jueves, 20 de junio de 2013

SE EDUCA Y SE COME...



 
EN DEMOCRACIA
 
A los nuevos, en su mayoría pasantes de la facultad, había que llevarlos a recorrer las instalaciones. En realidad, todos eran visitantes, independientemente de su calidad de pasantes o contratados:  una política de la empresa.

 El auditorio de conferencias era lo primero que les mostraban.  De dimensiones y categoría sólo comparable a los que tienen en los hoteles más lujosos de la ciudad, el auditorio provocaba la fascinación inmediata de los pasantes, que se demoraban más de lo debido tomando fotos con sus celulares inteligentes.

Luego los conducían hacia la sala de torturas. Allí les explicaban el funcionamiento de cada uno de los instrumentos, la forma de encarar los procedimientos y los tiempos de resistencia de los cuerpos ante las variadas forma de vejación que se dispensaban en esa sala. Los alumnos escuchaban con atención. Alguno soltaba una mueca de espanto, que forzaba a transformar en una de aceptación cuando advertía que estaba siendo mirado por otro.

Les explicaron que la sala de torturas se estaba usando menos que en otros tiempos. Que, los jefes, últimamente, estaban destinando los mayores recursos financieros a otras áreas. Sin embargo, no dejaba de ser requisito indispensable para los nuevos (sean pasantes o no), tener conocimiento de la existencia de esa sala y de los lineamientos básicos para manejarse en ella, en caso que alguna autoridad lo requiera. Los visitantes agradecieron la deferencia.

Pasaron al área de sanidad. Allí venían algunas personas al mundo y –como en cualquier hospital- una vez que la madre y el bebé estuvieran en perfectas condiciones de salud, se retiraban a sus casas. También se atendían pacientes psiquiátricos siempre que no fueran psicóticos graves, es decir casos que pudieran poner el peligro la integridad física de alguno de los empleados del área.

Había noches en que los bebés no paraban de llorar por el gruñido de los cerdos, que se criaban en el área contigua a sanidad. Las autoridades pensaron alguna vez en separar cerdos de bebés, pero la planificación nunca se habló con la delegación de arquitectura, por lo que no fue más que un proyecto inconcluso que no modificó en absoluto la distribución física de las áreas.

La pileta estaba abierta todo el año; en invierno funcionaba en forma climatizada, por supuesto. Los alumnos no vieron ningún cartel que advirtiera que estaba prohibido ingresar con alimentos o bebidas, o  sin haber pasado por revisación médica con anterioridad, sólo un cartel que indicaba la prohibición de ingresar con cámaras o micrófonos al agua. Algunos de los visitantes pensaron que era evidente, pero también pensaron que, tal vez, algún problema haya tenido la empresa como para tener que estar aclarando lo que no hace falta. Los que todavía eran estudiantes, no pudieron contener la risa. Imaginaron a un profesor en la facultad interrumpiendo su clase para decirles que no entren al agua con una cámara o un micrófono. Ridículo.

Advirtieron, también, una especie de neblina sobre el agua. No era el vapor que emerge del agua caliente; eran cenizas que llegaban de la sala contigua: el crematorio.

En el crematorio se recibían los cuerpos sin vida que las familias, por voluntad propia o última voluntad del muerto, no querían darle sepultura. Hay gente que encuentra una esencia poética en las cenizas del ser querido; las autoridades de la empresa, en cambio, encontraban otra forma de hacer negocios.

Llegaron al área de viajes. Allí se concretaba la fantasía de llegar a los lugares más recónditos del planeta; incluida la estratósfera.  Y esa tarde, los visitantes tuvieron el privilegio de conocer el nuevo destino que las autoridades de la empresa ponían a disposición de los clientes más arriesgados: una semana en la luna. Los visitantes se miraron maravillados. Muchos preguntaron si, en caso de pasar algún día a formar parte de la planta permanente, podían negociar un paquete con descuento.  La respuesta por parte del encargado del área no fue otra que una sonrisa cómplice.

Seguía el circo. El circo era una de las áreas en las que más venía invirtiendo la empresa en los últimos años. Un considerable porcentaje de su PBI se iba en mantener aceitado un gran montaje que incluía trapecistas, leones con sus respectivos domadores, el hombre bala, y –lo más importante- un nutrido número de payasos.

Los payasos eran, por lo general, bebedores profesionales. Hacían funciones en continuado, a veces llegando a estar un día entero haciendo reír sin parar a chicos y grandes. La bebida los ayudaba a tolerar semejante esfuerzo, por lo que la empresa ubicó el área gastronómica en el mismo pasillo del circo. Los payasos entraban a toda hora en el supermercado, llenaban varias bolsas con alcohol y cigarrillos y volvían a su recinto.

Los visitantes habían recorrido varias áreas de la empresa y aún tenían muchísimo por conocer, pero fueron informados sobre el fin de la jornada. Las autoridades de la empresa les harían llegar a los contratados el telegrama indicando la fecha de inicio de la relación laboral y –con relación a los pasantes- se pondrían en contacto con el rector de la universidad para notificarle sobre los alumnos que habían sido seleccionados para hacer sus prácticas en algún área a designar del establecimiento.

 Un pasante no llegó a escuchar esto último. La urgencia por ir al baño lo hizo abandonar la sala en la que estaban. Después de dar varias vueltas, se internó en un pasillo hasta encontrar una puerta con un cartel que tuviera dibujado un hombrecito. Al encontrarlo, abrió la puerta de un manotazo, sin tener el menor cuidado en lastimar al pobre diablo que estuviera por salir. Pero no había nadie del otro lado. Entró y, a los pocos minutos, salió aliviado.

Miró indistintamente a su derecha y a su izquierda. No recordaba dónde había quedado todo el mundo. Las cámaras de vigilancia (él no lo advertía) seguían sus movimientos.
Pasó por una sala de la que salía una música a todo volumen. En otra sala un muchacho joven (¿otro pasante como él, tal vez?) estaba arrodillado ante un hombre de camisa y corbata que lo miraba desde arriba mientras bebía de una copa de cristal.
Caminó unos pocos metros más y llegó a una habitación que llamó especialmente su atención. Era más chica que las otras salas. Las paredes estaban resquebrajadas; los ventanas cubiertas por papel de diario y dibujos de chicos de jardín de infantes. Una mujer y dos hombres (ella robusta y con anteojos; ellos con barba y usando pantalones gastados) revisaban un listado integrado de apellidos alfabéticamente distribuidos sobre el papel.  Otro hombre, con cara de amargado, con cara de condenado,  chupaba de una bombilla hasta sacar la última gota del único mate que había sobre el escritorio sobre el que, pocos minutos después, la mujer y los dos hombres tomarían asiento por un larguísimo rato.

El pasante miró confundido la situación. No entendía qué era lo que estaba viendo. Caminó sin rumbo por el pasillo cuando un guardia lo interceptó. Le hizo saber que estaba en un área restringida de la empresa y lo acompañó amablemente hasta la puerta. El guardia se quedó del lado de adentro, por lo que no pudo ver lo que sí vio el pasante, no pudo ver la fila interminable de personas que –con su documento de identidad en la mano- hacían cola para poder ingresar a la empresa.

El pasante caminó buscando encontrar el origen de esa larga fila, pero finalmente desistió del intento. La cantidad de personas esperando parecía extenderse hasta el infinito. Se preguntó si él también debía ponerse a hacer la cola. No le parecía justo; acababa de salir de la empresa. Caminaba sin poder contestarse esa pregunta; sí pudo contestarse algo que la gente se preguntaba en la cola. Porque él sí sabía de dónde venía esa neblina que –como un aura- se posaba sobre la cabeza de las personas: eran las cenizas que volaban del crematorio de la empresa.    

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