Nuestro amigo llega de España hoy. No creo que el grupo se mantenga,
despuès de haber terminado el secundario hace ya quince años, por
cuestiones de "afinidad profesional" (poco tienen que ver un mèdico, un
abogado, un psicoanalista y un lic. en administraciòn de empresas),
tampoco por una concordancia total en nuestras preferencias en cuanto al
cine, la polìtica, las mujeres, el fùtbol o la mùsica (en todos esos
planos tenemos acuerdos y divergencias), sino por otra cosa,
por otro tema. Tal vez el tema del que menos hablamos, pero que -de
algùn modo- està ahì, siempre presente y siempre solapado por el efecto
de las risas y el tabaco.
Algo curioso: me cuenta mi vieja que, en
las reuniones de padres del colegio, siempre coincidìa en sentarse con
las mismas madres; las madres que resultaron ser las madres de mis
amigos. Y esa coincidencia, sospecho, no terminò siendo sòlo una
derivaciòn lògica del vìnculo que habìan establecido sus hijos. Tal vez
habìa entre ellas, aùn sin decirlo una a la otra, algo que tenìan en
comùn, algo que estaba en el aire -en su aire- y que excedìa la amistad
de sus hijos.
Tal vez. No lo puedo asegurar, desde ya. Ellos tampoco podràn asegurarlo ni descartarlo de plano
Sòlo podemos asegurar la cena de esta noche. El brindis por los pequeños vicios de esta noche.
"CONVENCIONALES CONVENCIONES" Por Martìn Kohan para Perfil.
A mí personalmente me encantó la convención radical de la otra noche,
incluidos sus incidentes y su desfile de desgarrados por la historia.
Ernesto Sanz estuvo bárbaro con su giro a la derecha espesa y rancia;
mucho mejor, para mi gusto, que los coqueteos de centroizquierda en los
que se emplearon hasta hace poco, con un esmero político que hoy se nos
revela laborioso, si es que no lisa y llanamente impostado. Mejor hacer,
al fin de cuentas, lo que hizo Sanz, o lo que antes hizo Carrió, y
ganamos los argentinos en tiempo y en sinceridad.
Porque después queda el radicalismo en el Gobierno, con sus banderas
progresistas y populares, y hay fusilamientos en la Patagonia o dobles
masacres en solamente una semana, como sucedió con Yrigoyen; o proyectos
que ilusionan (y los integrantes del grupo Contorno no eran
precisamente ingenuos) para pasar de inmediato a la traición, como
sucedió con Arturo Frondizi; o desplantes a la voluntad ciudadana
mediante la interdicción de sufragios, como sucedió con Arturo Illia; o
alianzas soi disant de centroizquierda que pusieron de ministro a
Domingo Cavallo y concluyeron a matanza limpia en plena Plaza de Mayo,
como sucedió con Fernando de la Rúa.
Sanz nos ayuda así a percibir que en “centroizquierda” no hay ninguna
fusión, sino más bien un oxímoron (por eso nunca los voto, ni voto
tampoco a los peronistas). La cosa se tuerce a la corta o a la larga,
como se torcieron la boca de Binner, la voz de Solanas, los ojos de
Tumini, con la implosión autodetonada de ese proyecto de República que
hasta hace unos días se llamaba UNEN.
David Viñas solía hablar de los que se suben al caballo por la
izquierda pero se terminan bajando por la derecha. Preferible es verlos
subirse por la derecha, ya que les sienta, antes de empezar con el trote
o el galope. Porque después, a menudo, no se bajan sino que se caen, y
en el porrazo nos golpeamos todos.
ENTREVISTA A JUAN JOSÈ BECERRA PARA PLIEGO SUELTO
La interpretación de un libro es el reflejo de la
desregularización de los géneros literarios, ya que puede leerse como
una novela, un ensayo, una crítica de arte o un tratado de amor. ¿Cuál
es tu reflexión al respecto?
Creo que la novela es un metabolismo monstruoso capaz de asimilar
cualquier cosa. Me gusta mucho una imagen animada de Disney, de hace mil
años, en la que un avestruz se come una radio portátil. Eso es tener un
metabolismo de novela. La novela es omnívora, por lo tanto el ensayo,
el tratado de amor y la crítica de arte son solo los platos del día de
una dieta mucho más vasta. Una novela, si quiere, puede comerse una guía
telefónica que no le va a pasar nada.
Dices también que la diferencia entre el ensayo y la ficción
es la misma que hay entre nadar y bucear, ¿cómo llegaste a esta
conclusión?
Hundiéndome un poco. Las diferencias saltan a la vista frente a la
experiencia de escribir cada cosa. El ensayo y la crónica son géneros
más “seguros” que la ficción. La razón es que las referencias siempre
están disponibles para acudir en nuestro auxilio. Son géneros en los que
el vértigo y el desamparo que produce escribir ficción desaparecen. El
ensayista evita ese vértigo con las citas, y el cronista lo evita con
los viajes. Esas son sus redes de seguridad. No empezó a escribir que ya
tiene algo firme donde apoyarse. La ficción, en cambio, establece una
relación densa con la intimidad del escritor. Mi sentimiento, que
equivale a una teoría sensible de la ficción, es que a las novelas uno
las escribe desde adentro, mientras que al ensayo y a la crónica se los
escribe desde afuera. Por lo tanto, el ensayo y la crónica son deportes
de superficie, mientras que la ficción es un deporte de las
profundidades, o de las alturas, según cómo se mire. Por supuesto, esto
no es una regla. Los ensayos de Benjamin y Barthes pueden desmentir lo
que digo por un lado; y por el otro, también pueden desmentirme las
“ficciones” de Paulo Coelho.
¿Qué metodologías has aplicado a la hora de representar
conceptos complejos como los binomios escritor-lector, escritura-lectura
y literatura-vida cotidiana, mientras se lee y escribe una novela
dentro de una novela?
Sospecho
que los sistemas de representación en la literatura se dan por una suma
de combinaciones espontáneas. Tan claro es para mí no registrar el
método que creo que el arte literario tiene sus mejores momentos en la
improvisación y el error de cálculo. Después de escribir un libro uno
puede deducir el proceso que lo compuso, pero definir el método de
antemano es darle todas las herramientas de la literatura al control, es
decir a la represión. ¿Cuál era el método de Cervantes si no el de ir
hacia adelante? ¿Y cuál era el de Proust si no el de ir hacia atrás? ¿Y
cuál era el de Beckett si no el de quedarse donde estaba? En los tres
casos hay deriva literaria e inconciencia. Sinceramente, prefiero una
novela malograda a esas novelitas metódicas e industriales que atestan
las librerías. La escritura se da por impulsos indescifrables que se van
conectando entre sí. Aceptemos que sea el cerebro con todos sus
cortocircuitos y fallas geológicas el que haga el trabajo literario,
pero no aceptemos que lo haga la conciencia. La conciencia es un dique
que detiene el cauce de la literatura. Tener un método para escribir es
tan inútil como tenerlo para vivir. En cuanto a la lectura y la
escritura, creo que son partes irremplazables de la experiencia
literaria. Si falta una parte no existe ninguna de las dos.
En una entrevista con El País
afirmaste que “La literatura es como una religión marginal: se vive con
intensidad pero cada vez afecta a menos gente de manera íntima”.
¿Podrías ampliar esta idea?
Para el lector de literatura, la literatura es sagrada. Esa sería su
condición religiosa, aunque se trate de un arte marginal. Lo mismo vale
para el lector de autoayuda, de gastronomía o de matemáticas, para el
que sus lecturas también son sagradas. En cuanto a la marginalidad de la
literatura, es algo que está a la vista. La literatura es una estrella
que se está apagando, pero allí donde se mantenga viva seguirá siendo
una experiencia intensa, la única que todavía puede competir con la
vida.
Si bien en La interpretación de un libro se toma al
libro como un fetiche y objeto de culto, ¿cuál es tu reflexión sobre la
lectura y nuevas tecnologías a través de la irrupción de los blogs, los e-books y las redes sociales?
Creo que en mi novela el fetiche es la literatura, no el libro.
Cualquiera escribe un libro. Pero la literatura sigue siendo un milagro
que se produce de vez en cuando. Las nuevas tecnologías, como todas las
herramientas de progreso, dan un paso adelante y otro hacia atrás. Las
redes son horizontales, y esa farsa democrática es su gracia. La
desgracia es la catarsis demencial de los millones de comentarios y
opiniones que sostienen ese mundo. En general, las redes no producen
pensamiento sino rechazos y adhesiones acerca de los pensamientos o los
actos de terceros, dos actitudes reaccionarias, salvajes y
preintelectuales. Lo dominante es el chisme y un escaso conocimiento de
causa de los fenómenos que se juzgan. Por supuesto que en ese río
revuelto puede pescarse algo, pero lo veo como una máquina que transmite
casi exclusivamente pasiones sociales, es decir como un impulso
infantil actuando en un escenario adulto llamado sociedad. Pero la
transmisión franca de los contenidos en las redes sociales puede
producir acontecimientos benéficos. Las publicaciones de Wikileaks son
la prueba del milagro que pueden generar las redes y, también, la prueba
de que su fuerte es la transmisión y no la producción de contenidos.
Las nuevas tecnologías tienen más que ver con el perfil conductor del
alambre de cobre o de las cañerías aquasystem que con una usina de ideas. Del e-book,
por supuesto, estoy a favor porque es el soporte que puede filtrar
propuestas independientes y a bajo costo en un mercado gobernado por las
mafias del mal gusto.
Los cuadros de Edward Hopper te han servido como hilo
conductor en tu libro porque expresan orfandad y claustrofobia urbana.
¿Qué otros elementos has tomado del lenguaje pictórico y cinematográfico
para insertarlos en la obra?
Hay necesidades que van surgiendo cuando se escribe una novela. Son
necesidades inesperadas. De pronto, la novela pide algo: un escenario
nuevo, otro personaje, un accidente. Las respuestas a esas necesidades
son inmediatas y no están meditadas. Son pequeños incendios que uno va
apagando, o avivando. Al monoambiente1 del novelista Mastandrea le hacía falta una decoración de interiores, por no decir que le hacía falta “vida”. Entonces su groupie
decide intervenir esa hoja en blanco con imágenes en las que sólo ella
esté presente. ¿Y quién otro que Hopper para representar mujeres
entregadas al vicio de la lectura? Pero no veo esa intervención como la
de meros cuadros colgados. Más bien son proyecciones en las que se
descifra el presente y también el porvenir de la relación entre el
novelista y su lectora. La aparición de imágenes de Marilyn Monroe, en
cambio, obedece a mi fascinación por las fotos en las que aparece
leyendo a Joyce. Semejante belleza sometida a la pasión de una
literatura exigente… Además, Marilyn Monroe cumple una función ambigua,
porque ¿a qué mundo podemos decir que pertenece? ¿Al de la realidad o al
de la ficción? Todavía no lo sabemos.
La interpretación de un libro, ¿nace como una prolongación de tu novela Miles de años (2004) o tomas sus referentes como pretexto creativo para una nueva historia?
Es una novela de convalecencia que nace como “cura” de una novela
larga que estuve escribiendo durante varios años. Sólo quería que fuese
breve y contara la historia de un escritor argentino vanidoso y
fracasado, valgan las redundancias. La vanidad aparece más o menos
saciada por la devoción que una lectora siente por él, mientras que la
prueba del fracaso es la única novela que pudo escribir en su vida y que
se llama Una eternidad, nombre de fantasía de mi novela Miles de años.
Si consideramos que la literatura es una zona franca donde al derecho
lo hace uno, ¿qué me impedía ejecutar esa maniobra de autorrobo? Después
de todo, la ficción es una realidad con los nombres cambiados. Lo
curioso fue el hecho de que una novela escrita y publicada, y por lo
tanto un objeto de la realidad, pudiera tener “otra vida” en una
dimensión distinta.
Al tratarse de la intrahistoria de un novelista argentino,
¿qué cosas en común tiene Juan José Becerra con su personaje Mariano
Mastandrea?
Hay una cuestión que podemos llamar documental, y es que mi novela Miles de años estuvo de saldo en la calle Corrientes de Buenos Aires como lo está Una eternidad en La interpretación de un libro. Un día mi madre compró cinco ejemplares de mi libro de saldo –cada ejemplar valía la mitad de un diario– y me sentí un best seller. Esa podría haber sido otra versión de La interpretación de un libro,
la del novelista que tiene en su madre a la única persona en el mundo
capaz de leer sus libros. Un poco lo que le ocurrió a Borges antes de su
consagración.
¿Cómo surgió la idea de incorporar en la trama al personaje de Camila Pereyra, “la loca de los libros”?
Necesitaba una lectora loca que leyera con el cuerpo. La locura es un
poder que sirve para una sola cosa, por eso su fuerza es tan
extraordinaria. En este caso, Camila Pereyra, “la loca de los libros”,
debía cumplir con ese cometido. Es un personaje que bien podría ser la
bisnieta de Ema Bovary o la hija de Annie Wilkes, de Stephen King. O ser
alguien situada entre ambas, a mitad de camino del sacrificio y el
terror. Pero en el fondo, no hay duda que flamea la referencia
cervantina y mi idea, que ahora descubro, de que Alonso Quijano es un
personaje femenino.
Volviendo al tema de Miles de años, los personajes
de Castellanos y Julia aparecen otra vez, del mismo modo que la
situación en que alguien abandona a alguien. ¿Consideras a La interpretación de un libro como una reflexión sobre el desamparo amoroso?
Sí, por supuesto. La entrada y la salida son los dos momentos más intensos del amor. Ahora que lo pienso, La interpretación de un libro
está dividida en dos partes: “principio” y “final”. En las separaciones
hay tanto o más amor que en la etapa de enamoramiento, y muchísima más
energía, aunque se trate de una energía radiactiva
.
La interpretación de un libro es el primer volumen tuyo que se publica en España, ¿podrías hablarnos de otros títulos?, por ejemplo, de los ensayos: Grasa. Retratos de la vulgaridad argentina y Vaca.Viaje a la pampa carnívora (2007), así como de Patriotas (2009).
Voy a traducir el espíritu de esos libros. Un Grasa2
español no hubiera excluido críticas de la imagen pública de Iñaki
Urdangarín, el ex presidente Aznar, la Duquesa de Alba y Cristiano
Ronaldo. Patriotas hubiera analizado el discurso de obispos,
rabinos, políticos y editorialistas de la ultraderecha española que
condescienden tácticamente a disfrazar con buenos modales su violencia
ideológica. Y Vaca-Viaje a la pampa carnívora se hubiera llamado Cerdo ibérico-Viaje a las dehesas de Guijuelo.
Estas son las traducciones que encuentro. En todos los casos se trata
de atacar el sentido común, cuyo vehículo es esa lengua muerta que
millones de personas hablan sin detenerse nunca a pensar qué es lo que
están diciendo y por qué.
¿Qué semejanzas y diferencias encuentras en tus novelas Santo (1994), Atlántida (2001), Miles de años (2004) y Toda la verdad (2010)?
Las semejanzas radican en que en todas está presente el amor como un
problema sin solución. Las diferencias, en que me parece que cada uno de
mis libros es una posibilidad de negar el anterior. Después de escribir
un libro, me digo: “yo no fui”. Como si sólo fuese posible ser el
escritor del libro por venir.
¿Cómo surge la posibilidad de publicar con Candaya, una editorial independiente que siempre apuesta por escritores innovadores tanto de España como de América?
De casualidad. Diómedes Cordero, un amigo venezolano que tenemos en común con Paco Robles y Olga Martínez, de Candaya, leyó el Word de La interpretación de un libro
y por iniciativa propia recomendó publicarla. Y aquí estamos. La
literatura tiene un gran poder de penetración a través de las
ramificaciones del contrabando hormiga. Digamos que a la mafia mala del
mercado le respondemos con la mafia buena de los conspiradores.
¿Qué significan para ti conceptos como la fama y el mercado?
Nada.
Desde España existe una percepción de que Cortázar y Borges
han monopolizado el discurso de los escritores de Argentina, ¿qué
piensas sobre este tema?
Que esa época ya pasó. También pasó la época posterior, cuyos polos
eran Juan José Saer y César Aira. Ahora se escribe de espaldas a todo el
mundo y la ficción argentina goza como nunca antes del descontrol.
¿Cómo observas la escena literaria en España e Hispanoamérica? ¿Qué autores lees o recomiendas?
Recomiendo los dos últimos que leí: Oremos por nuestros pasaportes, de Mercedes Cebrián; y La historia del dinero, de Alan Pauls, próximo a salir. Con esto saldo las relaciones argentino-españolas tan conmovidas por el caso Repsol.
¿Qué opinión tienes del llamado periodismo literario o periodismo narrativo?
Según quien lo escriba. Es un género de autor y todo depende de él.
Como lector, encuentro desde retratos extraordinarios sobre esa materia
escurridiza llamada realidad, de los que Martín Caparrós y Juan Villoro
son un poco los príncipes; hasta bodrios llenos de imposturas y prosa de
segunda selección con los que hasta los huevos se avergonzarían de ser
envueltos en el almacén.
¿Cuáles son tus proyectos futuros?
Esperar que nazca mi cuarto hijo y, después, comprarme una silla
Aeron para seguir escribiendo sin lumbalgia una novela que hasta ahora
se llama Obra de arte.
"EL ÙLTIMO ESLABÒN" POR JUAN JOSÈ BECERRA PARA PERFIL.
La Argentina delira con el “whodunit” de Nisman, la política se
paraliza reconociendo el poder mafioso que la domina y el periodismo de
influencia al que le gustaría ver al país prendido fuego se hunde –para
variar– en la autodestrucción. Ha muerto un fiscal de la Nación de
muerte dudosa, y tanto el personaje como las circunstancias que rodearon
la víspera de su muerte son el último eslabón incandescente de una
cadena que se retuerce en la oscuridad más negra.
Uno de esos eslabones es la denuncia de casi 300 páginas de Nisman (a
la que le sobran 200) contra lo más alto del Gobierno, algunos
dirigentes sociales y religiosos que orbitan a su alrededor y supuestos
agentes de inteligencia. Si ese texto, que modula en todos sus niveles
una ansiedad inocultable de carro adelante del caballo y una estructura
sembrada de repeticiones, fuese presentado como crónica al editor de un
diario serio, éste lo rechazaría pidiéndole a quien lo escribió que se
esfuerce en chequear un poco más el universo intrincado que describe y
en controlarse a la hora de asociar los hechos dispersos. Sobre todo,
porque lo que habría de revelar lo que la denuncia llama “plan criminal
de encubrimiento” es un hecho esperado con impaciencia pero que nunca
llega a la realidad.
Para decirlo en términos literarios, el narrador de la denuncia de
Nisman es un narrador totalmente enfrascado en dos especies verbales que
luchan por imponer su estilo en el interior del texto. Una es la
frondosa hemeroteca en la que descansa la presentación. Son decenas de
notas, entrevistas y editoriales de los que emerge la única declaración
testimonial de la denuncia, tomada al periodista Pepe Eliaschev, quien
le asegura al fiscal haber leído la traducción al inglés de la
comunicación entre altos funcionarios iraníes en la que se dice que el
canciller Timerman, en una reunión en Alepo, dijo que Argentina estaba
dispuesta a olvidar el ataque a la AMIA. El texto se aferra con
tenacidad al relato de Eliaschev, pero a cambio no recibe ninguna copia
de esa tradución. Queda, en cambio, la vaga idea de que hubo un hombre
que vio al hombre que vio al oso.
La segunda especie es la del mundo del espionaje, del que bajan como
en una lluvia de voces cinco mil horas de escuchas irrelevantes que la
denuncia selecciona y glosa hasta el éxtasis, igual que como lo hace con
los artículos periodísticos que cita. El modo de asociar en el interior
del texto los materiales recolectados por estas dos vías tiene su
instante de verdad ordinaria (del que la prensa dio cuenta en su momento
sin que se necesitara investigarlo) cuando Nisman describe que
Argentina está interesada en retomar las relaciones con Irán; y su pico
de paranoia, cuando asegura que ese interés tendrá el costo de la
impunidad de los acusados. Pero si el corazón de la denuncia es la caída
de las notificaciones rojas de Interpol, ese corazón nunca late.
Hay una tercera especie que paradójicamente no influye en el
conjunto, la del discurso judicial, muy relegada detrás de las
anteriores (leer diarios, pinchar teléfonos: las grandes pasiones de la
SI), como si el golpe jurídico que intentó Nisman cediera todo su
terreno al golpe político. En la denuncia, la poética y las maniobras de
montaje clásicos de la inteligencia se comen la tradición, la lógica y
la voluntad empírica del discurso jurídico, del mismo modo en el que un
tiburón podría comerse a un surfer. Lo que aflora en cada párrafo es una
escena de conversión, en la que la Justicia deposita su fe en las
herramientas de la inteligencia.
La “investigación”, que le da a la denuncia de Nisman una hinchazón
sin volumen, honra más a John le Carré que a la Justicia. La
presentación ansiosa de Nisman casi tirándose del avión que lo trajo de
España es, por el momento, insondable. Y su muerte es la más grave en su
género desde la de Bordabehere, en 1935, aunque mil veces más
misteriosa. Los tres momentos de esta secuencia apuntan a destruir la
política.