miércoles, 25 de marzo de 2026

LO QUE FUE Y SERÀ...

 






Algunas palabras clave del día de ayer: memoria, compañía , relación, interlocutor.

Todas ellas se funden, se mezclan, se hacen una sola.

No podemos recordar solos. 

Si queremos que los más jóvenes (yo ya empecé el lento duelo que implica reconocer que se llegó a la altura de la vida en la que uno se encuentra del otro lado del río que separa a la gente joven de la adulta) tomen conciencia de lo trágica que resultó la última dictadura militar, los problemas son múltiples. 

En primer lugar, las redes fragmentan todo, erosionan nuestra memoria. No ya nuestra memoria histórica, sino nuestra atención al presente más inmediato. Se nos empieza a complicar el hecho de tener que acordarnos de cosas que hasta hace un rato estaban en nuestra cabeza. Da la sensación de que la cabeza se nos resetea a cada rato, que vuelve todo nuestro ser a tabula rasa.

La memoria es un trabajo, entonces. Un trabajo que requiere de la ayuda de otros; sin ese trabajo, nuestros legados (nuestra identidad) se empieza a disolver. 

¿A quiénes elegimos como interlocutores válidos, entonces? Esa es la siguiente pregunta ¿En quiénes nos apoyamos para que nos ayuden a recordar?  ¿De qué legado nos gustaría formar parte?

¿Al lado de quiénes preferimos estar?

Pongo en primer lugar la cuestión personal sobre la cuestión política.  Y creo que, salvo excepciones, la regla no falla: no es que la afinidad política me genera una simpatía personal; suele ser al revés: terminamos coincidiendo al hablar de política con gente con la que -previamente-  sentíamos una sintonía en nuestra sensibilidad.

Ayer, mientras íbamos a la plaza, en la radio una periodista hacía hincapié en que el actual presidente ganó las elecciones por el voto popular, habiendo dicho en forma previa -en el debate que fue televisado- que acá hubo una guerra en la que, en todo caso, se cometieron excesos. Las mismas palabras que Massera dijo en el juicio a las juntas. Si ganó habiendo dicho esto, lo que demuestra no es tanto que los jóvenes no les importe diferenciar a un gobierno autoritario de uno que no lo es, sino dos cosas más profundas; a saber: por un lado que ellos no creen que esos tiempos autoritarios puedan volver (para ellos el Julio César,  San Martín y Videla están en un mismo pasado, anacrónico, analógico, fosilizado); y por otro lado, que no encuentran conexión entre las políticas económicas de esos tiempos y los actuales. Justamente, si centramos el debate en desacreditar la "teoría de los dos demonios", se está omitiendo la parte más importante del asunto, la parte vital para que despierten aquellos que no ven nada en el presente que tenga que ver con la dictadura: que los principales perseguidos fueron los trabajadores (especialmente los sindicatos), y que la violencia fue el método utilizado no por simple monstruosidad de un grupo de locos (¿pero acaso el primer mandatario no aplica también en ese rubro?) sino como un revanchismo de clase. 

Convendría, entonces (y de qué formas y con qué lenguajes es el gran desafío) que los jóvenes entiendan que lo grave del último proceso dictatorial no fueron solo las atrocidades que se hicieron con los desaparecidos o con los muertos, sino también con lo que hicieron con los que siguieron viviendo sin haber sido detenidos ni desparecidos: pauperizar las condiciones de vida de las mayorías.

Si hoy ellos no tienen miedo a ser torturados o desaparecidos, quizá sí deberían estar preocupados por la otra parte del asunto, esa parte que queda soslayada cuando el gobierno busca liquidar el tema, empardando los discursos bajo la forma de una guerra justa en la que se pudieron haber cometido algunos excesos.



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