sábado, 8 de mayo de 2010

TODAS LAS VIDAS, LA VIDA...




Resfriado, sólo, y sin tener noción de cuánto gana un árbitro de fútbol, voy al cine Lorca a ver "Synecdoche New York", primera película del, hasta ahora, brillante guionista Charlie Kaufman ("Quieres ser John Malkovich?", "Eterno resplandor de una mente sin recuerdos"). Comparo la escritura, la elaboración de las tres películas. Las tres son contundentes. Las tres estratifican los posibles horizontes de percepción y, cuando parece que se van a devorar al espectador, cuando a uno ya no le alcanza el aire para respirar, para evitar ahogarse en su propia incertidumbre, su propia incomodidad frente a lo que ve, simplemente las películas terminan; aparecen los créditos, las luces se encienden, y todo indica que debemos prepararnos para salir a la calle, a la loca realidad.
¿En qué se diferencia este guión a los anteriores de Kaufman? Básicamente en la energía de sus pulsiones. En Malkovich y en Eterno Resplandor la pulsión dominante es la pulsión de vida, la pulsión de diversificación, el juego de la multiplicación de lo viviente, de las posibilidades del ser frente al hastío propio de la unidimensionalidad de los días. ( de los días sin amor, claro). En Synecdoche, en cambio, lo lùdico adquiere ràpidamente tono tràgico: la pulsión de muerte se hace dueña de la pantalla desde bien temprano.
Opera de telón de fondo sobre la hermosa locura de un hombre que, en su afán por generar algo (una obra de teatro) que lo conmueva todo, que lo diga todo, pone en riesgo a su esposa, su hija, su salud, y hasta su propia vida. La película es sombría, por momentos agotadora, por momentos terriblemente triste.
Potencia de lo imaginario contra potencia de lo real, mundos que se chocan, se mezclan y reverberan con temor y con temblor sobre la subjetividad que lo contempla. Kaufman otra vez nos deja solos bajo la lluvia fría, sin saber bien que hacer. Tal vez lo mejor que nos podía pasar. O no.

No hay comentarios:

Publicar un comentario