me pasa, y no sólo en situaciones de formalidad,
sino que, por ejemplo, me molesta mucho ir a una fiesta y que no haya nadie
que me presente. No me siento
cómodo. Siento que no tengo nada que hacer ahí.
Durante mis
peores años percibí al mundo entero como una gran fiesta en la que yo debía participar obligadamente aun
sin tener mi tarjeta de invitación. Ajeno en todos lados. Extraño frente a
todos.
Lo que
enferma, tal vez, no sea romper los vínculos, sino –justamente- no poder salir
de esos vínculos que nos resultan tóxicos.
Es verdad
que, mientras que uno puede hacer nuevos amigos, el vínculo padre/hijo no se
reemplaza. Quizá no se trate de reemplazarlo, sino de que sea un vínculo sano.
Y el nuestro
no lo era. No por lo menos para mí.
Nunca,
nunca, internalizaste una sola de mis demandas. Eso me da un poco la pauta de la levedad
del deseo puesto en mí.
Si tengo que
pensar, creo que lo único que te pedí toda la vida –infinidad de veces y de
todas las maneras posibles- fue que usaras el pantalón de manera tal que no me
hicieras pasar vergüenza delante de mis amigos. Pero vos te reías de mi pedido.
Me decías, siempre con una sonrisa, “no me doy cuenta que se me baja”. Y yo estallaba por
dentro.
Sos un tipo
que me mostró el culo toda la vida. A mí y a todo el mundo. ¡Y me venís a
hablar de “los trastornos psicológicos que pueden derivar de la ruptura del
vínculo”!
Los
trastornos psicológicos los tuve “por” el vínculo. Curioso: cuando te enteraste
que estaba haciendo terapia nunca me preguntaste qué me estaba pasando.
Lo que me
enfermó todos estos años fue querer
aferrarme al vínculo como sea. Y que, por obra y gracia del señor, aparezca
algo que no es. Que apareciera algo del padre ideal en el lugar del padre real. Y que ese padre ideal me diera mi postergada tarjeta de invitación para que dejara -de una vez y para siempre- de sentirme ajeno al mundo. Que apareciera algo que nunca había visto. Pero lo que pasaba era
que yo veía lo mismo de siempre, nada más que –después- trataba de
negarlo o trataba de deformarlo para barrer el dolor bajo la alfombra. Pero el dolor, como la mugre, se acumulan con el paso del tiempo, y llega un momento en que cualquier alfombra resulta inútil para taparlo.
Por eso la
“ruptura del vínculo” no representa para mí la posibilidad de una enfermedad,
sino el inicio de una cura.
Ponés como
ejemplo a las madres que visitan a sus hijos en la cárcel, sin importar lo que ellos
hicieron. Debe haber. También existen casos de madres que abandonan a sus bebés en bolsas de
basura. ¿Cómo explicás eso desde tu teoría de la “naturalidad irrompible del
vínculo”?
Los vínculos
no se explican desde ninguna naturalidad predeterminada, sino desde la intensidad o no del deseo con el que nacen y se
desarrollan. La “naturalidad predeterminada” es la mejor forma que tenés para
esconderte.
La única “naturalidad
predeteminada” por la biología es aquella que indica que para que haya “hijos”
en el mundo necesariamente tuvo que haber “padres”. Y ahí termina “la
naturalidad”. Es resto es deseo, y el deseo es subjetivo, como las relaciones
humanas que se articulan alrededor de él.
Y si
hablamos de “esconderse”, nunca me olvidé ese verano en el que, una noche en la
que jugada Boca y la pizzería era un caos de gente, estaba –entre los clientes-
tu “grupo de amigos” que, violentos por la demoras en la cocina y las
desprolijidades en la atención, cada vez que pasaba al lado de ellos decían: “de
acá no nos vamos sin pudrirla”. Estaban todos muy tomados y yo me asusté. Lo
dijeron varias veces y con tono amenazante. Cuando llegó el momento de
llevarles la cuenta, te pedí por favor que salieras a hacerlo vos. Yo estaba
sólo en el salón, tenía 18 años y estaba aterrado. En
la mesa había conocidos tuyos. ¿Y qué hiciste? Te quedaste metido en la cocina
y tuve que salir a cobrarles yo. Creo que la única forma que encontré de
asegurarme la vida fue pasarles un importe mucho menor al que correspondía,
para que los tipos –aun en su borrachera- se dieran cuenta y lo consideraran
una cortesía “de la casa” por la pésima atención. La táctica salió bien y al
final no pasó nada. Pero la angustia me acompañó el resto de la noche. Al otro
día me encaraste desde tu rol de patrón:
“yo sé que tu trabajo a veces puede ser jodido según los clientes que toquen,
pero es tu trabajo y los problemas que se generen los tenés que resolver vos.”
Esa
situación es un ejemplo de cómo funcionó nuestro vínculo. Donde yo esperaba un
padre, me encontraba con un jefe. Los jefes son tipos que no tienen que darle explicaciones
a nadie de nada. Ellos asignan tareas y punto. Eso fue para vos la relación
padre-hijo. De esa forma te sentías cómodo porque no tenías que hacerte cargo
de ninguna demanda. Y en el tiempo en que la subordinación no fue “literal”, es
decir en el tiempo en que no trabajé para vos, fueron muchas las veces que me subestimaste. Más de una vez me
dijiste, en distintas circunstancias, “a vos no te da la cabeza para eso”. Otra
forma de vincularse a partir de la subordinación del otro.
Y si
hablamos de “subordinar al otro”, la última gran espina no me quedó clavada no
fue por un desprecio hacia mí, sino hacia mi primo. ¿Te acordás? Fue el año
pasado, en la casa de la tía un domingo
después del almuerzo. Por política, obvio. Le dijiste “se ve que tenés bien
aprendido el discurso”. Y mientras él trataba de argumentar su posición, vos
dabas vueltas alrededor de la mesa mientras hacías gestos con la cabeza de condescendencia que, en
otras circunstancias y con otras personas, hubieran ameritado con seguridad una
buena trompada.
El otro día
a mi mamá se le ocurrió revisar un álbum de fotos de nuestros primeros años de vida,
para ver el parecido entre Pablo y Javier. ¿Sabés qué se me ocurrió comparar a
mí en esas fotos? La expresión en la cara de mamá y la expresión en tu cara al
tenernos en brazos. Impresiona la diferencia. La cara de mamá era felicidad
pura, una felicidad tan grande que no podría ser tomada en su profundidad ni aunque fuera fotografiada por todas las cámaras del mundo ; la tuya, en cambio, es la cara de un tipo que tiene entre las manos impuestos pesados
para pagar. La cara de un tipo que tiene que hacerse cargo de una obligación. O de dos.
Impresiona
también entrar a su casa y ver fotos de episodios importantes en la vida de sus
hijos, como el casamiento de Pablo, o la entrega
de mi título en la facultad de derecho. A propósito de esto último evento: me acabo de
acordar que, si bien viniste a la ceremonia, en el momento en que me hacían entrega del
diploma te habías ido. No recuerdo bien qué explicación diste en su momento,
pero fue algo así como que tenías que hacer una “operación bancaria urgente”.
¿Qué fotos
nuestras tenés en la sedería?: Ninguna.
Mi mamá no
se fue ese día cuando me dieron el título. Estuvo ahí conmigo. Como también
estuvo las noches que pasé internado en
el hospital francés por la operación de hidrocele. Con ella me puedo pelear
mucho pero ahí –entre los dos- hay algo que no se va a romper. Ella me dio
muchísimo, mucho más de lo que yo le di a ella. Con vos, en cambio, todos estos
años fue tratar de armar un castillo en el aire.
Hace poco
escribí un cuento en el que un padre vive bajo tierra. Está encerrado, pero
creer que no está tan aislado, porque le
llega el delivery del supermercado y las facturas de los servicios. El hijo lo
va a visitar y cuenta cómo el padre intenta convencerlo de que el aire en la
superficie está contaminado, que no puede vivir ahí arriba porque los vínculos
se vuelven -inevitablemente- tóxicos.
La cultura occidental consideraba a los indios
salvajes. La escuela, entonces, era la institución indicada para vaciar de
contenido a esos salvajes y llenarlos de una cultura diferente. Se trataba de “matar al indio y salvar al hombre”.
Yo traté,
todos estos años, de “matar al hombre para salvar al padre”.
Sé que vos casi no tuviste padre, pero eso no me arregla a mí. No arregla nuestro vínculo.
Final del juego.
Porque, como dijo mi héroe vivo, “si no hay amor, que no haya nada entonces.”
Lo siento,
no voy a volver bajo tierra.
jueves, 31 de octubre de 2013
BAJO LA LLUVIA DENSA...
ANTONIO RAMOS ROSA
(Portugal, 1924-2013)
"Nacimiento último"
" Como si no tuviera sustancia y con los miembros apagados.
Desearía enrollarme en una hoja y dormir en la sombra.
Y germinar en el sueño, germinar en el árbol.
Todo acabaría en la noche, lentamente, bajo la lluvia densa.
Todo acabaría por el más alto deseo en una sonrisa de nada.
En el encuentro y en el abandono, en la última desnudez,
respiraría al ritmo del viento, en la relación más viva.
Sería de nuevo el germen que fui, el rostro indivisible.
Y ebrias las palabras dirían el vino y la arcilla
y el reposo de ser en el ser, sus oscuras terrazas.
Entre rumores y ríos la muerte se perdería."
PARA CLARÍN QUE LO MIRA POR T.V
Claro que estoy contento con el fallo de la Corte. Pero no todo el mundo, desde ya.
Carrió (¿el último gran ejemplo del ave fénix en la política, tal vez?) salió a denunciar "un pacto espurio entre el presidente del máximo tribunal y el gobierno. Lo que Lila no se dio cuenta es que, primero, tiene que leer el fallo; después con el análisis pormenorizado de los votos, denunciar lo que crea que haga falta. Pero ella se ahorra el trabajo. No le hace falta leer nada; por que ella no debe su conocimiento al análisis crítico de los materiales empíricos que nos ofrece día a día la realidad (en este caso un fallo judicial) sino a una iluminación divina. ¿Pero no son acaso ese tipo de iluminaciones la que nos hartaron en su momento de este personaje? ¿Si ella no cambió, cómo fue que recuperó un caudal político que parecía dilapidado para siempre? Un caso para los desaparecidos expedientes secretos X.
La editorial de Clarín de hoy, a cargo de Ricardo Roa, es de lo más patética que leí en mucho tiempo; habla de un "regalo tardío al gobierno". De argumentación jurídica, ni hablar. El que sí argumentó fue el constitucionalista Badeni, en la edición de La Nación de ayer. Su crítica no apunta a señalar el peligro de que el monopolio comunicativo cambie de manos, sino a recalcar el carácter inviolable de los "derechos adquiridos" y la "contradicción" entre la intención de democratizar la palabra acallando una voz. Ridículo.
Estoy contento pero no tanto como para ir a 678 a tirar manteca al techo. Justamente por que, si de democracia hablamos, la manteca se debería poder tirar al techo del estudio desde el que se emite el 678 kirchnerista, pero también en el 678 de cada uno de los partidos que tengan una mínima representación política en la sociedad, cosa que -por el momento- no existe.
Tengo claro que al gobierno nunca le interesó "la democratización de la palabra" hasta la ruptura con Clarín. El tema es que ahora, dividas las aguas, realmente la Ley cobre el relieve social que, dicen, su espíritu parece tener.
Manteca para todos es la consigna. Y que cada uno la unte en el pan que quiera.
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