sábado, 3 de agosto de 2013

FILÓSOFOS EN SU TORMENTA...(TERCERA ENTREGA DE BOLSILLO)




K. MARX: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo; de lo que se trata es de transformarlo. Para Marx, el Estado no era, como parecía ser para Hegel, la realización racional de la libertad, sino la institucionalización de la explotación de toda una clase, la de los trabajadores asalariados, que quedaba marginada de la plena humanización. La contradicción entre capitalistas y proletarios exigía su superación dialéctica. No se trataba de rechazar a Hegel, sino de hacerle asentar firmemente sus pies en la materialidad de lo real, utilizando justamente y nada menos que la dialéctica, el principal descubrimiento hegeliano. Sólo que, en virtud de este giro, no se estaba ya ante una dialéctica idealista, sino ante una materialista.
Marx explicaba que la naturaleza de los hombres depende de condiciones materiales. Las instituciones e ideologías mediante las cuales los hombres regulan sus relaciones, se comprenden a sí mismos y entienden el mundo en el que viven, están condicionadas por la base económica de la sociedad. Entendiendo esa realidad, es como vemos la verdad de la sociedad, que no está en su ideología o en su discurso -a veces autocomplaciente, que tiene en su ideología o en su discurso- a veces autocomplaciente, que tiene de sobre sí misma- sino en sus relaciones económicas y sociales. Ésa fue la gran vuelta a las cosas que promovió el pensamiento de Marx.
Marx criticaba el régimen de propiedad burguesa y pretendía reemplazarlo por uno comunista. Para ello aceptaba organizar un partido proletario que se planteara la acción política con la finalidad de apropiarse del Estado. Para Proudhon estas estrategias sólo podían reproducir los funcionamientos represivos.
Marx muestra que la producción de la plusvalía en el capitalismo sólo es apropiación de trabajo no pagado. Ese trabajo excedente no pagado se va acumulando una y otra vez por la clase capitalista en forma expansiva. De hecho, el capitalismo puede ser definido como un sistema en el que el único objeto de la producción es aumentar sin límite tal acumulación de capital. Aquí se encuentra precisamente la esencial irracionalidad del sistema capitalista que Marx revela.

F. NIETZSCHE: Para Schopenhauer la vida es dolor, porque es deseo; y el deseo tiene como únicos destinos la insatisfacción o el hastío. Nietzsche, en cambio, considera que el yo es una ilusión, y entonces adopta un punto de vista descentrado para contemplar el juego que eternamente fluye de las fuerzas que componen la voluntad de poder. Mientras que para Schopenhauer la voluntad es una sola, para Nietzsche no hay más que infinitas y fugaces voluntades, cuyas tensiones y choques son las que constituyen toda entidad perceptible o pensable.
En contra de las ideas cristianas que indican que los débiles llegarán al cielo, y que la fuerza o la arrogancia son elementos negativos, Nietzsche no acepta como virtudes positivas que debamos ser humildes o que tengamos que apoyar a los más pequeños. Su pensamiento intenta desenmascarar una trama que han ido inventando los débiles como legitimación de su resentimiento contra los fuertes.
El descubrimiento de la muerte de Dios, según Nietzsche, nos pone frente al fenómeno del nihilismo. Pero ahora se plantea que esa muerte de Dios es también la más asombrosa posibilidad de crear, más allá de todo límite, en la apertura de un horizonte infinito.
Para Nietzsche no hay verdades absolutas, intemporales, ni hechos en sí, sino interpretaciones o perspectivas. Todo hecho es interpretado de un modo u otro. No es posible pensar una verdad sin asociarle una perspectiva, ni un hecho sin encuadrarlo en una interpretación.
Ya no vamos a poder enchufarnos a un gran sentido cósmico, sino que vamos a tener que sostenernos por nosotros mismos. De ahí la importancia de alcanzar esa madurez superior intelectual, que él llamó con palabra equívoca "superhombre".

H. BERGSON: Según este filósofo, hay dos especies de memoria: la corporal, que consiste en una articulación de mecanismos motores o hábitos y que produce, ante cierto estímulo, una repetición mecánica de lo aprendido, y otra memoria, que llama pura o espiritual y que registra representacionalmente todos los sucesos de nuestra vida.
La realidad no es una película compuesta de fotogramas, no funciona así. La realidad es continua. Entonces la inteligencia puede ser útil pero restringida para el conocimiento práctico. El verdadero conocimiento de la continuidad de la vida nos tiene que venir por intuición, que es lo que nos pone en contacto con la fluidez, con el caudal de la vida, en vez de tratar de fragmentarla.
La moral y la religión nacen como presión de los individuos uno sobre otro, para mantener cohesionado al grupo, para que no haya dispersión, para que nadie se salga de la pauta de vida. Se trata entonces de una moral y una religión más bien coactivas.
Y luego está la sociedad abierta, que busca otro tipo de moral y también otro tipo de religión, mucho más experimental, que busque lo diferente y no simplemente lo uno. Que trate de potenciar unas posibilidades y singularidades en vez de mantener una homogeneidad y una igualdad férreas. Esa forma de moral y religión es la que produce la figura del sabio, del héroe y en último término también del santo. Por un lado está lo que mantiene la indistinción del colectivo, que es necesaria -y de cuya necesidad no duda Bergson-, pero también hay la otra faceta, que aparece cuando la sociedad se ha hecho más segura de sí misma y no está tan preocupada de su cohesión, y entonces busca la potenciación de esas figuras del sabio, del héroe, del santo. En último término Bergson no dice que hagamos un Dios, pero sí que en cierta forma vayamos a la construcción de dioses, de algo que esté más allá de lo meramente humano y que sirva de referente. Es un planteamiento sugestivo, audaz, que sugiere el deseo incumplido por parte de Bergson de completar un sistema.

JOHN DEWEY: Era un hombre político que intervino en causas progresistas, y sobre todo es el filósofo de la educación, quien puso ese tema en el centro del pensamiento contemporáneo. La filosofía, para él, no es más que reflexión y todo el contenido verdadero tiene que ver con la cuestión de la educación.
La escuela debe convertirse en el ámbito en el cual el niño aprende los elementos esenciales para su futuro buen desempeño como adulto. Contra la concepción tradicional que veía el aprendizaje como la imposición de una serie de contenidos al alumno -que vendría a cumplir un papel puramente pasivo, como mero receptor-por parte del profesor, el progresismo pedagógico subraya la actividad y el juego experimental del alumno -verdadero artesano de su propio conocimiento- como determinantes en todo aprendizaje.
Lo que propone Dewey es tratar siempre de ubicar y pensar la conducta humana a partir de una doble matriz: una biológica, donde el pensamiento es producto de la evolución biológica, y otra cultural, porque el pensamiento siempre va a ser un hecho también comunicativo y social.
La validez del conocimiento no se refrenda simplemente con la verdad abstracta, sino con la práctica humana, con lo que, para salir adelante, necesitamos romper nuestra incertidumbre para saber a qué atenernos. Esto es la fuente, la orientación y la práctica válida del conocimiento. A esta forma de plantear las cosas se le ha llamado pragmatismo. El pensamiento es una forma de obtener resultados que necesitamos, un dominio sobre la incertidumbre que no es urgente. Para eso sirve la filosofía, la comunicación y el esfuerzo de conocimiento.
La democracia, más que una forma de organización política, es una forma de vida, un ideal ético que establece dos criterios de valoración. Por un lado, es democrática una sociedad que coloca a todos sus miembros en situación de participar en iguales condiciones en lo que esta sociedad tiene de bueno, por ejemplo la educación y la salud. En segundo lugar, es democrática una sociedad en la que la flexibilidad de su estructura asegura una continua readaptación de sus instituciones, mediante la acción y reacción como otras formas distintas de asociación que permite que la gente se vaya relacionando y esto va generando nuevas formas institucionales acordes a las nuevas situaciones.
El orden político de una democracia es nada más que un medio, no es la democracia misma. Es una herramienta, acaso la mejor que se haya encontrado hasta ahora, para realizar fines que pertenecen al vasto campo de las relaciones, y del desarrollo de la personalidad humana.
Ente la democracia así entendida y la educación existe una estrecha relación. En cierto sentido, ambos conceptos se identifican. La democracia es en sí misma un principio, un método y una estructura educativa, que plantea a cada miembro de la sociedad la pregunta: "¿quieres ser un hombre libre y aceptas la responsabilidad, los deberes y los derechos inherentes a la condición de ser miembro efectivo de la sociedad?" Y, recíprocamente, la escuela ideal debe ser el esencial agente distribuidor de todos los valores y de todos los objetivos que cultiva un grupo social; debe ser, por así decir, un laboratorio de la democracia.

M. UNAMUNO:  Fue una especie de existencialista, en el sentido de que ponía en el centro de su reflexión  no al hombre abstracto, sino al de carne y hueso.
Entre los deseos del hombre, el fundamental es un imposible: no morir. La muerte es algo con lo que somos incompatibles, que no podemos confrontar, y Unamuno es -ante todo- un enemigo decidido de la muerte. De allí que la creencia en algún tipo de sobrevivencia es necesaria para que los hombres puedan vivir. Porque, según él, la muerte es la suprema soledad: los hombres vivimos juntos, pero morimos solos. El anhelo de Dios y de la inmortalidad personal es irrenunciable aunque científico-racionalmente el individuo no pueda sostenerlo.
El hombre hace filosofía, precisamente porque necesita justificarse a sí mismo  en este conflicto que él mismo es, como tensión entre lo individual y lo colectivo, entre el espíritu y el intelecto, entre lo racional y lo emocional, sentimental y volitivo.





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