sábado, 17 de agosto de 2013

LA CONSTRUCCIÓN DISCURSIVA DE LOS ANTAGONISMOS...




"Ese joven "

por Daniel Link para Perfil

Ese joven candoroso que, oficiando de fiscal de mesa, rechazó enfáticamente darle la mano al Sr. Macri demuestra el fracaso de un modelo de mistificación llevado hasta sus últimas consecuencias, sobre el cual ya me he detenido.

Ese joven que se creyó a pie juntillas la construcción discursiva de los antagonismos, tal y como Laclau se la ha dictado al gobierno, no hace sino demostrar los límites que queriéndolo o no, el exceso de mistificación provoca en el sistema democrático.

A nadie puede preocuparle que ese joven se muestre intemperante, fanático o consecuente con sus ideas políticas, sino que crea que los antagonismos construidos discursivamente (es decir: que tienen su fundamento en un acto de discurso antes que en otra cosa) representan algo así como “la realidad” y que, por lo tanto, las ideas políticas del Sr. Macri son muy diferentes de las de la Sra. Fernández, lo que hasta ahora no ha sido probado (y allí está la renta financiera no gravada, como un caso testigo de una gemelidad borrada a fuerza de actos de discurso, o la asociación entre YPF y Chevron para proyectos de fracturación hidráulica, sobre los que el Sr. Macri nunca expresó su disgusto).

Todo gobierno que se pretende heroico debe desarrollar una épica, y para eso sirve la construcción discursiva de los antagonismos: digamos “campo” (olor a bosta de vaca), digamos “Clarín” (olor a hegemonía comunicacional), digamos “Macri” (olor a zona norte), y ya está. Poco importa que el campo sea ya otra cosa que la explotación ganadera, que los medios masivos sean ya residuales en un mundo atravesado por las nuevas tecnologías de la información, o que Macri sea apenas el costado más liberal del panperonismo en el que el oficialismo acuna sus peores pesadillas.

Mistificar, en determinados procesos históricos, es una necesidad ineludible (El 18 Brumario de Luis Bonaparte), pero eso no significa que haya una “mistificación buena” (la que ejercen “los buenos”) y una mistificación mala (la de la derecha).

La construcción discursiva de los antagonismos, que es una hipótesis (muy visitada, y muy fértil) de análisis, convertida en normativa y orientadora de la acción política, requiere de una delicadeza de tratamiento que, cuando está ausente, provoca el efecto contrario al deseado: el hastío del votante y la transformación de los comportamientos políticos (como la mano que ese joven le niega a un político antipático) en una nota al pie de un paper académico.

 

domingo, 11 de agosto de 2013

LA LLAMADA...




Webeando en la madrugada, después de la pizza, el fernet y tvr, mi amigo me muestra un video que le gustó y que -al parecer- se está expandiendo en forma viral por las redes sociales. Se trata de un corto titulado: "Ni una sola palabra de amor". Me gustó. Es, tal como me lo había advertido mi amigo, un video extraño. Diría más: levemente perturbador. Justamente porque no sé que es con exactitud lo que me genera la incomodidad.
Puedo arriesgar y decir que hay una estética Lyncheana y los universos de Lynch, (como los de Von Trier) son, más que cualquier otra cosa, perturbadores.
Pero hay algo más... y creo que tiene que ver con algunas imágenes que me vienen a la cabeza en relación a la historia que se va develando con el correr de los minutos.
"Ni una sola palabra de amor". Como en los cuentos que voy a llevar al taller, mientras la UBA me encuentra otra vez entre sus filas y el san Martín entre sus asistentes a los seminarios de los tipos que me interpelan y me atienden el teléfono.

Atender a este número: http://www.youtube.com/watch?v=sNkzk95uAP0

sábado, 10 de agosto de 2013

DINERO DE CURSO UNIVERSAL...




ENTREVISTA AL SOCIÓLOGO Y ARTISTA ROBERTO JACOBY (POR EL GRAN DIARIO ARGENTINO)

Roberto Jacoby (1944) lleva casi cincuenta años de trabajo ampliando la idea lo que se entiende por arte. Su obra, vasta y heterogénea, difícil de exponer en galerías o museos por su carácter performático y colaborativo, tuvo su reconocimiento con la muestra retrospectiva que le dedicó el Museo Reina Sofìa, de Madrid, que concluye estos días.
Jacoby participó de la muestra Homenaje a Vietnam (1966), construyó y difundió mediáticamente acciones artísticas que no tuvieron lugar, intervino en las actividades del Di Tella y en la puesta de Tucumán Arde (1968). Durante los años ’90 produjo espectáculos en salas y discotecas, y escribió canciones para el grupo Virus. En el año 2000 creó la revista Ramona y desarrolló el proyecto Venus, por el que recibió la beca Guggenheim. Recién durante el 2001 hizo su primera muestra individual. El alma nunca piensa sin imagen, el trabajo colectivo que llevó en el 2010 a la Bienal de San Pablo, fue levantado por orden judicial. Escritor prolífico, con el título de El deseo nace del derrumbe acaba de ser editada una amplia selección de sus textos de diversos géneros, hecha por la investigadora Ana Longoni.

-Siempre trabajaste a favor de una cierta confluencia entre el arte y los sistemas de comunicación; sin embargo, la comunicación no parece haber facilitado mucho la circulación de tu trabajo.

- Creo que hasta ahora mi trabajo tuvo una lectura fragmentaria debido a la multiplicidad de campos en los que actué. Mi producción no deja de circular, aunque lo hace en cada uno de esos campos por separado. Ahora bien, mi nombre no se asocia a esas intervenciones porque casi nunca operé como “autor” individual sino a través de grupos y colectivos. La autoría difusa fue para mí una elección estética. En ocasiones esa invisibilidad me dificulta lograr aceptación para nuevos proyectos. El nombre de autor sigue siendo decisivo en el valor que la sociedad otorga a una obra. En mi caso, ésta situación se está modificando. La muestra en el Museo Reina Sofía y el libro El deseo… comienzan a facilitar una recepción conjunta de mi trabajo como un “cuerpo de obra”.

-Una preocupación muy presente en tu obra es la de los sistemas económicos. ¿Cómo pensar hoy la interferencia de la economía y la creación de sentido en el arte?

-La producción artística es la única que puede adquirir un valor inconmensurable, como si un artista tuviera el poder de imprimir dinero de curso universal. El proyecto Venus, una micro sociedad que funcionó desde 2002 a 2006 y emitía su moneda propia, era posible entenderlo como un comentario sobre esa propiedad particular. Los “venusinos” intercambiaban bienes y servicios por medio de esta moneda, mantenían su lazo social a través de lo que llamamos “tecnologías de la amistad”. Esa forma de reciprocidad distraída que es la amistad es un rasgo fundante de muchas iniciativas artísticas tales como Belleza y Felicidad, Tu rito, ramona, Bola de nieve y otros. En general mi trabajo funcionó por fuera del mercado, en una versión naif de la “economía el don” enunciada por Marcel Mauss y George Bataille. Para las prácticas “no objetuales” no era fácil transmutarse en mercancías, pero en ésta época parte del sistema del arte orienta su interés hacia esas experiencias, generando cierto mercado para ellas. Yo no sostengo un fundamentalismo antimercantil pero me mantengo en un límite que atravieso en uno u otro sentido, cosa que a mi edad resulta conveniente.

-¿Cuáles son hoy tus preocupaciones artísticas?

-Seguir provocando equívocos sobre lo que es y no es “arte”. También me motoriza la posibilidad de afectar nuevos públicos, de crear “comunidad” a través de esta extraña actividad que se denomina “arte contemporáneo”.Y, sobre todo, me interesa el momento actual de la sociedad argentina y de los movimientos sociales que surgen, un poco por todas partes, como si los deseos de una democracia real fueran posibles de alcanzar.

-Los críticos han dicho que tu trabajo expande la noción de campo artístico. ¿Cómo pensás que será el arte de las próximas décadas?

-Ampliar las fronteras de lo que se considera “arte” es la mayor ambición que puede tener una actividad artística en ésta época; observo y celebro la incesante propensión a dilatar los límites y difuminar divisiones entre disciplinas, entre “alta” y “baja” cultura, entre arte de élites y el de amplio alcance, entre materiales nobles y basura, entre lo manual y las tecnologías nuevas. Si tuviera que elegir un solo rasgo optaría por una de las propuestas de Ítalo Calvino para este milenio: la levedad.

domingo, 4 de agosto de 2013

FILÓSOFOS EN SU TORMENTA... (CUARTA Y ÚLTIMA ENTREGA DE BOLSILLO)




ORTEGA Y GASSET: Para Ortega, el ser humano es una individualidad; lo que existe es una biografía humana. Considera que el individuo no tiene naturaleza sino historia. Es decir, que nos vamos haciendo y apareciendo a lo largo del tiempo, fabricándonos a nosotros mismos, pero esa fabricación no es algo aislado. En esa fabricación del propio yo no hay que atender únicamente a éste, sino también a la circunstancia determinada en la que el yo está en cada caso tramado, por así decir. Todo nuestro yo no es un yo aislado y antagónico, como el que podía pensar Unamuno, sino que es un yo que tiene que estar de alguna manera haciendo el esfuerzo por ponerse de acuerdo y por rescatar a su circunstancia. La circunstancia es la historia, la circunstancia es la gente que nos rodea, son las ideas imperantes en una época, y hay que salvar esa circunstancia; mi yo no basta, aunque yo me retire a mi torre de marfil, no basta con que yo logre de alguna manera alcanzar una cierta perfección personal si no he logrado levantar y salvar la circunstancia que me rodea, es decir el país en el que vivo. Esta tarea de salvar mi circunstancia, es decir, mi familia, mis amigos, mi comunidad, mi país, mi mundo, es lo que se llama el regeneracionismo de Ortega. De modo que la circunstancia es la articulación de la razón vital con el conjunto de lo dado, en cuanto suma de todos los puntos de vista individuales.
En cierto momento él compara al filósofo como alguien que ha caído del barco, un náufrago en el mar revuelto que debe intentar nadar para salvarse. La filosofía es ese intentar nadar cuando nos estamos ahogando en la realidad en la que hemos caído. No se trata de un pensamiento meramente académico, sino que se trata de la urgente necesidad de saber a qué atenernos, de saber cómo vivir, cómo nos vamos a arreglar con la realidad, que siempre se nos está ofreciendo.

L. WITTGENSTEIN: Su mérito es que puso el tema del lenguaje en el centro de la atención del pensamiento contemporáneo. Los lenguajes que nosotros manejamos de una manera espontánea y reflexiva dan lugar a todo tipo de trampas, equívocos y paradojas.
Su idea central fue que no hay una esencia pura del lenguaje -porque no hay una función básica del lenguaje de la cual todas las otras serían derivadas o dependientes-, lo que hay son diferentes juegos del lenguaje mediante los cuales interactuamos, y las palabras tienen sentido sólo respecto de su uso. Por lo tanto, preguntar por un juego de lenguaje es, en el fondo, preguntar por una forma de vida, de interacción, de convivencia.
Nadie puede tener un lenguaje de significados privados, porque significar quiere decir que uno adopta un símbolo y lo comparte con otros que lo entienden. En esta crítica se produce una importante profundización de la comprensión del lenguaje.
El lenguaje no sólo representa los hechos del mundo sino que también sirve para pedir, orar, preguntar o llamar. No puede reducirse, entonces, el fenómeno del lenguaje a la función descriptiva o informativa. Y cuando se analiza el lenguaje en todas su manifestaciones, se deja ver que se trata de una relación interpersonal. Estudiar un lenguaje, o un uso de un lenguaje, es estudiar una forma de vida social. Y en ella nos relacionamos mediante diferentes juegos. Alcanzar una comprensión adecuada del lenguaje no significa más que comprender los diversos juegos del lenguaje en que nos vemos involucrados.
Su frase más recordada: "los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo".

M. HEIDEGGER: Pretende una renovación radical del pensamiento occidental, o como él prefiere expresarlo, una superación del pensamiento metafísico. Para él, el error de la metafísica -y que se remonta hasta los orígenes del pensamiento- es una confusión entre el ser y el ente. Dios, la naturaleza, son entes. Es decir, en cualquier caso, no importa qué ente de los reales y conocidos, o de los trascendentes, señalemos, siempre es un ente, ya sea del ente en general o del ente supremo (teología); de esta manera  se olvida el ser mismo y se forja un pensamiento exclusivamente cosificador.
El único modo que tenemos de acercarnos a la comprensión del ser es, precisamente, a través de los entes. Ésta es la base, en contenido de Ser y Tiempo, la obra más importante y famosa de Heidegger. El hombre es un ente, pero un ente cuyo ser problematiza su ser constantemente, y que está de alguna manera vaciándose constantemente de su ser, al intentar contemplarlo y aprenderlo.
De este ser-en-el-mundo se puede decir, entre otras cosas, que es un proyectarse en las posibilidades que tiene ante sí en cada caso. Las resoluciones que tomamos a partir de esas posibilidades nos definen y también definen el sentido de las cosas con las que cotidianamente nos involucramos. Como además el ser-en-el-mundo es siempre un ser-con los otros, el mundo es esa trama de significaciones en la que convivimos.
El hombre es consciente de que brota y viene de la nada, y está constantemente como flotando en la nada. Eso produce en el individuo angustia, que es la revelación de nuestra auténtica condición, la temporalidad; somos temporalidad, somos finitud, y es desde esa condición  que se realiza nuestro vivir con los demás, que se desliza una y otra vez hacia la impropiedad, porque Heidegger nos advierte que vivimos impropiamente, porque estructuralmente nuestro ser tiende a perder lo propio. Si lo propio de nuestra condición es la mortalidad, lo impropio es pretender negarla, y esa negación ocurre como caída en la banalidad, en la trivialidad, en la avidez de novedades, en la vida impersonal. Pero la tentación de esa negación es recurrente e inevitable. Hasta el punto que nos perdemos a nosotros mismos.
La idea de Heidegger es que el ser del hombre (el "Dasein") está siempre arrojado hacia sus múltiples posibilidades, pero entre todas ellas hay una que siempre está presente: la de morir. Para Heidegger vivimos huyendo de esta idea del morir, o sea, de la idea de que retornaremos a la nada de la que venimos. La vida del hombre es un entre, y los extremos -la nada del antes y la nada del después- no le pertenecen. La única forma de recuperar un poco de autenticidad existencial es, para Heidegger, vivir de cara a la propia condición de mortales. Es lo que él llama "ser-para-la-muerte".

T. ADORNO: Fue un pensador de tiempos tormentosos. Vivió la revolución rusa y las guerras mundiales, y fue espectador, testigo o parte de innumerables conflictos bélicos que llevaron aparejados destrucción, crueldad y la pérdida de millones de vidas humanas a niveles desconocidos anteriormente en la historia.
El siglo XX se precia de ser fundamentalmente técnico y científico, es decir, profundamente racional. Adorno estudio la racionalidad moderna y concluyó que sí, que los hombres actuales aplicamos la razón, pero sólo en los medios que utilizamos para las cosas, es decir que hay apenas una razón instrumental que analiza cuáles son los mejores medios que hay que buscar para obtener tal o cual fin, los instrumentos técnicos, científicos, incluso los mecanismos de organización social.
Los métodos que se emplearon fueron instrumentos para obtener el poder, el dominio de unos sobre otros, la manipulación de la gente y de las conciencias a través de los medios masivos de comunicación.
Adorno expresó que nuestro mundo está tramado por una tela hilada por la burocracia y la tecnocracia. La libertad personal ha sido destruida por la concentración del capital y por la cultura de masas. La capacidad de pensamiento crítico agoniza. La obra de Adorno se propone, precisamente, socavar los sistemas cerrados de pensamiento y dificultar a la sociedad de todo intento de afirmación no reflexiva.

J. P. SARTE: Mientras que el ser en sí es la materia, lo inerte, lo mecánico, el ser para sí es allí donde la conciencia funciona por aniquilación de contenidos, proyectando una luz y diciendo esto no soy yo. De lo que se trata es que el ser en sí es lo que es y como es, no tiene vueltas, no le falta nada, es. En cambio la conciencia, el ser para sí, no tiene plenitud alguna, está siempre haciéndose, no es nada determinado previamente, de hecho es la nada de su indeterminación, y por ser una nada puede llegar a ser cualquier cosa: un ser para sí no tiene una esencia previa. Se hace mientras vive, y se hace desplegando la libertad que es.
El ser en sí es el ser de lo que hay, de lo dado, en cambio el ser para sí es el ser característico del ser humano, de la conciencia humana. El ser humano está inventándose permanentemente, está creándose determinado por sus sucesivas elecciones.
El ser-en-sí es la total inmediatez de las cosas consigo mismas. Y si la conciencia es conciencia del ser, ha de ser distinta del ser. El ser-en-sí es denso, pleno macizo, idéntico a sí mismo. La conciencia es distanciamiento o separación respecto del ser. De hecho, el ser del hombre consiste en la libertad.
No hay ninguna esencia a las que los individuos se ajusten. Más bien, la existencia de cada uno, al ir realizando su camino hacia la libertad en las diversas situaciones que le toca vivir, determina lo que es. Éste es el sentido de la famosa frase de Sartre: "en el hombre, la existencia precede a la esencia."
En ese sentido es que el hombre se hace a sí mismo. Otra gran frase: "lo esencial no es lo que se ha hecho del hombre, sino lo que él hace de lo que se ha hecho con él"
La libertad pertenece a la estructura misma de la conciencia. Sartre lo marca muy claramente cuando dice que los seres humanos estamos condenados a ser libres. Esta libertad constitutiva se reconoce en la angustia. Es en la angustia donde el hombre comprende su ser como libertad originaria.



sábado, 3 de agosto de 2013

FILÓSOFOS EN SU TORMENTA...(TERCERA ENTREGA DE BOLSILLO)




K. MARX: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo; de lo que se trata es de transformarlo. Para Marx, el Estado no era, como parecía ser para Hegel, la realización racional de la libertad, sino la institucionalización de la explotación de toda una clase, la de los trabajadores asalariados, que quedaba marginada de la plena humanización. La contradicción entre capitalistas y proletarios exigía su superación dialéctica. No se trataba de rechazar a Hegel, sino de hacerle asentar firmemente sus pies en la materialidad de lo real, utilizando justamente y nada menos que la dialéctica, el principal descubrimiento hegeliano. Sólo que, en virtud de este giro, no se estaba ya ante una dialéctica idealista, sino ante una materialista.
Marx explicaba que la naturaleza de los hombres depende de condiciones materiales. Las instituciones e ideologías mediante las cuales los hombres regulan sus relaciones, se comprenden a sí mismos y entienden el mundo en el que viven, están condicionadas por la base económica de la sociedad. Entendiendo esa realidad, es como vemos la verdad de la sociedad, que no está en su ideología o en su discurso -a veces autocomplaciente, que tiene en su ideología o en su discurso- a veces autocomplaciente, que tiene de sobre sí misma- sino en sus relaciones económicas y sociales. Ésa fue la gran vuelta a las cosas que promovió el pensamiento de Marx.
Marx criticaba el régimen de propiedad burguesa y pretendía reemplazarlo por uno comunista. Para ello aceptaba organizar un partido proletario que se planteara la acción política con la finalidad de apropiarse del Estado. Para Proudhon estas estrategias sólo podían reproducir los funcionamientos represivos.
Marx muestra que la producción de la plusvalía en el capitalismo sólo es apropiación de trabajo no pagado. Ese trabajo excedente no pagado se va acumulando una y otra vez por la clase capitalista en forma expansiva. De hecho, el capitalismo puede ser definido como un sistema en el que el único objeto de la producción es aumentar sin límite tal acumulación de capital. Aquí se encuentra precisamente la esencial irracionalidad del sistema capitalista que Marx revela.

F. NIETZSCHE: Para Schopenhauer la vida es dolor, porque es deseo; y el deseo tiene como únicos destinos la insatisfacción o el hastío. Nietzsche, en cambio, considera que el yo es una ilusión, y entonces adopta un punto de vista descentrado para contemplar el juego que eternamente fluye de las fuerzas que componen la voluntad de poder. Mientras que para Schopenhauer la voluntad es una sola, para Nietzsche no hay más que infinitas y fugaces voluntades, cuyas tensiones y choques son las que constituyen toda entidad perceptible o pensable.
En contra de las ideas cristianas que indican que los débiles llegarán al cielo, y que la fuerza o la arrogancia son elementos negativos, Nietzsche no acepta como virtudes positivas que debamos ser humildes o que tengamos que apoyar a los más pequeños. Su pensamiento intenta desenmascarar una trama que han ido inventando los débiles como legitimación de su resentimiento contra los fuertes.
El descubrimiento de la muerte de Dios, según Nietzsche, nos pone frente al fenómeno del nihilismo. Pero ahora se plantea que esa muerte de Dios es también la más asombrosa posibilidad de crear, más allá de todo límite, en la apertura de un horizonte infinito.
Para Nietzsche no hay verdades absolutas, intemporales, ni hechos en sí, sino interpretaciones o perspectivas. Todo hecho es interpretado de un modo u otro. No es posible pensar una verdad sin asociarle una perspectiva, ni un hecho sin encuadrarlo en una interpretación.
Ya no vamos a poder enchufarnos a un gran sentido cósmico, sino que vamos a tener que sostenernos por nosotros mismos. De ahí la importancia de alcanzar esa madurez superior intelectual, que él llamó con palabra equívoca "superhombre".

H. BERGSON: Según este filósofo, hay dos especies de memoria: la corporal, que consiste en una articulación de mecanismos motores o hábitos y que produce, ante cierto estímulo, una repetición mecánica de lo aprendido, y otra memoria, que llama pura o espiritual y que registra representacionalmente todos los sucesos de nuestra vida.
La realidad no es una película compuesta de fotogramas, no funciona así. La realidad es continua. Entonces la inteligencia puede ser útil pero restringida para el conocimiento práctico. El verdadero conocimiento de la continuidad de la vida nos tiene que venir por intuición, que es lo que nos pone en contacto con la fluidez, con el caudal de la vida, en vez de tratar de fragmentarla.
La moral y la religión nacen como presión de los individuos uno sobre otro, para mantener cohesionado al grupo, para que no haya dispersión, para que nadie se salga de la pauta de vida. Se trata entonces de una moral y una religión más bien coactivas.
Y luego está la sociedad abierta, que busca otro tipo de moral y también otro tipo de religión, mucho más experimental, que busque lo diferente y no simplemente lo uno. Que trate de potenciar unas posibilidades y singularidades en vez de mantener una homogeneidad y una igualdad férreas. Esa forma de moral y religión es la que produce la figura del sabio, del héroe y en último término también del santo. Por un lado está lo que mantiene la indistinción del colectivo, que es necesaria -y de cuya necesidad no duda Bergson-, pero también hay la otra faceta, que aparece cuando la sociedad se ha hecho más segura de sí misma y no está tan preocupada de su cohesión, y entonces busca la potenciación de esas figuras del sabio, del héroe, del santo. En último término Bergson no dice que hagamos un Dios, pero sí que en cierta forma vayamos a la construcción de dioses, de algo que esté más allá de lo meramente humano y que sirva de referente. Es un planteamiento sugestivo, audaz, que sugiere el deseo incumplido por parte de Bergson de completar un sistema.

JOHN DEWEY: Era un hombre político que intervino en causas progresistas, y sobre todo es el filósofo de la educación, quien puso ese tema en el centro del pensamiento contemporáneo. La filosofía, para él, no es más que reflexión y todo el contenido verdadero tiene que ver con la cuestión de la educación.
La escuela debe convertirse en el ámbito en el cual el niño aprende los elementos esenciales para su futuro buen desempeño como adulto. Contra la concepción tradicional que veía el aprendizaje como la imposición de una serie de contenidos al alumno -que vendría a cumplir un papel puramente pasivo, como mero receptor-por parte del profesor, el progresismo pedagógico subraya la actividad y el juego experimental del alumno -verdadero artesano de su propio conocimiento- como determinantes en todo aprendizaje.
Lo que propone Dewey es tratar siempre de ubicar y pensar la conducta humana a partir de una doble matriz: una biológica, donde el pensamiento es producto de la evolución biológica, y otra cultural, porque el pensamiento siempre va a ser un hecho también comunicativo y social.
La validez del conocimiento no se refrenda simplemente con la verdad abstracta, sino con la práctica humana, con lo que, para salir adelante, necesitamos romper nuestra incertidumbre para saber a qué atenernos. Esto es la fuente, la orientación y la práctica válida del conocimiento. A esta forma de plantear las cosas se le ha llamado pragmatismo. El pensamiento es una forma de obtener resultados que necesitamos, un dominio sobre la incertidumbre que no es urgente. Para eso sirve la filosofía, la comunicación y el esfuerzo de conocimiento.
La democracia, más que una forma de organización política, es una forma de vida, un ideal ético que establece dos criterios de valoración. Por un lado, es democrática una sociedad que coloca a todos sus miembros en situación de participar en iguales condiciones en lo que esta sociedad tiene de bueno, por ejemplo la educación y la salud. En segundo lugar, es democrática una sociedad en la que la flexibilidad de su estructura asegura una continua readaptación de sus instituciones, mediante la acción y reacción como otras formas distintas de asociación que permite que la gente se vaya relacionando y esto va generando nuevas formas institucionales acordes a las nuevas situaciones.
El orden político de una democracia es nada más que un medio, no es la democracia misma. Es una herramienta, acaso la mejor que se haya encontrado hasta ahora, para realizar fines que pertenecen al vasto campo de las relaciones, y del desarrollo de la personalidad humana.
Ente la democracia así entendida y la educación existe una estrecha relación. En cierto sentido, ambos conceptos se identifican. La democracia es en sí misma un principio, un método y una estructura educativa, que plantea a cada miembro de la sociedad la pregunta: "¿quieres ser un hombre libre y aceptas la responsabilidad, los deberes y los derechos inherentes a la condición de ser miembro efectivo de la sociedad?" Y, recíprocamente, la escuela ideal debe ser el esencial agente distribuidor de todos los valores y de todos los objetivos que cultiva un grupo social; debe ser, por así decir, un laboratorio de la democracia.

M. UNAMUNO:  Fue una especie de existencialista, en el sentido de que ponía en el centro de su reflexión  no al hombre abstracto, sino al de carne y hueso.
Entre los deseos del hombre, el fundamental es un imposible: no morir. La muerte es algo con lo que somos incompatibles, que no podemos confrontar, y Unamuno es -ante todo- un enemigo decidido de la muerte. De allí que la creencia en algún tipo de sobrevivencia es necesaria para que los hombres puedan vivir. Porque, según él, la muerte es la suprema soledad: los hombres vivimos juntos, pero morimos solos. El anhelo de Dios y de la inmortalidad personal es irrenunciable aunque científico-racionalmente el individuo no pueda sostenerlo.
El hombre hace filosofía, precisamente porque necesita justificarse a sí mismo  en este conflicto que él mismo es, como tensión entre lo individual y lo colectivo, entre el espíritu y el intelecto, entre lo racional y lo emocional, sentimental y volitivo.





martes, 30 de julio de 2013

FILÓSOFOS EN SU TORMENTA...(SEGUNDA ENTREGA DE BOLSILLO)




D.HUME: Las ideas son representaciones mentales, de modo que a partir de las impresiones se constituyen las ideas simples, y luego, con la asociación de ellas, tenemos las ideas compuestas o complejas. Todas las sensaciones o impresiones e ideas generan en nosotros la creencia de que realmente existe el objeto exterior que las provoca, pero, en realidad, de lo único que podemos estar seguros es de que tengo una sensación o impresión y que eso genera una creencia de que existe realmente una realidad exterior a mí, que me está provocando esta sensación. Sin embargo, el objeto que conozco no es exterior, sino que está en mi conciencia, porque consiste sólo en un entramado de impresiones e ideas. Si yo afirmo que mis impresiones e ideas corresponden a un objeto real es sólo por un acto de creencia.
¿Cómo se diferencia la percepción en acto del recuerdo o de la proyección imaginativa? Precisamente por el nivel de vivacidad y vigor.
Según Hume, todo lo recibimos del mundo que nos rodea, mediado por nuestra capacidad de ser impresionados por los sentidos, que son las ventanas que tenemos al mundo. Todo lo que no podemos comprobar ni verificar no podemos decir que exista.

I. KANT: Considera que los individuos tenemos ya una organización mental de nuestras capacidades de comprensión, que son alimentadas por lo que recibimos de los datos que nos ofrecen los sentidos, pero éstos tienen que configurarse de acuerdo con las condiciones de nuestra forma de conocer. Es verdad, que no conocemos nada sin que los sentidos nos proporcionen datos experimentales. Pero también es cierto que esa información experimental se recibe y se configura de acuerdo  con la propia organización de nuestra forma de conocer.
El conocimiento es la mezcla entre lo que dan los sentidos y lo que da nuestra estructura cognoscitiva. Eso es lo que nosotros podemos saber.
La moral está hecha de imperativos, de órdenes . Hay que hacer esto, aquello, y no hay que hacer esto o lo otro.  Lo que Kant busca encontrar, como base de la moral, es qué imperativos hay que no tengan condiciones  sino que tenemos que hacerlos sí o sí, no porque vayamos a conseguir tal o cual cosa sino porque somos seres humanos racionales que debemos aspirar a vivir con dignidad y respeto. En ese sentido, la educación es el elemento fundamental para la formación de los hombres. Según Kant: "el hombre no llega a ser hombre más que por la educación". En efecto, las luces de una generación dependen de la educación y la educación depende de las luces.
Kant, además, se manifestó en términos de política internacional. Sostuvo la idea de que, para alcanzar un equilibrio entre los diferentes Estados, los países deberían generar una alianza, en la cual cada uno renunciara a una parte de su soberanía para poder vivir en paz y armonía.

HEGEL: El verdadero sueño de la filosofía era explicarnos más o menos todo. Recibimos en forma permanente conocimientos fragmentarios desde distintos ámbitos específicos. Pero, como pueden organizarse, instrumentarse  dentro de un gran sistema en el que tendría lugar todo el saber sobre todo el mundo. Ese fue el propósito de Hegel: el de convertir a la filosofía en un saber sustancial, es decir, la base  de todos los saberes restantes del mundo.
Desde la conciencia sensible , pasando por la autoconciencia, hasta llegar al saber absoluto, o sea, a la conciencia de que en el propio pensamiento el absoluto se piensa a sí mismo. Somos la instancia del universo donde éste se hace autoconsciente.
Todas las categorías están íntimamente relacionadas entre sí, y el modo dinámico de su relación es lo que Hegel llamó "movimiento dialéctico". Según él, una afirmación o tesis supone siempre su negación o antítesis, y la diferencia entre ambas resulta superada en una síntesis, que a su vez supone su negación y así sucesivamente.
En cada persona concreta, según Hegel, el pensamiento se despliega siguiendo casi los mismos pasos que ha seguido a lo largo de la historia de la humanidad. Estos pasos no configuran  un diseño lineal y simplemente progresivo, acumulativo, sino que todo avance se produce mediante conflictos. El movimiento del pensamiento se genera por contradicciones.

A.SCHOPENHAUER: La originalidad de este filósofo radicaba en la demostración de que el principio de razón suficiente, que establece que no hay nada que no tenga una razón de ser, se manifiesta en cuatro formas distintas, irreductibles entre sí. Para ello, reducía todos los aspectos de la realidad a cuatro clases básicas: los objetos empíricos, los conceptos abstractos, los objetos matemáticos y el yo, que es el objeto del autoconocimiento.
El principio de razón suficiente no se aplica de igual manera a estos diferentes fenómenos. Entre los objetos empíricos aparece como explicación causal, entre los conceptos abstractos como deducción lógica, entre los objetos matemáticos como consistencia, y respecto de los hechos del yo como determinación del carácter y motivación.
La función práctica de la razón es la de liberarnos de los males del mundo. Quien se deja llevar por la pasión, por el deseo o por la voluntad está condenado, continuará el ciclo permanente que lleva de sufrir por no tener, o a tener y por lo tanto sufrir por hastiarse de tener. La razón es la que nos puede mostrar las cosas tal como son y al verlas hacernos renunciar a esa voluntad que nos constituye. La voluntad desea querer siempre más y prolongar esta especie de terrible circo de las pasiones y de los enfrentamientos. La razón nos puede revelar la voluntad tal como es y, al verla, hacernos sentir el lógico rechazo y renunciar  a participar en ese juego del cual nadie puede salir bien parado.
Considera que sólo oponiéndonos a la voluntad, aboliendo su ímpetu, podríamos suspender el dolor y el mal. La sociedad no puede ser sino un intento de paliar los efectos atroces de la voluntad en marcha. Somos una corriente agitada de pasiones e impulsos. Para escapar de esta maldición hay tres vías. La primera es la contemplación estética. Las otras dos vías son el ascetismo y la compasión. En mayor o menor medida, todas las artes son liberadoras, al permitir el surgimiento de la contemplación desinteresada.
La segunda vía que plantea Schopenhauer consiste en desenamorase de la vida. Porque es la voluntad la que nos hace apegarnos a la vida. En este camino ascético me hago cargo de todo el sufrimiento del mundo, busco activamente el sufrimiento propio y el ajeno, de modo que mi interés por la vida va disminuyendo progresivamente. Se trata de cambiar la voluntad por la no-voluntad, dice Schopenhauer. Es decir, transformar el querer en el no-querer, aniquilando en nosotros todo deseo. Se trata, entonces, del acceso al nirvana. La extinción.

S. KIERKEGAARD: Habla desde su sufrimiento y desde su dolor. No pone por delante una reflexión sobre el universo, sino un testimonio de vida, que es lo que podemos aplicar cualquiera de nosotros, porque todos partimos de nuestra propia experiencia. De hecho, llega a afirmar que todos pasamos por una serie de etapas en nuestro desarrollo, y hay un momento estético en el cual algunos atienden en forma excesiva a la belleza,  lo sublime y la representación de lo hermoso. Luego, hay una etapa ética, cuando vivimos preocupados por el deber, por las obligaciones. Finalmente, hay una etapa religiosa, que es donde se busca la salvación, ese rescate frente a la muerte, la perdición y el olvido.
Para él, la fe es una relación personal entre el individuo y el absoluto que lo interpela. Esa relación es resignación y confianza infinitas. Es un salto sobre el abismo de la incertidumbre. Esta interpretación de la fe puso en primer plano al individuo concreto, es decir, singular y sufriente, capaz de asumir su subjetividad como su única verdad, y su relación con Dios como un salto sobre el abismo de la nada. El individuo está siempre expuesto a la nada. Y esa exposición es la angustia misma, que revela su libertad, su responsabilidad y el riesgo ineludible de elegirse a sí mismo a cada paso.
Para Kierkegaard, la exigencia de vivir cristianamente es a la vez irrenunciable e imposible de cumplir. Se trata de un ideal que está demasiado elevado para nuestra naturaleza humana, porque vivir cristianamente significa hacerse como Cristo. Esa tensión entre la deseabilidad de ese ideal y la imposibilidad de conseguirlo va a regir toda la vida de Kierkegaard. Según él, como cristianos, estamos ante Dios, pero ese "ante Dios" desnuda nuestra imperfección. Ante él, todos somos pecadores. De hecho, el pecado no es más que la conciencia de estar ante Dios.
La filosofía existencialista, basada en la existencia del ser humano, en su angustia, en su perplejidad ante la vida, tiene su antecedente clarísimo en Kierkegaard.




domingo, 28 de julio de 2013

NAZIS EN ESCALADA...


 
 
 
LA TIERRA SOBRE LOS PIES

Soy un hijo de la democracia. Literalmente hablando, nací bajo tierra, pero rápidamente salí a la superficie. La guerra nuclear –eso me dijo papá- había sido devastadora. Las bombas alemanas caían del cielo como las gotas de lluvia lo hacen en la tormenta, arrasando con todo lo que encontraban en su camino. Advertidos por la radio zonal (que, en forma clandestina, recibía la señal  de la radio oficial de Berlín) acerca de la inminencia de los ataques, los años que vivieron en peligro, los sobrevivientes de Lanús y Lomas de Zamora se refugiaron bajo la superficie. De allí la frase “se fue a vivir a los caños”, que ahora es utilizada para referirse a las personas que viven en la ruina material.

Si fuera sido por papá, yo seguiría viviendo en las condiciones a las que lo obligó la guerra.

Los que resistieron en las calles, junto con la gran diversidad de flora y fauna que ostentaba –orgullosa- la plaza de Escalada, fueron exterminados.

Pero lo peor pasó. Los monos se juntaron en Washington y tocaron el botón verde que decía “Democracy”. Y acá estamos.

Me alegra poder decirlo y que sea verdad. Me alegra poder ir a un bar, a una plaza, a la universidad, y sentir que el piso no se fractura con mis pasos y sentir que no hay alemanes a la vuelta de la esquina vigilándome. Pero papá sospecha. A mí me gustaría poder convencerlo, pero él me quiere convencer a mí. Quiere que vuelva a vivir en el refugio, bajo tierra, al lugar del que él nunca quiso salir.

Las comodidades del mundo postnuclear le permiten mantener una vida relativamente tranquila, gozando de muchos de los servicios que –en otra época- serían impensables viviendo bajo tierra. El delivery por ejemplo. Los celulares funcionan bajo tierra,  por lo que puede hacer un pedido por teléfono a Coto, y el pedido llega sin ningún tipo de problema. Los chicos que hacen el reparto van con la ilusión de recibir una propia extra por lo incómodo de la entrega, ya que, en caso de no contar con Gps, deben consultar a los empleados de Aysa sobe los puntos de la tierra en los que hay conexión con el interior del mundo, para luego descorrer las tapas y descender unos diez metros por escaleras polvorientas y llegar finalmente a destino.

Si se trataba de una pizza, muchas locales exhibían un cartel contundente: “no hacemos repartos bajo tierra”.

Abajo hay poca luz (lo sé por los años en que bajé a visitar a papá). Cuesta ver o pensar con claridad. Uno siente el sufrimiento de las cosas –los muebles, los libros, la ropa-, su desesperación. También siente la perturbadora tranquilidad del que sabe que todo está dicho, que la superficie es una condena segura a las radiaciones de la infelicidad, y que –por lo tanto- sólo queda esperar lo que todos queremos, el sueño que a todos nos iguala: morir mientras dormimos en la profundidad del sueño, en la profundidad de la tierra.

Porque papá no cree en la vida postnuclear. Sabe que los alemanes no van a volver, pero desconfía del aire. Sospecha que las radiaciones de las bombas dejaron un veneno invisible flotando entre las nubes. Que nuestros pulmones consumen oxígeno contaminado. Que ningún vínculo es posible, que ningún proyecto gubernamental es posible, cuando los cuerpos que pretenden llevarlos adelante están envueltos en toxinas.

Me cuesta pensar que tiene razón. Es verdad que en invierno las guardias de los hospitales se llenan de pacientes con afecciones respiratorias, pero supongo que tiene más que ver con una deficiencia a la hora de protegerse del frío que con una toxina postnuclear que anda dando vueltas por el éter.  Me pasa lo contrario: creo que las toxinas están acumulándose –lentamente- en el refugio en el que decidió quedarse a vivir.

Ese aire, el verdadero aire contaminado, fue el que comenzó a hacer que mis visitas sean menos frecuentes. Papá nunca me dijo explícitamente nada sobre qué mundo tengo que elegir para vivir, pero me da a entender que el mundo posible es uno sólo: que el estado de guerra es permanente y que –ante la fatalidad  que implica semejantes condiciones de  existencia- el aislamiento es la mejor opción. Y no es tan grave ni tan excluyente el asunto. La modernidad lo aggiorno todo; también las formas de aislamiento. No sólo llega la señal del celular, también las facturas de los servicios, la credencial de la prepaga. Tanto llegan las cosas (incluso algunas personas también) que la ilusión de la vida en comunidad parece posible, como si no fuera lo que verdaderamente es: una ilusión óptica.

Me desperté hace un rato. No sé qué fue, pero desperté en plena noche como si me hubieran tirado un balde de agua.  Tuve la necesidad de correr con desesperación a mirar por la ventana, a ver qué había del otro lado.

Los autos iban y venían por la avenida a toda velocidad. Los árboles estaban allí, al borde del cordón de la vereda. Nada fuera de lo común. Pero después miré  alrededor, y vi mis cosas, las cosas materiales que me rodean, y pensé que esta casa, que este lugar en el que estoy viviendo, también es un refugio. Un refugio sobre la tierra, pero un refugio al fin.

Me aterró la idea. No puedo dormir desde entonces, pero creo darme cuenta qué es lo que debo hacer: me voy a vestir, y voy a buscar la llave. Voy a caminar hasta ubicar el refugio de papá con esa única llave. Se la saqué la última vez que lo vi y seguramente jamás se enteró. Y voy a cerrar esa tapa con llave y tirarla en alguna alcantarilla, como hacen los hermanos en el final del cuento de Cortázar.

No sea cosa que a papá se le ocurra salir. Que salga para intentar convencerme de que estoy equivocado, de que el aire envenenado me va a matar y que no hay nada mejor que vivir con la tierra sobre los pies.