miércoles, 29 de febrero de 2012

LOS TIPOS QUE HUELEN A TIGRE...





"A la cama con Strauss-Kahn"
Por Martín Kohan para Perfil



Tal vez un día no quede ya ningún delito sexual por el que Strauss-Kahn no haya tenido que responder. Le van saliendo al paso uno tras otro y él los va enfrentando sucesivamente, como suelen hacer los héroes (o los antihéroes) del entretenimiento de masas. Ya sorteó tres o cuatro, aunque no sin sudar la camisa: violación, intento de violación, abuso, acoso. Se diría que no quedará ningún casillero sin marcar en la cuadrícula que tipifica el cruce entre la calentura y la ley. Ahora lo han acusado, y esa acusación lo tuvo entre rejas, de ser cómplice de una red de prostitución de alto nivel. Es probable que resulte igualmente eximido también de esta nueva imputación. Pero en todo caso agrega un capítulo más a su versión de esta historia de sexo y poder.

Con el mismo gusto por lo contradictorio con que combina el internacionalismo socialista con el usurerismo internacional, Strauss-Kahn combina en sí la figura del hombre fuerte con la figura del hombre débil. Fue el hombre fuerte del FMI y es un hombre débil con las faldas. Pero su poder de funcionario encumbrado parece emplearlo para emprender sus asaltos a las damas; a la vez que eso mismo, según se murmura, es decir ese poder, le vale conspiraciones adversas, celadas en cuartos de hotel, trampitas en baby doll que él pisa sin demora, como lo haría un oso goloso o un tigre cebado.

El cargo que ahora enfrenta es bien distinto de esos otros que lo llevaron a lidiar judicialmente (pero también a arreglar extrajudicialmente) con mucamas atacadas a traición o con periodistas sobre las que se abalanzó jadeante. Todo aquello, aunque abyecto, pertenece todavía a la esfera del impulso. Strauss-Kahn el incontinente fue salvando esos escollos. El asunto por el que ahora comparece se encuadra en cambio en los delitos de organización y manejos de dinero. Por lo tanto toca más de cerca, y de modo más pertinente, a quien fuera director del Fondo Monetario Internacional.

Uno cree que la pasaría bien en alguna de las orgías superpobladas de Strauss-Kahn o de Berlusconi. Pero lo cree si pasa por alto que allí se encuentran también, desnudos y babeantes, el propio Strauss Kahn o el propio Berlusconi. ¿De cuántos bellos efebos, de cuántas hermosas muchachas será preciso valerse para neutralizar y revertir el efecto ferozmente disuasivo de estos dos libidinosos correteando en medias y calzoncillos? ¿Una orgía de cuántos habría que hacer para perderlos en el tumulto y ponerse a prudente distancia de tamaña repugnancia erótica? Yo, personalmente, desisto sin vacilar.

La abogada de Strauss-Kahn ya esgrimió su argumento exculpatorio ante el tribunal correspondiente de la ciudad de Lille. Que su defendido participó en tales fiestas lo ha admitido sin tardanza. En parte, porque estará probado y en parte, porque el machito orgulloso preferirá no descolgarse esa tan meritoria medalla. Lo que adujo es otra cosa, más arriesgada y por lo tanto más interesante, más increíble y por lo tanto más genial: que Strauss-Kahn estaba ahí pero no sabía que las chicas en cuestión eran todas prostitutas. ¿Qué supuso? ¿Que eran unas amigas francas, minitas macanudas, pibas ligeras? ¿O que caían, en todo caso, sinceramente rendidas por sus encantos personales?

“Estábamos todos desnudos”, especificó o sobreabundó Strauss-Kahn, “no podía saber que se trataba de prostitutas”. El razonamiento tiene el mérito de invertir los prejuicios habituales en la moral religiosa, según los cuales cuanto más cerca de la desnudez se esté, más cerca de la perdición se estará. Strauss-Kahn resulta en esto más atinado y mejor semiólogo: es la ropa, y no la desnudez, lo que significa la prostitución. ¿Cómo distinguir, al fin de cuentas, a la puta cabal de la chica bien dispuesta? Es el tema de Emma Zunz, de Borges; es un tema que aparece en Cortázar.

El argumento de Strauss-Kahn, o su coartada, implica pasar por alto la variable del pago y del cobro. Es decir, ni más ni menos que el dinero. Las chicas que se dejaron babear por Strauss-Kahn, manosear por Strauss-Kahn, penetrar por Strauss-Kahn, lo hicieron a cambio de plata. El alega que vio personas, pero que no vio dinero. De la misma manera, y por las mismas razones, con la misma ceguera o con igual cinismo, otras veces ve dinero, pero no consigue ver personas. Y así es como el FMI obliga a adoptar sus “recetas” en el mundo. Bastaría con admitir la mediación del dinero, la brutal dominación que ejerce, para verse y reconocerse en su verdadera condición: la de una máquina financiera de forzar y mutilar deseos.

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