miércoles, 9 de octubre de 2013

EL CAMPO EN LA CIUDAD...




ENTREVISTA A PILAR CALVEIRO EN PÁGINA 12.

La revisión crítica de algunas experiencias armadas que propicia Pilar Calveiro no iguala culpas ni señala demonios dobles. Cuando escribió Política y/o violencia, allá por los años noventa, texto fundamental que abrió el campo de la discusión sobre la década del setenta, intentó no quedar atrapada en los horrores del terrorismo de Estado que ella padeció –en los centros clandestinos por los que pasó, como Mansión Seré o la ESMA, hasta que pudo exiliarse primero en España y luego en México– ni en la innegable responsabilidad militar. Evitó demonizar la política y a sus protagonistas de entonces, tratando de reflexionar sobre las concepciones y prácticas que, por aquellos años, vincularon de manera desafortunada la acción política con la violencia. “Tal vez uno de los asuntos pendientes de mayor significación sea volver a pensar, después del miedo, cuáles son las formas legítimas o ilegítimas de la violencia –sea estatal o resistente–, cuáles deben ser sus autorrestricciones y, en especial, cómo articular ética y política en la Argentina actual, en nuestra América, en este mundo global en el que todo parece haber cambiado menos la injusticia”, plantea la politóloga en el posfacio de la reedición ampliada del libro, publicado ahora por Siglo XXI.

“Cuando uno ha sido o es un actor político, está obligado a dar cuenta de lo actuado”, subraya Calveiro a Página/12. “Me parece importante procesar esa experiencia, ver qué es lo que ha significado, y poder dejar algo más elaborado. Una postura ética en la política implica poner sobre la mesa la crítica de lo propio, no sólo de los otros. Así como ha sido importante la práctica del escrache, que es poner en evidencia al otro, yo hablo de autoescrache, de exhibirse en términos de la práctica política anterior. Hay que poner sobre la mesa las dificultades y los errores de lo actuado por uno mismo. Hay quienes lo hacen y quienes no lo pueden hacer.”

–En el libro advierte que el rescate de la militancia política para su imitación, que la exaltación de vidas “heroicas” que no están sujetas a crítica, además de impedir el análisis, la valoración de aciertos y errores, es otra forma de la sustracción de la política. Como lo escribió en los ’90 y lo publicó por primera vez en 2005, ¿cree que se ha recuperado la dimensión política para analizar los ’70?

–En Argentina hay una recuperación muy importante de la política y de la participación política como algo deseable para los jóvenes, cosa que no ocurre en muchos lugares. Todos los movimientos políticos tratan de encontrar las líneas que los conectan con el pasado inmediato, y a veces con el pasado lejano. Los relatos heroicos tienden a un congelamiento que dificulta el uso efectivamente político de una experiencia que todavía está muy presente, muy viva. Hay una enorme necesidad, cada vez más clara, de mirar críticamente el pasado reciente para volver a plantear grandes ejes: cómo pensar hoy la relación entre política y violencia, cómo pensar hoy la relación entre política y ética. Qué es lo que nos reclama el momento actual en estos dos sentidos. Es ahí donde hay que poner el acento; por eso tiene sentido la reedición del libro, porque está pensando desde estos ejes.

–Un gran interrogante es cuánta violencia se puede admitir, cuál sería el punto de equilibrio para las nuevas formas de resistencia, que a veces requieren del uso de la violencia para luego pasar a una etapa de centralidad de la palabra y la argumentación.

–Una mirada no violenta de la política es una mirada falsa. Y sin embargo, creo que en la política hay distintas violencias. El Estado como institución central de la política tiene un núcleo violento, aun en el ejercicio del derecho hay un núcleo violento. Cuando se habla de una política no violenta, se crea la ilusión de que no hay violencia; por eso es importante poner sobre la mesa esa violencia que no se puede soslayar. De manera que cuando hablamos de las prácticas de resistencia, las resistencias tienen que vérselas con esa violencia. El Estado suele ser ciego, sordo y mudo, si no hay prácticas que lo obliguen a mirar. En muchos casos se apela a formas de la violencia para visibilizar un fenómeno o un grupo social que no está siendo visibilizado. Pero estas violencias resistentes no intentan rebasar la violencia estatal, sino que intentan detenerla. Y aquí hay una diferencia fundamental con las prácticas políticas de la guerrilla de los años ’70, que trataban de rebasar la violencia estatal para tomar el aparato del Estado. Las violencias resistentes utilizan formas de la violencia para detener la violencia estatal y abrir otra cosa. De aquellas experiencias de los ’70 hay unos aprendizajes de los dos lados. Hay, aunque parezca raro, la posibilidad de autorrestricción de la violencia de los dos lados. En un gobierno como el actual vemos una autorrestricción de la violencia, una decisión explícita de enfrentar los reclamos y las demandas sociales sin reprimir. Las resistencias también se plantean la autorrestricción, utilizan formas que obligan a la visibilización pero no a un escalamiento de la violencia.

–A partir de la globalización de ciertos fenómenos, ¿se podría afirmar que la violencia hoy es mayor que en la década del ’70? ¿La guerra contra el “terrorismo” o contra el crimen organizado no termina resultando una escalada al extremo de la violencia?

–Son violencias diferentes. Y sin embargo no es posible decir que ha habido una disminución de la violencia. En el mundo bipolar la violencia fue extraordinaria. En el mundo actual, en la globalización, la guerra terrorista lo que propicia son víctimas civiles. La lucha contra el crimen también; estamos hablando de decenas de miles de muertos en distintos países, que son siempre los sectores socialmente más frágiles. Pero aun así estamos olvidando una de las violencias más terribles de la globalización, que es la que opera contra la población que podríamos llamar abandonada: pueblos originarios, migrantes llamados ilegales, que son objeto de una violencia extraordinaria de la que nadie da cuenta y que, desde mi punto de vista, son las poblaciones más cercanas a eso que (Giorgio) Agamben llamó “nuda vida”. Tenemos formas distintas de operación de la violencia; hay unas directas, que son estatales; otras violencias que son público-privadas porque están ejercidas por redes mafiosas protegidas por fracciones del Estado. Y tenemos también la violencia que sufren las poblaciones abandonadas a su suerte, que son diezmadas de distintas maneras. Tenemos una violencia muy marcada, pero que aparece desplazada del centro de atención. Se crea la ficción de un mundo menos violento y creo que ciertamente no es así.

–En México hay desaparecidos por el narcotráfico, mujeres que buscan a sus hijos; en varios países de Latinoamérica hay desapariciones de mujeres y niños en manos de redes de trata y del crimen organizado. ¿Se puede hablar hoy también de un “poder desaparecedor”?

–El fenómeno de la desaparición forzada de personas no ha concluido. Lo que tenemos ahora es esta asociación entre redes legales e ilegales, entre lo público y lo privado, donde el Estado protege redes ilegales que se dedican al tráfico de personas, que no es otra cosa que la desaparición forzada. Que en algunos casos termina con la eliminación, y en otros tiene que ver con el trabajo esclavo, la trata. La desaparición forzada es un fenómeno actuante que se ha reciclado según las nuevas coordenadas de organización del poder global. Y hay que prestarle mucha atención.

–La preocupación actual por la seguridad como tema, el hecho de alentar ciertos temores y clamar por un orden, ¿es un modo de sustraer o eliminar lo político?

–Sí. Tiendo a pensar los ’70 como una década bisagra, en el sentido de que las prácticas de desaparición forzada que se realizaron estaban ligadas a la doctrina de seguridad nacional. Sin embargo, la asociación de lo público y lo privado, lo ilegal y lo ilegal, la encontramos ya en los ’70. Y algunas formas de ejercicio de lo represivo, pensado principalmente no sólo como aislamiento de unos sujetos en relación con otros, sino como aislamiento en términos sensoriales. Por eso es importante esta memoria sobre los ’70. Al mismo tiempo que nos da elementos para pensar el presente, también desde el presente repensamos el sentido de aquello vivido en los ’70. De pronto le encontramos una densidad y una proyección que tal vez en los ‘80 no veíamos todavía claramente. Ni en los ’90. El tema de la seguridad es fundamental porque en las sociedades actuales el fenómeno del miedo se utiliza como forma de control y disciplinamiento social. Hay muchos miedos asociados con la inseguridad económica y social del modelo que se ha impuesto. Miedos que tienen que ver con fenómenos del orden de lo natural o de la salud, las pestes; la amenaza de una extinción de la humanidad por desastres. Y todo eso junto con la cuestión de los miedos vinculados con violencias o inseguridades internas y externas de los estados, que se tiende a concentrar. Por un lado se despolitizan los miedos, como si esos miedos no tuvieran sentidos políticos muy específicos, y se los focaliza en una demanda de seguridad que es de carácter principalmente penal. Que tiene que ver con un punitivismo penal; entonces el delincuente es la gran amenaza de la sociedad y se propician políticas de seguridad que lo que hacen es sustraer lo político que existe en cada una de esas formas de inseguridad. O sea lo político que existe en la inseguridad de lo laboral, de lo social; lo político que existe en los desastres naturales; lo político que existe en la inseguridad del crimen organizado con las instancias estatales. Hay una sustracción de lo político y una presentación del fenómeno como un fenómeno policial ligado con la punición.

–Si en la década del ’70 el peligro estaba focalizado en el guerrillero, en el “subversivo”, a partir de la década del ’90 pasa a ser el delincuente…

–Es el delincuente, es el migrante, es el terrorista… Según cuál sea la sociedad es el peligro. Para la población estadounidense y la europea, los terroristas son el peligro; permanentemente hay una amenaza terrorista por la cual se siembra el miedo. El otro peligro son los migrantes ilegales, que son los que traen la droga y el crimen a sociedades supuestamente exentas de estos fenómenos. En otras sociedades, el peligro es el delincuente, que siempre está asociado con el pobre, el excluido. En todas las sociedades hay un peligro frente al cual hay que desplegar políticas de seguridad que son principalmente punitivas.

–Cuesta erradicar esa visión de la política donde siempre hay un peligro o un enemigo, ¿no?, sin caer en la trampa del imaginario despolitizado de la política como un ámbito en que no hay confrontación, en que todos están unidos…

–La mirada bélica es una mirada siempre ligada con una perspectiva autoritaria. La globalización es profundamente autoritaria, aunque tenga un discurso que pretende no serlo y haya un rescate del individuo. Pero es un individuo aislado, despolitizado, retraído al ámbito de lo privado, rasgos muy propios de los modelos autoritarios. La construcción de escenarios bélicos propicia la centralidad del uso de la fuerza y se arraiga en modelos de carácter autoritario. Cuanto más democráticas son las sociedades en la práctica, más eluden la mirada bélica y del otro como enemigo. Y se abren a miradas de corte más plural, en donde por supuesto no desaparecen el conflicto y la confrontación. Puedo disputar el poder político con toda la pasión del mundo, pero no necesito eliminar al otro. Esta es la clave. En cambio, cuando trazo un escenario bélico, el otro es un enemigo y tengo que eliminarlo.

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