domingo, 25 de octubre de 2020

PONER EL CUERPO



Una lástima que en su libro "Del deporte y los hombres" Roland Barthes no haya analizado el rugby.

Qué es el deporte? Qué es lo que le ponen los hombres al deporte?
En el rugby, no tengo dudas, el valor que se pone en juego es el coraje. A diferencia del boxeo, en el que el objetivo no es otro que lastimar al adversario, en el rugby el objetivo es el mismo que en el fútbol, el tenis o el basquet anotar más puntos que el rival; pero con una pequeña gran diferencia: en ese intento por anotar más puntos lo que se pone en juego es el cuerpo. El cuerpo, en el rugby, todo el tiempo está en riesgo.
Será por eso que me genera, a la vez, cierta fascinación y cierto rechazo. A la pregunta ¿soy un cuerpo o tengo un cuerpo? (cuya respuesta, si pensamos en ciertos personajes televisivos, se genera inmediatamente), el rugby viene a decir "soy un cuerpo, sí, pero no un cuerpo moldeado para su contemplación impoluta. sino un cuerpo moldeado para lidiar con el dolor.
Fascinación y cierto rechazo según el momento. Porque la pregunta que sigue es: "dolor para qué? para demostrar qué? Para conseguir qué cosa? en nombre de qué causa?
A todas esas preguntas se responde con el título del libro de Herzog: "la conquista de lo inútil"
Y Barthes me recuerda lo siguiente: "en el deporte, el hombre vive el combate fatal de la vida, pero ese combate está distanciado por el espectáculo, reducido a sus formas, liberado de sus efectos, de sus peligros y sus vergüenzas"
Y, nobleza obliga, decir que el partido de los pumas contra Francia por el tercer puesto en el mundial del 2007 quedó, en mi memoria, como uno de los momentos deportivos más emotivos que haya visto, del deporte que menos emoción me genera.
Y que la corrida de Corleto en el try que convirtió en ese partido, hace que seguir asociando al pájaro Caniggia con el apodo "el hijo del viento" resulte ridículo.
El riesgo del cuerpo, la materialidad del viento, y cierta sensación de libertad, creo, los pilares de mi emoción de aquella tarde.

sábado, 10 de octubre de 2020

ESTAR EN GUERRA: ESTAR NERVIOSO




 Los diferentes espacios sociales y laborales ayudan muchas veces a entender la política. A entender, por ejemplo, qué pasa cuando no hay un marco posible para la negociación con el otro, simplemente porque el orto nos ubica en el lugar de objetos.

Negar la negación que hace el otro de uno mismo (negar su violencia) es afirmar el temor propio, la impotencia para actuar frente a ese otro. El problema de negar esa violencia: le podemos decir a nuestra cabeza que está todo bien, que no pasa nada, pero el cuerpo nunca miente; el cuerpo nos va a recordar que no está todo bien: que está todo bastante mal.
El problema de reconocer la violencia del otro: nos pone en situación de guerra. Una vez asumida la guerra, las opciones son: huir, o dar la batalla. Y si se da la batalla...en qué términos éticos y estratégicos? Cuál el el límite de lo que se puede hacer en el marco de una guerra? Con qué recursos cuenta el otro? Con qué recursos cuenta uno?

"Estuve mucho tiempo preparándome para mirarte a los ojos" dice una canción de R.E.M"
Mirarte a los ojos: asumir la guerra. Elegir las armas (las palabras) y dar la batalla. Estar nervioso ("la guerra es estar nervioso" dice Pablo Katchadjian).
Dar la batalla. Y ganarla.
Y despertar por la mañana y recordar algo que me dijo Hernán Ronsino: "luego de la guerra viene el poema"

EL SANTO PADRE...





 

Las experiencias fundantes son indelebles. Recuerdo que, siendo muy chico, un verano en Mar del Plata, di con una de las historias de Mafalda. La había dejado olvidada un inquilino que estuvo una quincena en la casa que teníamos en el Alfar. Mafalda fue, para mí, la primer experiencia de lectura que recuerde como algo que me podía hacer rico gratis. Muy diferente a "elige tu propia aventura", que apenas me entretenía. Porque hay textos de placer y textos de goce.

Mafalda fue, también, la niña genio que, en mí infancia, anticipó a Lisa Simpson.