martes, 24 de enero de 2012

LAS COSAS POR SU NOMBRE...





De vuelta en Baires (a sólo una semana de volver a trabajar), mientras separo la ropa sucia de la ropa muy sucia, recuerdo una noche con mis amigos durante mi estancia en la feliz, en la que -para mi sorpresa- los temas habituales de conversación (la cotidianeidad más pura y dura de cada uno)dejaron lugar a las intervenciones de índole político. No participé para nada. Estaba cansado y me limité a tratar de escuchar. Y lo que escuché no me sorprendió. En el grupo había un descontento generalizado con los políticos en general y con la gestión kirchnerista en especial. No participé porque me di cuenta que iba a hacerlo en favor del oficialismo, pero no por convicción, sino por oposición a mis interlocutores.
Cosa curiosa: si ellos hubieran hablado bien del gobierno, tampoco hubiera participado, pero -en mi mente- hubiera elaborado todo tipo de críticas a los k.
Donde no hay convicción y sí hay agotamiento, es preferible que haya silencio. El problema del silencio es que hay un tipo de silencio (el que busco) que precede a la paz; hay otro (al que temo) que precede a la desesperación.
Vuelvo a leer "Argentinismos, las palabras de la patria" de Martín Caparrós. Es contundente en su arremetida contra el gobierno. Es contundente, también, en la omisión de proponer alguna alternativa superadora del actual proyecto.


DEMOCRACIA

"Democracia no quiere decir igualdad social, no quiere decir repartición de la riqueza, no quiere decir justicia para todos, no quiere decir comida para todos, no quiere decir salud para todos...o no necesariamente. La democracia es una forma de gobierno, que se puede usar para estructuras socioeconómicas diversas. La democracia, en principio, sólo garantiza ciertas libertades básicas: la libertad de expresión, la libertad de circulación, la libertad de delegar el poder de los ciudadanos a unos representantes nombrados en elecciones. Eso no la hace mejor ni peor: es lo que es. No es una decisión sobre la justicia o la injusticia de que algunos tengan todo y otros nada, que unos coman y otros no, que unos vivan y otros menos.
Es, sobre todo, el recuerdo del horror el que ha hecho de la democracia un tótem indiscutible: nuestra religión cívica. Así se construye el culto de la democracia, único dios. Ese miedo es uno de los efectos más fuertes, más eficaces de la represión militar de hace treinta años; instalar en la memoria la idea de que cualquier alternativa distinta es peligrosa, la idea de que no hay otra opción que el capitalismo por delegación política o, dicho de otro modo: esta democracia de delegación."

POLÍTICA

"Los argentinos compartimos la idea de que los políticos son más que nada avivaditos, ambiciosos buenos para nada que, sin opciones decentes, decidieron buscar suerte en ese terreno cenagoso. Creemos, en síntesis, que los políticos lo son porque no pueden ser otra cosa. La actividad política no se percibe como una forma de participación, de servicio, de entrega al bien común; se piensa más bien como una carrera basada en triquiñuelas y acomodos y deglución de batracios variados. Un campo reservado para los que no se imaginan buenos médicos, ingenieros, poetas, biólogos, programadores, choferes de camión. Los jóvenes argentinos mejor preparados, los más inteligentes, no se piensan como políticos: no quieren ser, cuando sean grandes, Duhalde, Fernández, Scioli; eso se lo dejan a los que sólo pueden rebuscárselas de alguna forma oscura. Y la sensación aumenta porque los políticos argentinos empezaron por no hacer lo que decían, y terminaron por no decir nada.
Cuando existe la política -cuando los partidos políticos son conglomerados de personas que comparten una visión del mundo y ciertas ideas de cómo y hacia dónde debería dirigirse- los vínculos familiares no tienen importancia. En cambio, cuando la política no existe -cuando los partidos políticos son conglomerados de personas que creen cosas variadas y variables y están dispuestas a variarlas todo lo necesario para garantizar su permanencia en el poder- cualquier vínculo es débil, sospechoso, porque siempre está a punto de ser traicionado si aparece otro más ventajoso. Es entonces cuando la sangre ocupa el lugar privilegiado. En la espera permanente de la traición, los grupos politiqueros se refugian en la familia, y es patético."

PERONISMO

Un famoso peronista escribió, hace muchos años, que el "peronismo es el hecho maldito del país burgués". El hecho decisivo del país se podría decir. Porque es una denominación de orígen que lleva sesenta y cinco años denominando y dominando la escena de la patria. Tanto, que consiguió producir uno de los mitos más potentes entre los numerosos mitos que conforman nuestro discurso político: que sólo el peronismo puede gobernar la Argentina. El axioma supone varias cosas. Supone, para empezar, que existe algo que llamamos gobernar la Argentina y que siempre consiste en más o menos lo mismo, en el uso de ciertos resortes del poder económico y político; supone, entonces, que esos resortes no pueden -no precisan- cambiar. Y supone, también, que existe un set de habilidades necesario para ejercer ese poder. Por ese axioma, dicen algunos, se explica la supervivencia del peronismo: un movimiento que puede adoptar cualquier política, que nada define si no es su capacidad para concentrar y ejercer el poder: que nada define. El peronismo es un todo caótico que no necesita definirse para subsistir porque no tiene enemigos que lo fuercen a eso. Y, si definición, ahonda su condición de cuerpo amorfo donde todo cabe. Es curioso que un movimiento tan basado en la historia pueda deshacerse tan fácil de la historia: cada peronismo ha sobrevivido todos estos años gracias a ese mecanismo que consiste en postular que el peronismo anterior no era el verdadero peronismo, que traicionó a su esencia pero que el próximo peronismo volverá a encarnarla."

HONESTISMO

El honestismo es un producto de los noventa: otra de sus lacras. Entonces, ante la prepotencia de aquel peronismo, cierto periodismo -el más valiente- se dedicó a buscar sus puntos débiles en la corrupción que había acompañado la destrucción y venta del Estado, en lugar de observar y narrar los cambios estructurales, decisivos, que ese proceso estaba produciendo en la Argentina.
La corrupción fueron los errores y excesos de la construcción del país convertible: lo más fácil de ver, lo que cualquiera podía condenar sin pensar demasiado. Es como los juicios a los militares: esos militares que destruyeron las organizaciones sociales, produjeron la deuda externa que todavía nos siguen cobrando, pero los juzgamos por haber robado una cantidad de chicos. Es terrible robar chicos. Pero frente a lo que construyeron como país es un hecho tan menor. Pero es mucho más fácil acordar en lo horrible de sus torturas y robos que en lo definitorio de su reestructuración del país -entre otras cosas, porque los que se beneficiaron con esa reestructuración son, ahora, los dueños de casi todo. Lo miso pasó, con menos brutalidad, con la misma eficacia, con las reformas del peronismo de los noventa.
La furia honestista tuvo su cumbre en las elecciones de 1999, cuando elevó al gobierno a aquel monstruo contranatura, pero nunca dejó de ser un elemento central de nuestra política. La honestidad es -o debería ser- un dato menor: el mínimo común denominador a partir del cual hay que empezar a preguntarse qué política propone y aplica cada cual. Mientras tanto, muchos siguen currando con eso de la honestidad: con la denuncia, con los prontuarios ajenos, con la promesa propia. Y, con eso, clausuran el debate sobre el poder, la riqueza, las clases sociales: acá lo que necesitamos son gobernantes honestos, dicen, y la honestidad no es de izquierda ni de derecha.
La honestidad puede no ser de izquierda o derecha, pero los honestos seguro que sí. Se puede ser muy honestamente de izquierda y muy honestamente de derecha, y ahí va a estar la diferencia."

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