Una delivery de incongruencias al servicio de la dama que cuelga del hombro de la cartera o de la billetera en la que duerme, junto a roca y belgrano prensados, el caballero suburbano.
jueves, 27 de febrero de 2014
UNA VIUDA DE MADERA...
¿Cómo enfrenta esas enormes manifestaciones de cariño?
Cariño es lo que todos vamos buscando. Si trato de pasarme tantas horas en el estudio dándole tantas vueltas a un disco para que lo disfrute la gente, es porque busco cariño.
Esta es una frase suya: "Yo me alejo de todo lo que me haga recordar a Paco de Lucía. Yo reivindico para mí a Francisco Sánchez" ¿Cómo vive esa relación con su personaje?
Es algo complicado. Paco de Lucía es el personaje que se sube al escenario y muestra lo que mejor sabe hacer. Y Francisco Sánchez es el hombre al que le gusta emborracharse con los amigos, que se ríe en la calle, el que quiere ser uno más del grupo.
¿Qué no le gusta de Paco de Lucía?
No poder estar tranquilo en un sitio, porque inmediatamente te miran, te piden autógrafos. Ahora que están de moda las fotos con los iPhones, por donde vayas es una foto tras otra. Es incómodo. Siempre he tratado de vivir dentro de Francisco Sánchez. Es más auténtico. Lo otro es superficial.
Pero Francisco sabe cuánto le debe a Paco de Lucía. Al final, es él quien paga las cuentas...
[Ríe] Es cierto. Es una suerte tener a Paco de Lucía a mi lado. Me saca de muchos atolladeros y de muchos problemas. Me hace la vida más fácil.
Usted ha dicho que se metió a guitarrista para esconderse detrás de una guitarra. ¿Es realmente tan tímido?
Por desgracia es verdad. He sufrido tanto siendo un niño gordito, que no me apetece para nada presumir de eso. Lo que pasa es que uno aprende a no parecerlo. La experiencia es la gran ventaja de hacerse mayor. Ahora parezco hasta extrovertido, pero hay una gran carga de inseguridad que viene de la niñez.
Muchos rasgos de su genio vienen de la infancia. Y de su infancia viene también el recuerdo del hambre. ¿Fue un estímulo para convertirse en guitarrista?
Es el mayor estímulo que puede tener un niño. Hay mucha gente que presume de lo que ha sufrido, que, a pesar del hambre, han conseguido ser grandes en la vida. ¡Es todo lo contrario! Gracias al hambre es que uno llega a ser grande. Siempre y cuando el hambre no te aniquile.
¿Hay que recordar siempre el hambre sufrida?
Hay que tenerla presente siempre. Sobre todo pensando en quiénes la están pasando ahora. Si tú sabes qué es pasar hambre, entiendes el sufrimiento de los demás. Aquellas lágrimas de mi madre porque no había para comer fueron para mí el estímulo más grande. Cuando crecí y empecé a ganar dinero, me dije: "¿Y ahora qué? ¿Cuál es el estímulo?". Entonces decidí tratar de ser un músico de verdad. Ya el estímulo no era la barriga, algo que se llena rápido. Era tratar de contentar tu espíritu con el arte, algo ya más difícil. Y allí sigo.
AQUEL PRIMER CAJÓN
Hace mucho que no recorría Latinoamérica en una gira. ¿Por qué?
Hace como 15 años! Ya empiezan a cansarme los viajes tan largos. En Europa, los teatros eran maravillosos, la organización increíble y el sonido perfecto, pero yo me aburría como una ostra. Estaba loco por irme a Latinoamérica, a pesar de todo el caos en la organización de aquellos primeros conciertos. El sonido podía ser precario, pero yo era el más feliz del mundo. En Latinoamérica siento la alegría de estar vivo.
¿Qué recuerda del viaje al Perú cuando descubrió el cajón?
Eso fue decisivo. No solo para mí sino para la música en general. Siempre le llamo "el cajón peruano". Hay mucha gente que no sabe de dónde es el cajón, y yo siempre lo estoy reivindicando. Siempre hablo de Caitro Soto, que fue quien me lo vendió. Lo vi por primera vez en una fiesta en la Em de España en Lima, donde estaba con Chabuca Granda. Y tocó el cajón. Allí me dije: "Este es el instrumento que necesita el flamenco". Hasta entonces, usábamos los bongós y las congas, pero aquello era más caribeño, no sonaba a flamenco. Advertí que el cajón tenía el sonido grave de la planta del pie de un bailaor y también el agudo de su tacón. Imaginé al músico gitano tocando su cajón sentadito, llevando el instrumento bajo el brazo a cualquier fiesta. ¡Incluso lo podía usar de mesita en cualquier rincón de la casa! Era perfecto. Sé que hay mucha gente en el Perú que dice que los flamencos nos hemos robado el cajón, pero no es así. Yo siempre, a mucha honra, hablo del cajón del Perú. Estaré siempre agradecido por aquel viaje y aquella noche puntual en la que pude descubrir ese instrumento que ya no solo tocan los flamencos. Ahora cualquier grupo de rock, pop o de la música que sea tiene un cajonero.
Su famosa rumba "Entre dos aguas" (1973) era una novedosa versión del flamenco con bajo y bongós. ¿El cajón desplazó a esos instrumentos entonces?
Totalmente. Ya no hay casa flamenca en España donde no haya dos cajones. Como si llevase siglos en el flamenco. ¡La gente se volvió loca cuando volví de aquella gira! Toqué en Madrid en un parque muy grande lleno de gitanos. Era de día y podía verlos con sus hijos. Todos esos gitanitos de cinco años ahora son los cajoneros profesionales que enseñaron a los que vinieron detrás. Es algo imparable, lo hemos hecho nuestro.
EL RICO CEBICHE
Pocos saben que, además de ser un experto en la caza submarina, usted es un gran consumidor de pescado. ¿Sabe de nuestra obsesión por el cebiche?
Yo soy un loco del cebiche! He sido pescador toda la vida. En mi casita en Yucatán (México) salía a pescar regularmente. Siempre tengo en el frigorífico un bol grande de pescado cortadito con limón, cebolla y culantro, que le da mucho sabor. Siempre lo he comido y lo hago en mi casa. Me acostumbré al cebiche de pescado muy fresco, si no es del día, ya no me fío.
EL GUITARRISTA EXÓTICO
Usted ha colaborado con los grandes genios de jazz. Ahora que todos los músicos hacen fusiones, ¿cómo ve ese camino abierto por usted?
Yo siempre lo he tenido muy claro: nunca me creí lo de la fusión. Me iba a tocar con músicos de jazz porque siempre fui autodidacta, sigo sin saber música.
¿No sabe leer música? ¿Incluso luego de su extraordinaria versión del "Concierto de Aranjuez"?
Así es. Recuerdo que el "Concierto de Aranjuez" lo aprendí solo, en mi casa de Yucatán. Me encerré un mes con todos los discos, el libro del concierto y el pentagrama con el nombre de cada nota. Entonces, yo no sabía ni el valor de las notas; si una blanca era un compás entero, no sabía nada. Pero con el disco, con las notas y mirando en mis papeles, me saqué el concierto entero. Un 80% fue puro oído. Y el otro 20%, mirando las notas del pentagrama.
¿Qué le comentó el compositor Joaquín Rodrigo sobre su interpretación tan flamenca?
Cuando toqué en Madrid ese concierto, él subió al escenario. Entonces ya estaba ciego. Luego llegó al camerino y me dijo: "¡Qué exótico! ¡Qué exótico! ¡Qué exótico!" [ríe].
¿Cómo tomó el comentario del maestro?
No me sonó muy bien! Los clásicos son muy racistas [ríe]. Ese concierto está tocado como debe hacerlo un español. Los clásicos tienen un sonido muy bonito, pero no tienen idea del ritmo.
Si le pidiera escoger tres discos de los que se siente especialmente orgulloso, ¿cuáles serían?
Es difícil ser objetivo con uno mismo. Pero a lo mejor, "Siroco" o "Zyryab". El último en directo también creo que es un buen disco. Acabo de terminar uno ahora, que lo mezclé hace una semana. Es el disco que quise hacer desde que era niño, cuando en casa solo oíamos la radio. En esa época había música que se ha ido perdiendo, lo que me entristece. La canción española, que es también canción andaluza, era lo que más nos representaba. Cantantes como Marifé de Triana o Conchita Piquet dejaron verdaderas joyas. Siempre quise hacer un disco con esas canciones y no era fácil trasladarlas a una guitarra. Yo quería mucho a Marifé, que acaba de morir sin tener el reconocimiento que merecía. La lloré mucho.
¿Ya tiene nombre el disco?
Creo que le voy a poner "Canción andaluza". Se le llama canción española, pero como en mi país están todos los independentistas tirando para su lado, de pronto ya no quiero ser generoso. ¡Yo también voy a tirar para la casa! Me parece ridículo ser independentista, pero también me da rabia que nos desprecien por ser más pobres que ellos.
¿Qué piensa del peligro de que España pueda desmembrarse?
Son los políticos que van envenenando a la gente y les hacen creer cosas que no son. Cosas de la historia y de la economía. Yo detesto a los políticos por eso y por muchas cosas. Me apena mucho que el país se vaya a desmembrar, pues es el más antiguo de Europa luego de la reunificación en los tiempos de los Reyes Católicos. De pronto, ahora se quieren separar por cuestiones miserables de dinero. ¡Cabrones de los políticos! Ponlo en letra grande: ¡Cabrones de los políticos!
jueves, 20 de febrero de 2014
DESDE EL NUEVO MUNDO...
"La terraza es para descanso, no para hacer fiestas", me dice la dueña del departamento (una señora mayor que, al parecer, y tal vez con razón, tiene cierto temor a la gente joven) antes de pasar por la inmobiliaria a firmar el contrato.
Estoy en otro mundo. En un mundo que empieza a cobrar vida. Se lo digo a mi amante (sospecho que no viene cuando la llamo por mis dotes sexuales, sino por haberse aburrido de las novelas de la tv y el contacto hueco con los amigos del facebook) la noche que se quedó a dormir.
¿"A qué les tenés más miedo?" me pregunta una vez finalizada la batalla. Siento un frío en la espalda. Nuestra desnudez se intensifica. Me causa gracia su pregunta, es la última pregunta que imaginaba que una mujer le podría llegar a hacer a un hombre inmediatamente después de acabar.
No sé qué decirle. Podría hacer una lista enorme de miedos (porque podría hacer una lista enorme de deseos). Le nombro dos. Los dos más recurrentes en los último tiempos: recibir algún día una carta como la que yo envié y trabajar toda la vida rodeado de gente a la que no me interese escuchar más de cinco minutos.
Le pregunto por su mayor miedo. Me dice que teme que la consideren una mediocre. No recibirse.
Descubro que mi amante me ayuda a pensar. Hablando con ella, por ejemplo, descubrí -por ejemplo- porqué jamás pude internalizar la épica del sacrificio que tanto trató de inculcarnos mamá a mi hermano y a mi; por la simple razón que la mejor forma de transmitir algo -una actividad, un compromiso, un gusto, lo que sea- es mostrando un goce efectivo en el hecho que se quiere transmitir. Al día de hoy jamás sentí que mamá disfrutara de vivir bajo el yugo del sacrificio, el trabajo a corazón abierto de sol a sol. Toda la vida lo viví como algo que "había que hacer". Como un mandato sobre el que la propia subjetividad no tenía más remedio que disciplinarse. Que rendirse. La desidia paterna, en cambio, -jugando con el plus de la identificación de género- siempre me resultó una actitud tan desinteresada por el mundo como gozosa por ello.
La tensión vivida entre esos dos modelos fue más que evidente. Resulta difícil internalizar algo que no fue experimentado con placer por la persona que pretende transmitirlo; resulta asimismo difícil desprenderse de aquello que -sabiéndolo perjudicial para nuestras propias relaciones en el mundo- fue incorporado con la certeza de que el goce reside allí mismo y no en otro lugar.
Vuelvo a pensar los términos. Y pienso que, tal vez, donde parece haber extrema libertad no hay tal cosa, y donde parece haber un encadenamiento involuntario, puede llegar a haber un disfrute insospechado.
Seguiré revisando la bibliografía que me acompaña, entre batalla y batalla, en mi nueva casa.
sábado, 8 de febrero de 2014
CARAS Y CARETAS...
"UN MUNDO FELIZ"
Por Daniel Link para Perfil
No soy paciente, más bien todo lo contrario: la espera me arroja a los brazos de lo que más temo (el “vacío de sentido”) y me sume en un humor más munchiano que beckettiano.
Inútil es el consejo sensato de que aproveche la espera para hacer otra cosa (leer, corregir tesis, escribir mensajes desesperanzados a mis contactos de whatsapp): la espera, en mi horizonte, lo llena todo y me transforma en un átomo de tiempo paralizado.
“Esperar, esperar: ¿acaso no estamos siempre esperando a la muerte?”.
Aunque trato de no someterme al régimen de la espera, a veces no me queda más remedio que aceptarlo, por ejemplo, en la peluquería (no puedo pedir turno, por razones que nunca me quedaron claras).
En esa situación única, no me privo de hojear revistas que nunca leo (que nunca leería), porque me dejan entrever mundos desconocidos y repugnantes, como si la detención del tiempo abriera al mismo tiempo rajaduras en el espacio hacia realidades alternativas aberrantes, habitadas por seres monstruosos, donde el lenguaje es completamente otro (Yanina Screpante: "Soy una mujer conservadora"). Esperar, en ese caso, se parece para mí a un viaje vertiginoso a través de un agujero de gusano que me deposita por un rato en un universo de pesadilla y asco.
Miro la revista Hola, con sus páginas repletas de palacios, aristócratas, faranduleros ordenados todos en relación familiar (si muestran tal mujer es porque espera un hijo, si la reina abre su casa es para mostrar el ajuar de su nieta, si aparece una pintora es porque es la hija de... ¿Tinelli?).
Leo palabras que me suenan como piedras lanzadas por armas enemigas destinadas a destruir la poca confianza que me tengo en situación de espera: Blaquier, José Ignacio, Jesusita Bordeu, Andrea Casiraghi y Tatiana Santo Domingo: ¿Por qué me atacan?
Paso a otra revista todavía peor, gerenciada por una alcohólica septuagenaria célebre que aparece fotografiada cada tres páginas de su revista. Pero no es ella: el cuerpo es evidentemente de otra mujer más joven y su cara está tan digitalizada que parece un dibujo japonés (pero además feo). En esta revista no importa tanto la cosa familiar, y hay muchos más avisos (todas las caras tienen el mismo efecto de careta descompuesta).
Como esta revista es más plebeya todavía que Hola (que supone un público plebeyo, pero que habla desde una distinción que me provoca calambres estomacales), cada tanto se ve una teta, aparece un chongo, se dice una huevada.
En Hola, en cambio, todo es importante, felicidad en estado puro, los fotografiados están impecables y festejan sus cumpleaños rodeados de su familia. Nadie se droga, nadie se emborracha, nadie mete cuernos, a nadie le parece vulgar que Wanda Nara pase por Ikea para amueblar su nueva casa milanesa, y nadie parece darse cuenta de que los espera la muerte.
Casi a sopapos me sacan del horror: “¿Lo de siempre? ¿Lo de siempre?”. "No", digo: "cortame las venas".
martes, 4 de febrero de 2014
REZO POR VOS...
"A TEVEZ SE LO DEVORÓ EL JUGADOR DEL PUEBLO" (por Cristian Grosso para La Nación)
"Jugar en la selección argentina te quita prestigio." Aquella frase de Carlos Tevez quedó grabada en varios jugadores del seleccionado que tienen un sentimiento auténtico por la albiceleste. Apache la disparó en septiembre de 2011, cuando la herida por la prematura eliminación en la Copa América jugada en casa todavía estaba abierta. Nadie podía olvidar que había sido el mismo Carlitos que en diciembre de 2003, colgado del alambrado de la cancha de Racing, tras la consagración de Boca en el Apertura de aquel año, al compás de La 12, cantaba "la selección/ la selección/ se va a la p... que la parió". Pero llegarían más ejemplos de desplantes. En junio de 2012, mientras sus ahora ex compañeros remaban por América del Sur para enderezar la clasificación hacia Brasil 2014, Tevez doblaba la apuesta: "No extraño a la selección. Mirándola desde afuera estoy más contento. Me gustó el equipo, pero yo por ahora no quiero estar". ¿Por ahora, dijo? ¿Acaso Tevez iba a seguir eligiendo los momentos en los que se le ocurriría estar con la selección? El grupo se hartó de sus divismos y su amor camaleónico por la camiseta. Y el enojo le dura hasta hoy.
No es un capricho; sobran antecedentes porque Tevez se encargó de sembrarlos. Nadie duda de su jerarquía, pero también es cierto que se transformó en un especialista en ganarse lugares que no estaban reservados para él. Una, dos, tres veces..., ¿hasta cuándo?, se preguntan hoy en la intimidad de Ezeiza. En la Copa América de Perú 2004 comenzó relegado detrás del tridente César Delgado, Saviola y Kily González..., pero él terminó jugando. En el Mundial 2006, Crespo y Saviola eran los titulares de Pekerman..., pero él terminó jugando. En la Copa América 2007, Messi y Crespo atacaban en la formación de Basile, pero al desgarrarse Crespo, y cuando el reemplazante natural era Diego Milito..., terminó jugando Tevez. Para Sudáfrica 2010 se reiteró la historia, porque Maradona no lo tenía entre los titulares, pero con calculado desenfado... él terminó jugando.
Claro que el punto de quiebre llegó con la Copa América de 2011. Sergio Batista, obediente de directivas superiores, había borrado a Tevez de la selección. Carlitos había estado en el principio de su ciclo, participando de las tres primeras convocatorias (Irlanda, España y Japón). Pero ya estaba marcado por Julio Grondona, que no le perdonaba a Carlitos haber defendido de manera tan encendida el ciclo Maradona, que con su habitual desproporción, en Sudáfrica había afirmado: "Tevez es el ídolo del pueblo. Está por encima de Messi y de mí". Grondona le había pedido a Batista que progresivamente fuera prescindiendo de dos rebeldes: uno era Tevez, el otro, Heinze. Con ambos, Grondona había discutido en Dublín, en agosto de 2010, cuando Batista todavía era interino. Heinze ya no volvió más tras el cuarto amistoso del ciclo (1-0 a Brasil, en Doha). Y Tevez tampoco. Pudo jugar este amistoso con Brasil, pero adujo una lesión que, sospechosamente, cuatro días después sí le permitió jugar para su club de entonces, Manchester City.
Tevez estaba afuera de la selección, pese a que coqueteaba, como el día que le marcó dos goles a Stoke City y ante las cámaras de TV besó sus canilleras que simulaban la bandera argentina. Por entonces, Checho viajaba a Inglaterra y en Manchester sólo visitaba a Pablo Zabaleta. La relación estaba quebrada y sólo se reactivaba con algún cruce mediático. Hasta que se desató un operativo clamor. Agitado por el propio Tevez, con fuertes laderos mediáticos y políticos. José Luis Brown y Chirola Rodríguez, ayudantes de Batista, en gira por Inglaterra, intentaron tranquilizarlo. "A la Copa América no, pero a Brasil sí vas a ir?" Le prometieron para que se calmara, pero no lo consiguieron: "Si no estoy en la Copa América, que se olvide de mí..."
El 30 de mayo de 2011, a un mes de la apertura de la Copa América, Carlitos seguía afuera. Ese día, presentaba obras junto con el gobernador Daniel Scioli en Fuerte Apache. El dirigente hacía un fuerte llamado por la inclusión de Tevez, que en la jornada siguiente, en una lista preliminar de 26 nombres, reaparecía en la selección. Por entonces, mientras Tevez presentaba su fundación en el hotel Sofitel La Reserva, en Río Luján, singularmente acompañado por Scioli, se cocinaba su regreso a la selección.
La campaña de presión estaba en su punto más alto. Y en la casa de Chirola Rodríguez, en Villa Urquiza, Tevez, Grondona y Batista acordaban el reencuentro. Incluso, cuentan que Tevez hasta desplegó un ardid algo extorsivo, haciendo referencia a sus vínculos políticos y fuerte tracción popular. Por esas horas de principio de junio, Carlitos con su equipo de Fuerte Apache le ganaba 14 a 11 un amistoso a Scioli y su equipo de Villa La Ñata, en un encuentro a beneficio de las escuelas del Delta. La sociedad no se despegaba.
Finalmente Batista dejó afuera de la lista a Monzón, Valeri y Enzo Pérez. Tevez, adentro. Checho explicó por entonces que nunca habían tenido diferencias y elogió a Tevez. Pero en octubre del año pasado se sinceró: "Hubo presiones externas para que estuviera. Traté de manejarlo hasta lo último, pero era difícil. La presión llegó de arriba, presión de AFA y presión política. Y sí, en ese momento tuve ganas de irme", confesó. Pero no lo hizo; si explicaba la verdad, era un escándalo. Cedió. Y el grupo le explotó ante sus ojos. Perdió el respeto y el liderazgo de ese plantel que se preparaba para intentar quebrar el maleficio de 18 años sin títulos con la selección.
Tevez regresó a un grupo que nunca había sido consultado y que ya no lo veía con simpatía. No había un tema específico en su contra, pero sí molestaba ese perfil alto que es capaz de desatar un tsunami en un vaso. Y algo mucho peor: apareció con varios kilos de más, fuera de forma y con exigencias, como dormir en un cuarto solo o cambiarse aparte en el vestuario. ¿Algo más? Sí, debía jugar. Increíblemente estuvo entre los titulares en los dos primeros partidos (Bolivia, 4 para La Nación; y Colombia, 3 para La Nación) como extremo izquierdo. En el tercero fue suplente y estalló: "Yo soy 9, no puedo jugar por los costados". No sólo se había puesto en la selección, sino que ponía condiciones. El grupo estaba enfurecido. La historia terminó con la rápida eliminación en 4tos de final ante Uruguay, en Santa Fe, por penales?, con todo un simbolismo: Tevez entró en el segundo tiempo y pateó el último, el que certificó otro fracaso albiceleste cuando se lo atajó Muslera.
La situación eyectó a Batista, a quien ya no respaldaba nadie. Tevez y la selección se distanciaron para no volver a cruzarse. Nació el ciclo Sabella y la refundación llegó con resultados sin Carlitos. Nadie lo extrañó, ni lo necesitó, ni lo pidió. Los Cuatro Fantásticos se hicieron cargo. Justo, los delanteros. Ellos, el sello distintivo que dispara las ilusiones en Brasil 2014. Y creció Messi, que durante la ausencia de Tevez se diplomó de líder y capitán, dando ese salto de madurez que tanto le reclamaban. Un líder austero, generoso y determinante. Todos se alinearon detrás suyo.
Entonces, ¿están peleados Messi y Tevez? Nunca existió una discusión puntual, pero no son amigos. Hoy, aun sin el carisma de Carlitos, el rey del mundo es Leo. Y sus compañeros lo reverencian, entre admiración y gratitud. Es su capitán, y se lo ganó dentro y fuera de la cancha. Nunca se borró ni eligió cuando estar ni le pidió protección a ningún padrino. Carlos tiene su ego, grande, se convenció de que es el jugador del pueblo. Cualquier encuesta lo respalda. Respeta y hasta aprecia a Messi, pero, hoy crack en Juventus, siente que puede mirarlo de igual a igual. Que no debe estar un peldaño abajo.
El grupo ahora también sospecha que él ha fogoneado esta operación mediática que, creer o reventar, en las últimas horas sumó una voz familiar, la de Daniel Scioli. "Quiero que lo convoquen. Lo conozco muy bien desde lo humano y desde lo futbolístico y es un gran tipo. Me gustaría que en la definición del Mundial haya un hombre como él. Es un motivador, tiene una garra tremenda, y la camiseta bien puesta. Por eso, quisiera que esté en este gran equipo", reclamó el gobernador bonaerense. Scioli acaba de ir de nuevo a la carga para avivar, como en 2011, el operativo clamor. El íntimo riñón de Grondona se encarga de distribuir que el patrón ya no tiene inconvenientes en que Tevez renazca en la selección. Y varios medios ululan con insistencia para instalar el tema. A Sabella lo arrinconan en un escenario incómodo, pero como capitán del grupo, les tendría que tener más miedo a las concesiones que rebotan en la intimidad que al reclamo popular y a las presiones. Políticas o comerciales. Vengan de donde vengan
jueves, 30 de enero de 2014
SILBANDO Y SIN RENCOR...
"ZAFAR" (LA VELA PUERCA)
Soy de la cuidad con todo lo que ves
Con su ruido, con su gente, consume vejez
Y no puedo evitar, el humo que entra hoy
Pero igual sigo creciendo, soy otro carbón
No voy a imaginar, la pena en los demás
Compro aire y si es puro, pago mucho más
No voy a tolerar, que ya no tengan fe
Que se bajen los brazos, que no haya lucidez.
Me voy, volando por ahí
Y estoy, convencido de ir
Me voy, silbando y sin rencor
Y estoy, zafando del olor.
Me encontré con la gente, que sabe valorar
Que de turista en la capital,
han sabido vagar...
Y no ha encarado al fin la cruda realidad
De respirar hollín, de llorar alquitrán
Y empiezo a envejecer, sudando mi verdad
Criado pa´ toser, con mucha variedad
Y adonde ir a para, cargando con mi olor
Deberíamos andar desnudos pa´ sentirnos mejor.
Me voy, volando por ahí
Y estoy, convencido de ir
Me voy, silbando y sin rencor
Y estoy, zafando del olor.
En las mudanzas -es lógico- encontramos y perdemos cosas. Encontré, por ejemplo, fotos que hacía años no veía; fotos que consideraba perdidas para siempre. Lo que, tal vez, perdí para siempre fue uno de los libros esenciales de mi vida: "Conversaciones con Emile Cioran"
Hacía rato que lo venía buscando y nada. Pensé que, finalmente, iba a aparecer el día que remueva toda las cosas de la casa (no sólo la biblioteca). Ese día llegó y el libro sigue desaparecido. Consulto a mis amigos lectores y tampoco tienen noticias.
Del mismo modo que se puede matar a un libro (yo maté en la hoguera de la parrilla a "El flaco" de Feinman), empiezo a considerar la posibilidad de que el libro en cuestión haya rendido homenaje al espíritu que surge del texto y se haya suicidado.
Que haya visto el título de otro de mis libros ("Suicidos ejemplares") y haya pensado que ese título se corresponde con su propio contenido y que -entonces- no quedaba más opción que dejarse llevar por la coherencia.
No está. Ni vivo ni muerto. Es un desaparecido.
Es un desaparecido, sí, porque estaba vivo, y un libro vivo es ese que me mantiene despierto.
Cioran se habrá extraviado en algún recoveco de la casa a la que no tengo acceso. Aún así me voy. No lo puedo esperar. La invitación que me están haciendo es muy tentadora; me están pidiendo por favor que salga de cuadro, algo que yo también estaba pidiendo hace rato.
Una mano maestra para empezar a delinear las sombras finales del paisaje después de la batalla.
Y ahora se inclina la balanza. Y ahora pido yo.
martes, 28 de enero de 2014
EN ESTAS TIERRAS...
"EL QUIJOTE Y LA POLÍTICA" (por Martín Kohan para Perfil)
¿Qué es, quién es Nicolás del Caño? Es el diputado que rechazó, por considerarlo abusivo, el aumento de las dietas parlamentarias dispuesto para este comienzo de año.
Y que ha decidido poner en cuestión, más aun, la escala de las remuneraciones de los representantes del pueblo, que resulta obscena si se toma como parámetro el promedio de los ingresos de los trabajadores en la Argentina.
No se trata de generalizar la miseria ni tampoco de nivelar para abajo, no se trata de algún voto de pobreza ni mucho menos de un falaz mimetismo de clase con el reino de los despojados. Pero mucho menos se trata de un caso de quijotismo de cámara (alta o baja), no es el caso del idealista solitario que emprende hermosas batallas locas pero singulares.
Elogiar a Nicolás del Caño, pero por separado, destacarlo, pero aislarlo, no deja de ser un modo de despolitizar la cuestión. Porque la postura adoptada por Del Caño responde a la plataforma del PTS, integrante del Frente de Izquierda. Y se propone someter a discusión el sentido mismo de la representación, nudo conceptual del orden político de esta era. No hay en esto una atracción por la indigencia (es justo al revés), tampoco un escamoteo de las diferencias de clase (es exactamente lo contrario). Lo que hay es un cuestionamiento a esa torsión del representar por la cual, por ejemplo, los dirigentes sindicales dejan de trabajar para siempre, pasan a vivir entre lujos y hasta se convierten en empresarios del sector respectivo, es decir, en parte de la patronal. O bien a esos conductores de proyectos populares que cultivan la riqueza, la acumulan y la fortifican, multimillonarios sin la más mínima intención de ruptura que sueñan con la ventura de los pobres: un futuro en el que los trabajadores puedan concurrir a los hoteles de lujo situados en hermosas tierras, cuando son ellos los dueños de los hoteles y también de las hermosas tierras.
jueves, 23 de enero de 2014
TE DOY MIS OJOS...
LOS DOS HEMISFERIOS
Nunca supe muy bien qué éramos. Sabía bien lo que hacíamos: acostarnos. Pero, al día de hoy, no puedo encontrar la palabra que defina la calidad de nuestros encuentros en aquellas largas jornadas sexuales a las que fuimos adictos. Mi obsesión por las nomenclaturas, por llamar las "cosas por su nombre", como decía mi abuelo, no me da tregua. ¿Amantes? ¿Pero acaso para ser un "amante" no hace falta -necesariamente- que se configure una infidelidad? ¿O también se puede ser amante sin que exista una pareja oficial, cuyos derechos reales sobre el cuerpo de la mujer (o del hombre) estén siendo vulnerados por un tercero? ¿O bastará para ser amante que no se "ame" más que el propio cuerpo, la pura composición de la carne que, envuelta en el remolino incesante de sus fluidos (el sudor, la saliva, los flujos masculinos y femeninos), se deje llevar por la oscuridad del deseo hacia el fondo de las sábanas?
Porque el amante no ama. Yo, que no me reconozco como amante, me acuesto y no amo.
Y no amar, en algún momento, me empezó a parecer algo increíblemente excitante. Pensaba -pienso-que cuanto menos amor hay, más libertad.
Y Carla, mi amante, no guardaba nada de amor en su interior; su cuerpo era muy libre. Me recibía una o dos veces por semana en su departamento. Hablábamos muy poco. Nunca me quedó claro si trabajaba en una agencia de viajes o en una de publicidad, o en una de publicidad por la que tenía que viajar con frecuencia. Nunca tampoco me importó sacarme la duda. Sólo me importaba eso que pasaba entre nuestros cuerpos; entre nuestras manos y nuestras lenguas. Las lenguas se encontraban lo mínimo e indispensable para encender el fuego, y luego seguían camino al sur, hasta alojarse mansamente, largamente, en la entrepierna del otro. De la suya, al poco tiempo, brotaba un manantial pastoso, señal evidente de que una nueva fase del acto estaba en marcha. Entonces me subía y la bombeaba, variando periódicamente el ritmo, agarrándola de la cabeza, clavando la vista en la almohada. Un breve estremecimiento y nuestros cuerpos volvían a ser dos; el suyo con las piernas abiertas sobre las sábanas, con pequeñas cascadas de semen en el abdomen; el mío levemente vuelto hacia la puerta de la habitación, como buscando llenar el pecho de una ráfaga de aire fresco que se filtrara por al ventana.
Así nuestros primeros encuentros. Pero hubo otros y variados. Tal vez todo cambió la noche que, mientras ella se bañaba, descubrí su colección de películas pornográficas. En ese momento pensé que ya estaba en condiciones de etiquetar nuestro vínculo: "es un amigo" pensé. Pero después me representé la situación de dos amigos encamándose, y la repulsión que me produjo hizo que todo volviera a la nada puramente sexual del comienzo. Otra vez sexo sin envasar.
Carla, mi amante sin amor, tenía videos porno. Pero no sólo eran videos porno, sino que eran videos porno sadomasoquistas. Nunca disfruté de ese tipo de pornografía; me parecía que escondía -o que exhibía mejor dicho- un tipo de perversión chocante para mi propia sexualidad. Sin llegar a producirme la aversión que me producían los videos que incluyen relaciones entre mujeres con animales, o de viejos con embarazadas, lo cierto es que la violencia nunca estuvo, hasta ese entonces, relaciona con mi forma de vivir la sexualidad.
De pronto me sentí excitado por la posibilidad de violentar a mi compañera a la hora del sexo. Sentí que iba a ser más libre (más libre de lo que ya era por la ausencia de amor) y que esa libertad iba a potenciar el goce hasta niveles insospechados.
Y así fue. La tomé del pelo apenas salió del baño y la empecé a arrastrar hacia la pieza. Al principio me miró espantada, pero -al llegar a la cama- su cara se había transformado; empezó a morderme la boca, la lengua, el cuello. Me dolía, no entendía bien lo que estaba pasando, pero sí estaba decidido a dejar que las cosas siguieran por el curso en el que se habían iniciado. Rápidamente me encontré desnudo, crucificado en forma horizontal, mientras una perra hambrienta devoraba mi cuerpo a tarascones.
Esa noche, antes de quedarnos dormidos, nos miramos a los ojos. Nunca antes nos habíamos mirado a los ojos después de la batalla sexual; la rendición de nuestros cuerpos siempre era en solitario, como si la cama estuviera compuesta por dos hemisferios que, en determinado momento, pierden la conexión el uno con el otro.
Una vez, en plena faena, le pegué un cachetazo. Ella se excitó, vi asomar de su boca una lengua burlona como pidiendo más, pero no pude seguir. Entonces repetí el único gesto de violencia del que había sido capaz (tomarla con fuerza del pelo y llevarla hasta la habitación) y la penetré tan fuerte como pude. Esa noche volvimos a dormir en nuestros propios mundo, sin mirarnos a los ojos antes de apagar la luz.
Pasaron varios meses en los que no nos volvimos a ver. En ese tiempo no hice cosas extraordinarias: me dediqué a buscar un departamento para vivir, intercambié cartas acusatorias con mi papá y escribí algunas historias que siguen haciendo cola para nacer.
Su llamado, anoche, me tomó por sorpresa. Su tono no tenía nada de la parquedad habitual con la que solía citarme a su departamento. Me dijo que me esperaba, que tenía ganas de verme, que la íbamos a pasar bien. Me incomodó un poco sentir su ansiedad; también me calentó.
Llegué muy nervioso. Me sentía un adolescente virginal tocando el timbre, solo, en un privado de mala muerte. Ella me recibió como siempre y -también como siempre- sin mediar palabra me llevó hasta la habitación. Mientras nos desvestíamos, se escuchó el ruido de unas llaves del otro lado de la puerta de entrada del departamento. Me incorporé de un salto. Carla no; permaneció tirada en la cama, con los pechos al aire, la lengua burlona apuntándome al corazón. Mientras registraba mi palidez, me señaló el placard. Pensé que la situación no era cierta, que esas escenas de película nunca pasaban en la vida real; pero ahí estaba yo, desnudo, juntando mi ropa con desesperación mientras me encerraba para esconderme del visitante inesperado. ¿Su esposo? Poco probable. ¿Un novio? Tal vez. ¿Otro amante? Seguramente.
Desde mi oscuridad absoluta advertí que el ruido de las llaves se transformó en una serie de pasos y esa serie de pasos en una voz grave que llamaba a la dueña de casa. Ella contestó y la voz grave se hizo presente en la habitación. Comencé a sentir el roce de los cuerpos, la lucha de las manos. Ella le pedía que fuera un hombre de verdad. El le decía que sí, que ya iba a ver. "Ya vas a ver putita", dijo.
Después vino el movimiento. Las sacudidas acompañadas del chillido de la cama, ese chillido que yo conocía también y del que -increíblemente- estaba siendo un testigo oculto y no su protagonista. De pronto escuché un golpe. Seco, fuerte. Después otro. Y otro. El primer golpe me sobresaltó. Cuando escuché el segundo, mi frente y mis manos se entibiaron.
"¿Así que me engañas? ¿Así que cogés con otros?". El tono intimidatorio de las preguntas no impidieron que, en mi encierro, bajara la bragueta del pantalón para sacar el miembro, erecto, al aire. Para cuando llegó el próximo golpe, mi mano derecha iba y venía, descontrolada, al tiempo que cerraba los ojos imaginándome siendo parte de la escena que transcurría a pocos metros.
"Basta!" se escuchó, una y otra vez. Pero no había terminado el castigo. La estaba lastimando. A los ruidos secos y fuertes le siguieron ráfagas de aire, que, desde mi oscuridad masturbadora, adiviné como la hebilla del cinturón sacudiendo el cuerpo de Carla.
Un alarido final coincidió con mi eyaculación. Después un silencio seguido de un sollozo. La voz grave marcando con firmeza que no joda más con él, mientras sus pasos emprenden el camino de regreso hacia la puerta del departamento, y de allí a la calle.
Abrí la puerta del placard con lentitud. Carla estaba sentada en el suelo, llorando, de espaldas a mi. Se miraba las manos temblorosas. Franjas anaranjadas le cubrían la espalda desnuda. Trataba de ponerse de pie sin conseguirlo.
Salí de la habitación rumbo a la puerta. No veía las llaves por ningún lado, así que me asomé al balcón, evalué que ese primer piso era un desafío que podía pasar exitosamente, y salté a la calle.
Fue la mirada de una mujer en el colectivo la que me advirtió que tenía el cierre de la bragueta bajo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)